No me gusta lo de marqués. No me gusta nada que el premio que le concede el Rey de España a Vicente del Bosque por haber conquistado el Campeonato del Mundo de Naciones sea el de un marquesado. En el fútbol la aristocracia no procede de la realeza sino que pertenece al pueblo, que es de donde salen los buenos peloteros, no solo de las canteras privilegiadas de los grandes clubs, sino también de esos campos humildes, sin gradas, sin césped, hasta sin porterías, perdidos en el extrarradio de las grandes ciudades o en las aldeas más remotas, en las que los niños aprenden a jugar a base de esfuerzo y de illusión. Ese es el primer escalón de un recorrido que la mayoría de las veces se hace sólo hasta medio camino, pero que de vez en cuando lleva al incipiente futbolista hasta las cotas más altas de los campeonatos, que es lo que le sucedió a Del Bosque desde sus comienzos en su Salamanca natal hasta la gloriosa conquista de la Copa del Mundo en el Soccer City de Johannesburgo.
Tampoco creo, conociéndolo por su modesto comportamiento público, que el propio selecccionador nacional esté muy feliz porque a partir de ahora su tratamiento personal sea el de ilustrísimo. Lo ha dicho él mismo: “Sigo siendo Vicente o, para los jugadores, “mister”.
Se me ocurre que, mejor que marqués –que, quiérase o no, lleva implícitas connotaciones de nobleza obsoleta, no muy adecuadas en una democracia constitucional- hubiera sido más acorde con los tiempos un título como “Caballero del Deporte”, por ejemplo, u otro similar, que le hubiera concedido, por supuesto, el Jefe del Estado en nombre de todo un país agradecido.
Pero eso de marqués… La familia futbolística española , como las del resto del mundo, no es de alta alcurnia sino de extracción popular. Nunca llamaré marqués al bueno de Vicente del Bosque. En todo caso le llamaré Caballero del Fútbol. Y con ese tratamiento me da que se sentiría más cómodo, más reconocido, más a gusto.
Mira que, a estas alturas, llamar marqués a un entrenador de fútbol… Tiene mandanga.