Aquel año de los Mundiales de Inglaterra, el Atlético de Ceuta se nos iba irremediablemente a Tercera División. Y tuvo que jugárselas a cara de perro, en la promoción de descenso, con un modesto club: el Calvo Sotelo de Andorra (Teruel), de igual nombre que el titular de Puertollano. Nuestro entrenador era el sevillano Carlos Galbis, que sentía celos de su antecesor, el madrileño Casimiro Benavente, a quien habíamos tratado mejor que a él en el periódico. Pero era sólo por los resultados obtenidos. Fuimos al partido de ida a tierras aragonesas y nos encontramos un pueblito minero llamado Andorra (nada que ver con la Andorra del Principado), junto a Alcañiz, que tenía ante sí la oportunidad de su vida de alcanzar la gloria de la Segunda y que arropó a su equipo hasta el incordio más absoluto hacia nosotros. Jugaron mejor, le pusieron más riñones y nos ganaron justamente por 4-2. Unica explicación, no justificación: las dimensiones mínimas del terreno de juego, su estado terrizo y el hecho de que los espectadores estaban a menos de un metro de la línea de banda. De todas formas, un verdadero desastre que veíamos imposible recuperar en el partido de vuelta.
El caso es que el presidente ceutí, don Julio Parres, había prometido a sus jugadores que, si obtenían buen resultado, los acercaría a Madrid a presenciar, tres días después, un partido nada menos que de la Selección Brasileña, con Pelé, Garrincha, Jairzinho, Tostao… que se enfrentaría al Atlético de Madrid (reforzado) en el último amistoso camino del Mundial de Inglaterra, julio del 66.
El presi, muy cabreado, determinó que “todos para Ceuta”, menos él mismo, el delegado del equipo y el periodista (que era yo)… que nos iríamos a Madrid. ¡Qué culpa teníamos nosotros del ridículo! Ansiábamos ver en vivo a la “Canarinha”, o sea, el mayor espectáculo del mundo en aquel tiempo. Todavía no sé cómo, entre el directivo y yo, convencimos a don Julio para que mantuviera su promesa de llevar también a los jugadores, pese al estrepitoso resultado adverso ante el humilde Calvo Sotelo. A nuestros jugadores se les soltó una filípica responsabilizándolos para que, al regreso, arreglaran el estropicio y el equipo mantuviera la categoría. Y allá que nos trasladamos en el autocar desde Alcañiz, nuestro cuartel general, hasta la capital. El partido At. Madrid – Brasil, a beneficio de la Asociación de la Prensa madrileña, no se jugaba en el “Calderón”, aún no acabado, sino en el “Bernabeu”, y había despertado una expectación tan enorme, al no conseguirse acuerdo para ser televisado, que el santuario merengue registró uno de los llenos más impresionantes de su historia a pesar de que no jugaba su equipo titular.
A lo largo de mi vida he visto mucho fútbol, en directo y en la tele, pero el recuerdo de la exhibición que hizo Brasil aquel día en Madrid no se borrará jamás de mi mente. Pelé nos deleitó con un despliegue imposible de virtuosismo (vitoreado por el público) y con un penalty con “paradinha” que descolocó al portero Rodri, quien deportivamente le dio la mano; Garrincha, el rey del dribling, sentó de culo dos veces al durísimo defensa colchonero Martínez Jayo; el escurridizo Jairzinho nos levantó de las gradas en varias ocasiones. Qué gloria ver en acción al cancerbero Gilmar, a Gerson, Djalma Santos, Zito… En el Atleti jugaban, entre otros, Collar, Adelardo, Rivilla, Griffa… Recuerdo bien que el “mister” del Ceuta, Galbis, en un arrebato, se incorporó, me abrazó y me dijo muy solemne y enfatizadamente: “Rafael, ya me puedo morir tranquilo porque he visto lo que es el fútbol de verdad”. Brasil saltó al campo en plan chulo, relajado, lo que aprovechó el Atleti de Madrid para clavarle 2-0, pero se cabrearon los brasileños. Y en un ratito metieron cuatro golazos de orfebrería fina, jugaron celestialmente al fútbol y terminaron conformándose con ganar (2-4) holgadamente, con una exhibición de juego y belleza plástica para no olvidar. Y así fue como degusté, por vez primera en mi vida, el fútbol hecho arte
Cuando salimos del “Bernabeu” creíamos regresar del cielo. Pero tuvimos que aterrizar en la terrorífica realidad de mi Atlético de Ceuta, más perdido que Carracuca en el vértigo del descenso En mis crónicas para “El Faro” y para Radio Ceuta, preparando el ambiente del partido de vuelta, tuve que cantar una épica del encuentro de ida que nunca existió: los nuestros “se habían partido el alma”. Y afrontamos el regreso arriesgándonos a que nos recibieran a gorrazo limpio. Pero mis escritos en el periódico y mis intervenciones en la radio lograron, al parecer, el milagro. Miles de aficionados nos esperaban en el Muelle España con pancartas de aliento, convencidos de que recibían a unos héroes maltratados, algunos de los cuales, a bordo del transbordador y a la vista del panorama portuario, exageraron sus leves rasguños en la cara y en la frente y los revistieron con enormes y aparatosos apósitos. Como enviado especial creo que fui algo partidista, sí, pero había que reactivar los ánimos porque nos jugábamos la vida… Por cierto, el partido de vuelta, tres días después, resultó una fiesta en “Alfonso Murube”, lleno hasta la bandera. Ganamos por 6-1 remontando ampliamente la eliminatoria, hubo fiesta y brindis y se nos escaparon algunas lágrimas. El Atlético de Ceuta mantuvo la categoría en Segunda. Y nosotros vimos al mejor Brasil de todos los tiempos, un Brasil que, por cierto, perdió la brújula con la lesión de Pelé y fracasó en aquel Mundial de Inglaterra.
Fue uno de mis primeros desplazamientos como periodista. ¡Cómo podría dejar de recordarlo! Viví una buena dosis de suspense y emoción con mi equipo ceutí, sentí un dolor familiar pasajero, que no viene a cuento comentar ahora, y descubrí la existencia del éxtasis en el rectángulo de un templo futbolístico.