De vez en cuando vuelvo por Ceuta, pero no físicamente. Lo hago transportado por emociones que me transmite vía email un amigo o, simplemente, asomándome a las páginas webs y a los blogs ceutíes. No niego que cada vez tengo más información y más datos sobre mi tierra. Los archivos de Internet son tan fabulosos, sus vericuetos y atajos para bucear en el tiempo tan certeros, que busques lo que busques lo encuentras de inmediato, todo, lo de ahora, lo de antes, lo de siempre. Por otra parte, tengo la suerte de contar en Ceuta con un corresponsal particular y exclusivo que me provee de noticias que realmente me importan. Pepe López Fuentes me informa, siempre con foto, de sucesos pequeños pero extraordinariamente bellos como que las chumberas del Hacho han fructificado o como que los volaores y los bonitos, colgados al aire marinero de la Almadraba, alcanzan su punto dorado de exquisito sabor. El último correo de Pepe contiene una noticia diferente, grande: una foto del nuevo Hospital Universitario, vistoso arquitectónicamente y esperemos que eficaz sanitariamente. He descubierto, al localizarlo, que está ubicado cerca de la frontera, no muy lejos de la calle que lleva el nombre de mi padre: José de Loma Esteve, circunstancia que, como se dice en Facebook, me gusta.
Celebro lo del nuevo hospital porque me consta que era una carencia muy lamentable para los ceutíes. Tiene buena pinta y espero que salve muchas vidas.
Asomarte a tu tierra a través de la pantallita del ordenador lleva aparejado un mar de sensaciones. Tienes que sacudir tu espíritu de tanto en tanto para no claudicar a la tentación de la añoranza, espabilar para no incurrir en la abstracción profunda, acelerar la búsqueda para no extraviarte. Es lo que tiene la red, que hace pasar por tu vista, como una amena película, fotos y vídeos que parecen recuerdos sacados de tu mente. Sin embargo, el primor de las cosas diminutas y realmente hermosas escapan a la perspicacia cibernética. Pero para eso están los sentimientos.
Viajo a bordo del Google satélite. Estoy ahora dando una vuelta por la Calle Real rumbo a la Plaza de los Reyes, vengo de la Plaza de Africa, de la Gran Vía, bajaré a la Marina para reencontrarme con la balaustrada desde la que cada día veía el Peñón y luego voy a subir a San Antonio para recordar cómo las muchachitas casaderas rozaban su culo con la losa de la entrada a la ermita para que el santo les buscara novio.
El viaje virtual, la tecnología, me ofrece mucha más información de Ceuta, infinitamente más, que la que pudiera captar un curioso visitante durante días o semanas de estancia allí, pero hay algo que nunca me dará ningún ordenador, ninguna pantalla, ningún artilugio electrónico. No se ha inventado aún la máquina de satisfacer sentidos con la que yo pueda percibir a distancia el aroma a azahar del Revellín, el runrún callejero de mis paisanos, la luz nítida de los cielos de poniente.
Hay que cruzar el charco para impregnarse de esa esencia que un día se llamó Abyla y que luego los romanos, quizá en honor de las siete colinas de Roma, bautizaron como Septem Fratres
¿Por qué cada vez que, desde la inmensa soledad de la escritura o de la lectura, regreso virtualmente y en silencio al suelo ceutí, caigo en la cuenta de que todo lo que queremos de verdad termina siempre alejándose de nosotros?
---------------------- (La foto que ilustra este post me la envía mi “quedado especial” en Ceuta, el inefable Pepe López Fuentes)
En mi humilde opinión pienso como tú, que no hay manera de que los sentidos revivan lo deseado, pero sí que a través de ciertos estímulos (por ejemplo, tu artículo: “Adiós a la década alegre”) volvamos la vista hacia nuestro interior para reencontrar el sentido del presente.
Siempre que escribes de nuestra Ceuta te empapas de emociones y te sale algo muy especial.
En esta ocasión, para mi gusto, lo has bordado. La luz en ciertas epocas del año y esos aromas son realmente inconfundibles y quizás quizás sólo apreciado por quienes hemos vivido sin ellos duarante algún tiempo o estamos faltos de ellos ahora.
Saludo cariñoso, paisano.
¡Jó, tito! qué pechás de culos tendrá San Antonio en su gloria (ja, ja)
Tan solo los caballas podemos oler y sentir en la piel las palabras de mi primo Rafael de Loma, cuando lo que se escribe roza la piel, es que esta bien escrito.