Los que vivimos en esta parte del planeta tenemos una suerte inmensa. Quitando cuatro tonterías, cuatro inconvenientes de nada –un tiempo en el paro, ciertas enfermedades letales por vicios absurdos, alguna penalidad que otra por pecados de avaricia o demasiada pasión y violencia por unos colores-, el caso es que nacer y vivir aquí es una bicoca. Venimos al mundo, como quien dice, en primera clase. Nos paren, nos dan mimos, nos alimentan, nos crían, nos educan, nos preparan y luego nos dejan solos un ratito para que, a nuestra vez, hagamos lo mismo repitiendo el ciclo y trayendo a este mundo a otros como nosotros y así, de ese modo, nos vamos reinventando en una interminable sucesión de rutinas, comodidades, y simplezas, a las que hay quien llama felicidad.
Pasamos el tiempo discutiendo sobre educación, sanidad, calidad de vida, pensiones, zonas verdes, polución, malos tratos, condiciones todas ellas que entran en el mercadillo cuatrienal de las promesas con que se nos entretiene para que nos creamos que asumimos compromisos y participamos en la vida pública.
Vivimos felices engañándonos a nosotros mismos. Somos más libres que nadie. ¿Quién tiene más libertad que nosotros? Tenemos de todo, hasta crisis, pero esa adversidad estamos seguros de que pasará pronto y podremos volver al derroche. Hablamos continuamente de nuestros derechos, de nuestros intereses, de nuestros deseos, de nuestros bienes, de nuestro futuro, de todo lo nuestro. Siempre estamos hablando de nosotros mismos. Y para eso hay una palabra que usamos poco y rechazamos furiosamente cuando nos la adjudican: egoismo. Pero, curiosamente, no encontramos ni un solo minuto para hablar de un concepto muy principal denominado, en plural, valores que responde a diversos y hermosos nombres como solidaridad, humildad, fraternidad, apoyo o, simplemente, amor. Estas palabras viven muy lejos, de nuestras intenciones. No estamos interesados en hacerlas familiares. Es más fácil cambiar el canal de la tele, el dial de la radio, cuando nos dicen que, por enésima vez, una patera ha naufragado frente a nuestras costas y se ha llevado por delante la vida de decenas de personas: mujeres (muchas de ellas embarazadas), hombres, niños. Son noticias inquietantes, pero se repiten tanto que quedan asimiladas como los resultados semanales de fútbol o como las estadísticas del paro. Y, puestos a elegir, preferimos oir el número de desempleados o cómo ha quedado nuestro equipo en su último partido.
Quizá con un poco de solidaridad previa hubiéramos salvado esas y tantas otras vidas porque no hubieran tenido la necesidad de subir a las embarcaciones de la muerte. Pero no nos acordamos de que, aparte de nosotros, existen en otros lugares muchas personas, millones de personas, que viven explotadas, que no tienen para comer, que no pueden evitar la excesiva mortandad infantil, que basan su última esperanza en cruzar un mar tenebroso que los lleve de una vez a la felicidad terrenal o a otra vida definitiva que, seguro, será mucho mejor que la que viven.
¡Qué más nos da que sigan viniendo pateras, que sigan hundiéndose, que sigan muriendo bebés! Ese problema no es el nuestro. Nosotros somos afortunados porque vivimos en esta parte del mundo. Y somos felices. Y somos libres. Y vivimos y viajamos en high – class.
¡¡Chapó!!