Ya no nos enamora Brasil. Qué pena. La galanura de la samba futbolera la cambió el recio Dunga por un estilo pragmático, poco vistoso, poco exitoso, exento de imaginación y de magia, artes que siempre fueron el santo y seña de la canarinha. Y si la pretensión era modernizarse e imponer un fútbol fuerza, prescindiendo de ilusionistas como Ronaldinho, a la historia reciente me remito. Los grandes triunfos de Brasil llegaron con los malabaristas del balón, con abundantes y bonitos goles, con preciosismo en el pase, con profundidad, con dominio. Nunca con la racanería de los cerrojos y el contragolpe, aunque esas tácticas le hayan proporcionado algunos éxitos de tres años para acá. Eso no es lo que quiere la “torzida” ni lo que queremos los degustadores de buen fútbol.
“No pagaría una entrada por ver a este Brasil”, dijo Cruyff antes de la victoria de los tulipanes sobre los canarinhos. Y llevaba razón. Ver al “matón” Melo pisar a los rivales, contemplar un fútbol disparatado incapaz de superar un traspies a falta de medio partido, asistir al desquiciamiento de la selección más exitosa de la historia, no es como para pagar una entrada. La prensa carioca reprochó al seleccionador la exclusión de Ronaldinho, dos veces el mejor futbolista del mundo y actual titular en el Milan. Pelé también criticó a Dunga por no incluir a las nuevas estrellas del Santos. Hay que hacer caso a los que saben, incluso a Maradona que, sin embargo, se ha convertido en un impertinente payasete desde que su equipo llegó por los pelos a Sudáfrica.
Di Stéfano, Pelé, Cruyff y Maradona ocupan las cuatro hornacinas divinas de la religión del fútbol. Los que más se acercan a ellos no han pasado de profetas. Y alguno, sólo uno, va camino de ser el quinto dios porque hasta ahora, con solo 23 años, no se ha endiosado. Dentro de las gratificaciones que me da mi profesión –que para eso también da muchos disgustos- están las de haber visto jugar en vivo y en directo a tres de esas divinidades: al rubio y seco holandés y al “Pelusa” en mi Barça y al “Rei” en el “Bernabeu” (con su selección) y en “La Rosaleda” con el mítico Santos. Al único que no vi fue a Di Stéfano, el modernizador del Madrid. Pero es que, además, he tenido la oportunidad de hablar personalmente, en recordados diálogos, con Pelé y Maradona, evocando algunas de sus actuaciones. Con Maradona la oportunidad se dio tras un programa especial de “El Larguero”, de José Ramón de la Morena, en Estepona, cuando hacíamos “Ciudad del Periodismo”, aquel proyecto periodístico y universitario tan ilusionante y de tanta proyección nacional e internacional. El astro argentino quería comer pescaítos a las dos de la mañana y aterrizamos en el Club Náutico donde se puso “morao”. Con él, su ex mujer ( que no sé si aún le ha perdonado su otra fatídica “afición”, ya abandonada) y sus dos hijas. Y su íntimo amigo el Lobo Carrasco. El pequeño gran Diego, al que el fútbol había resucitado cuando estaba muriéndose en un hospital (los estadios argentinos, repletos, cantaban con lágrimas: “¡El cielo puede esperar!”) me dijo, entre dientes para que nadie más se enterara, que seguía siendo del Barça, aunque no debía airearlo públicamente. Con Pelé (siempre me fascinó su nombre completo: Edson Arantes do Nascimento) mi charla tuvo lugar en el Olympia de Londres, durante una edición de la World Travel Market, a la que él asistía en calidad de ministro de Turismo de su gran país. Esa vez me aproveché de mi condición de periodista para mantener con él, ambos dos, una charla, para mí inolvidable, en la que, en perfecto español, me contó las peripecias de aquel partido Málaga – Santos, en un Trofeo Costa del Sol, al que su equipo llegó tras dos días sin dormir, atascado en el aeropuerto Kennedy, y tras un viaje de diez horas que terminó en el propio estadio malaguista, con apenas tiempo para cambiarse y saltar al terreno de juego. Le dije que yo estaba allí y que lo vi, a él y a todo el equipo, con barba de varios días y con caras de agotamiento. Pero había que cumplir un compromiso y por contrato Pelé estaba obligado a jugar, aunque fueran veinte minutos que fueron justamente los que jugó y que le bastaron para que los espectadores lo despidieran con una grandísima ovación. Se acordaba también del penalty lanzado con paradinha al Atleti de Madrid, de viaje al Mundial de Inglaterra, que yo presencié extasiado en la tribuna merengue. Reconozco que, para mí, el mejor jugador de todos los tiempos ha sido “O Rei”, el más estiloso, el más atlético, el más creativo y, además, el autor de mil doscientos goles. Ganó su primer Mundial, el del 58, con 17 años, marcando seis goles.
Aquel Brasil de Pelé, aquella Argentina de Maradona, aquella Holanda de Cruyff , han dado al fútbol belleza plástica, arte y creatividad. Todos los equipos han querido ser como ellos. Sin embargo, Dunga, creyendo descubrir el Amazonas, ha destrozado la imagen tradicional del gran fútbol brasileiro y, lo peor, lo ha llevado al fracaso total.
Y ahora, ¿quién nos enamora?