Una bomba atómica de agua fría cayó, súbitamente, sobre la España del optimismo y aplastó su auto estima hasta dejarla paralizada por unas horas. España “la Roja” era borrada del campo por la modesta Suiza, también roja pero mucho menos conocida, mucho menos favorita, mucho más mentalizada, mucho más luchadora. Y aún no nos hemos repuesto.
Los grandes popes del periodismo deportivo se apresuraron a certificar culpabilidades, empezando por proclamar la necesidad de una cura de humildad. Pero una cura de humildad, ¿para quiénes? Se olvidan que han sido ellos, únicamente ellos, a través de los gigantescos altavoces de sus grandes medios, quienes han creado la psicosis colectiva, quienes nos han metido en la cabeza la idea facilona de que vamos a ganar el Campeonato del Mundo en una especie de paseo militar. Por su parte, el seleccionador y sus jugadores han sido cautos, respetuosos, modestos, humildes; quizá su único pecado, que probablemente va implícito en el papel que firman para jugar en la selección, haya sido el de prodigarse en exceso, el de aparecer hasta en la sopa de los anuncios, en asentir, sin afirmarlo tácitamente, que ahí estaban ellos para dar la razón a los cantamañanas del triunfalismo.
En consecuencia, la cura de humildad debe ser para quienes han vendido la piel del oso antes de cazarlo, para quienes han encontrado un filón mediático en subir la moral, hasta el paroxismo, a unos cuantos millones de españoles. En ningún caso debiera usarse el reproche como arma arrojadiza contra quienes no han hecho sino seguir la estela apacible de sus éxitos anteriores, sus formas, su juego, aunque, eso sí, sin el añadido necesario de un gramo de lo que antes llamábamos “furia española”, que buena falta les hubiera hecho en el partido inaugural. En cualquier caso, vamos a compartir las culpas y vamos a dejarnos de falsas humildades. No sé si hay tiempo para la rectificación ni si vamos a llegar muy lejos tras este monumental batacazo. Pero el fútbol no es una ciencia exacta, razón por la cual siempre se puede esperar que las cosas cambien porque cambien las actitudes.
Me temo que, irremediablemente, los inspiradores de calentamientos colectivos volverán a la carga, porque no les será permitido perder audiencia. Me temo que, pese a ello, bajará el nivel de optimismo de las masas, que ya no creerán tanto a los predicadores del cielo. Me temo que los jugadores también dejarán de fiarse de tanta prospectiva gratuita de éxito y añadirán a su juego preciosista un poquito más de ardor guerrero. Y supongo que, como consecuencia de todo ello, en el próximo partido de la selección nos encontraremos todos un poquito más integrados en la auténtica realidad, pisando tierra firme, lejos de las nubes de colores.
En mi trayectoria periodística hubo etapas en las que asumí responsabilidades plenas en la sección de Deportes de algunos de los periódicos en que trabajé. Viví historias de aficiones fanatizadas, de presidentes ególatras, de entrenadores contundentes y de ídolos del centro del campo. El mejor Málaga de su historia, equipo revelación, con Marcel Domingo, entrenador irascible y mediático, la mejor clasificación en Primera, y treinta y cinco mil gargantas desgañitándose en “La Rosaleda” al unísono grito de “Vibeeeeerttiiii”, daban de sobra para que abasteciéramos al personal de buenas dosis de auto estima. Pero no lo hicimos así. Toda la prensa deportiva malagueña fue crítica, a pesar de que las cosas iban mejor que nunca. Y estoy convencido de que, asumiendo cada una de las partes su responsabilidad y sus obligaciones, el resultado global fue bastante satisfactorio. El entrenador controló a sus jugadores (excepto a Viberti, claro), nosotros controlamos al entrenador y los aficionados nos controlaron a nosotros. Hubo alegrías inmensas, disputas de egos envanecidos, heridas leves de vanidades rotas, pero, aún salvando las distancias existentes entre los ecos de un club provincial y los de la selección nacional, no cayó nunca una bomba atómica de agua helada que dejara machacada a la afición, como ha ocurrido ahora en el ámbito territorial y emocional de todo un país.