En la trepidante cascada diaria de noticias que nos sirven los medios de comunicación -escritos, audiovisuales, digitales- escasean las historias personales y emotivas que más nos suelen interesar, y en cambio abundan las turbulencias sociales y las conflictividades y delitos al por mayor que tanto nos repelen. Es una vieja máxima periodística (sólo es noticia la mala noticia) que ha tomado proporciones escalofriantes de unos años acá y que tiñen de amarillo y de sangre las portadas de prensa, los telediarios y los boletines informativos. La dura realidad se multiplica, además, por la profusión de medios que la expanden y por la feroz competencia de mercado y de ideología con la que nos la “venden”. Como única alternativa mediática, se nos ofrece la corrosiva técnica del basureo, que, bajo el disfraz de entretenimiento, consiste en destrozar la vida de determinadas personas en tanto la plebe jalea babeante a inquisidores de tres al cuarto. Sólo ocasionalmente surgen informaciones que hablan de sentimientos con o sin finales felices que nos atrapan porque (otra máxima del periodismo, con la que ejemplifico mucho) a la gente le interesa la gente. Siempre, detrás o delante de cada historia aparece el ser humano, con sus luces o sus iniquidades, y entonces la noticia cobra una especial dimensión, más allá de que hablemos de hechos sociales trascendentales o de que comentemos partidos de fútbol o hazañas de héroes de barrio. La política, por ejemplo, es algo que en el fondo nos apasiona a todos, pero nos apasiona más cuando la ideología, o la falta de ella, se personaliza y los protagonistas que la representan son seres de carne y hueso. El hastío que llega a provocar es consecuencia de la pasión misma y del deseo de que las cosas, pero sobre todo las personas, mejoren o cambien, para bien de todos.
Contar historias interesantes sobre personas fue, desde los inicios del periodismo, una fórmula para llegar al corazón de la gente. He ahí una receta más para mejorar el producto informativo de la prensa de siempre, ahora en peligro porque se le juntan otras crisis aparte de la económica y financiera, una de ellas la que le produce Internet con su invasión de noticias servidas al instante y a borbotones. Las historias humanas bien contadas, bien escritas, bien narradas, suelen dar buenos resultados y constituir, a la vez, una alternativa seria a la excesiva abundancia de noticias que se borran y se superponen en las pantallitas en un plis plas. Deberían volver con fuerza a los periódicos.
A este respecto, me es muy grato afirmar que me reconforta y me solaza leer los bellos artículos que en este mismo periódico escribe mi buen amigo Rafael de la Fuente por cuanto simbolizan justamente el ejemplo de lo que intento decir aquí. Son bonitas historias que, cumpliendo los preceptos básicos del oficio de escribidor (informar, formar, deleitar) rebosan serenidad y claridad narrativa, rara avis en medio de tanta improvisación y tanta crispación.
En realidad, relatar hechos y cosas, saciar curiosidades, recrear a los demás, como hace el ilustrado Rafael de la Fuente, no es un invento periodístico, sino una tradición que nos viene de la prehistoria. Desde los dibujos en las cuevas hasta los mensajes cibernéticos, la historia de las historias no ha cambiado. Tengo el recuerdo familiar, entrañable, de cuando mis dos hermanos y yo éramos niños y mi madre nos contaba cada noche, para que nos durmiéramos pronto, un cuento de animalitos inventado por ella misma y que, siendo siempre el mismo, nos lo sabíamos de memoria con puntos y comas. Si alguna noche mi madre modificaba el guión para abreviar, saltábamos súbitamente para recordarle, palabra a palabra, cómo tenía que contarnos la historia. Escenas similares se repiten, generación tras generación, en millones de hogares de todo el mundo y es raro que no funcionen, a pesar de los juegos Wii.
Todos tenemos en nuestras trayectorias personales huellas de emociones producidas por historias o noticias, grandes o pequeñas, y siempre con héroes o villanos, que, vividas muy de cerca, nos conmovieron en su momento. Hoy día nos siguen emocionando las noticias de las personas, pero eso que llaman inmediatez las hace difuminarse entre el espeso y cambiante bosque de las noticias de las cosas.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 1 noviembre 2009)