Vuelva usted Mañana

Y de ellos, ¿quién se acuerda?

Hoy pensaba escribir un artículo optimista sobre turismo, reflexionar acerca de las perspectivas que intuyo para Málaga, pero unas escenas callejeras me han quitado el ánimo. Y he decidido cambiar de tema. Lo siento. Este artículo ya no va a ser un artículo optimista.
Conocí un tiempo en este país en que el régimen negaba la realidad, ocultándola, haciéndola desaparecer de los medios de comunicación. Si leías la prensa o escuchabas la radio comprobabas que oficialmente no había malestar social ni huelgas, no se generaba paro ni inquietud política, no existía oposición alguna al totalitarismo iluminado, ergo no había pobreza. Pero la había. Y en abundancia. Las ciudades estaban rodeadas de un cinturón de miserias y de chabolas a orillas de las carreteras de acceso. Llegó la democracia, avanzamos, se hizo una Constitución, entramos en Europa y se transformó y se modernizó el país. Desaparecieron los Pozos del Tío Raimundo de todas las periferias urbanas de España. Y se alcanzaron cotas de bienestar como nunca se habían logrado en nuestra convulsa historia reciente.
Aumentó muchísimo el nivel de vida general y disminuyó ostensiblemente el índice de pobreza. Pero hay algo que nunca cambia, y que tampoco la democracia cambia, y es el hecho de que los más pobres son los que pagan siempre los desaguisados de los más ricos. Pagan, además, lo que yo llamo, porque aprendí la expresión en tiempos peores, el impuesto de la pobreza, que es un impuesto añadido según el cual todo les sale más caro porque no disponen de liquidez, no pueden comprar al por mayor ni al contado y les resulta imposible obtener rebajas en los precios.
La solidaridad de clases, quiera que no, funciona mejor por arriba. Los más ricos y poderosos se ayudan entre sí porque así no pierden status. Los trabajadores, en tanto trabajan, también tienen quien los defienda, desde que se proclamó el uno de mayo. Gracias a los sindicatos de los tiempos históricos, los trabajadores hemos conseguido derechos laborales, horario razonable –no de esclavos-, sanidad pública, defensa ante los empresarios desaprensivos y hasta vacaciones.
Pero, ¿y a los más pobres?, ¿quién defiende a los más pobres? Porque no puede decirse que no existan. Existen. No pareciera real en un país que lucha porque se le reconozca su octava posición mundial entre los más desarrollados. Pero están ahí, ahora más visibles y más numerosos que nunca. Ya son legión porque sus huestes se incrementan tras la llegada masiva de trabajadores expulsados del bando bueno al bando malo de la crisis.
Los partidos discuten, mordiéndose la yugular los unos a los otros, sobre quiénes son responsables de la crisis o quiénes se alegran de que exista la crisis. Las entidades bancarias se tragan en silencio las super millonarias ayudas oficiales, de las que el pueblo ignora en qué se invierten; las familias se ven con el agua al cuello, los medios de comunicación nos acojonan en los telediarios, en las primeras páginas, sobre la interminable negritud económica que nos lleva al desempleo y al caos.
Pero, ¿y de los más pobres?, ¿quién se acuerda de los más pobres? Los comedores sociales están saturados, familias enteras sin un solo ingreso, agotado el límite del subsidio de desempleo, se ven abocadas a sobrevivir como sea, rozando incluso la indigencia callejera. Pero no vislumbramos acuerdos solidarios inmediatos para paliar esa catarata de desgracias que se ciernen sobre tantos compatriotas. Sólo vemos propuestas planteadas y propuestas rechazadas. La crisis es horrorosa y avanza implacable hasta no sabemos cuándo, pero, para una mayoría, afortunadamente, siguen existiendo bullas en los grandes almacenes, largos puentes vacacionales y vida para vivirla. En cambio, para los más pobres, que son más cada día, no parece haber grandes esperanzas.
¿Quién se preocupa de ellos, quién se acuerda de ellos? ¿No sería saludable para el propio país que el primer consenso (entre quienes gobiernan y quienes aspiran a gobernar) fuera un acuerdo inminente para detener esa pandemia económica entre las familias sin recursos? Estaría bien que lo hicieran ya. Y también que colaboraran en arreglar ese desarreglo social quienes lo ocasionaron, quiero decir los que más se beneficiaron del tiempo de vacas gordas. Siento mucho, no pueden imaginarse, que un drama en la calle me haya hecho cambiar una reflexión positiva por una negativa.

(Artículo publicado en el diario “La Opinión de Málaga, 3 de mayo 2009)

Una respuesta to “Y de ellos, ¿quién se acuerda?”

  1. Naia dice:

    Qué razón tienes. Nos creíamos ser una gran potencia y esta (y nuestra particular) crisis nos está devolviendo a la cruda realidad. No habíamos cambiado tanto y los políticos, menos aún. Siguen igual de mezquinos, egoístas y alejados de la realidad. Nada cambia…

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