El otro día, en un interesantísimo reportaje televisivo de la serie “Viajar”, titulado “Rusia, Lejos de Moscú”, realizado por el escritor y viajero inglés Jonathan Dimbleby, a través de un viaje de quince mil kilómetros por tierras inhóspitas, en parte vividos a bordo del legendario ferrocarril Transiberiano, unos estudiantes rusos de Vladivostok, en el otro confín de todas las estepas, cuestionaban de buena fe el sistema democrático de su país. Argumentaban que si la democracia fuera el mejor sistema, no hubiera surgido de las urnas alemanas un tal Hitler. El periodista inglés trataba de convencerlos de que votar tiene la ventaja de poder echar, cada equis años, a quien abusa del poder o a quien no lo hace bien, pero nada de eso había ocurrido con el dictador nazi. A los muchachos rusos –ojo: no hablo de veteranos añorantes soviéticos, sino de gente de veintitantos años-lo que en verdad les apetecía era tener un dirigente fuerte que defendiera bien a Rusia y que la prestigiara y le diera potencia y respeto ante el mundo. Preferían claramente una Rusia fuerte antes que una Rusia democrática. Algo tendría que ver, en la opinión, ingenua y peligrosísima, de unos jóvenes de la lejanísima Vladivostok, el factor distancia que les separaba de Moscú, la capital que ellos consideraban una mera feria comercial de intereses espurios en lugar de un centro político de altura que se preocupara de los problemas que surgían más allá de sus nieves eternas.
La pésima salud de los valores democráticos y de ciertas libertades no sólo aparecen en países como Rusia, que se han atragantado súbitamente de lo que antes carecían. También surgen en países europeos como el nuestro, como en Francia, Italia y, algo menos, según un esclarecedor artículo del sociólogo Enrique Gil Calvo, en territorios nórdicos, anglosajones y germánicos. Lo dicen continuamente las encuestas oficiales: a los españoles nos agobian tres problemas esenciales: la crisis, el paro y la falta de credibilidad en la “clase política”. Nuestra preocupación por la degradación de la calidad de vida, en su aspecto de bienestar social, se va equiparando a nuestros recelos sobre la depreciación de la calidad de vida democrática.
Gil Calvo, apoyado en grandes sociólogos, hace brillantes y profundas consideraciones acerca de estos males, de los que culpa básicamente al proceder individualista y egoísta de las clases económicas y políticas dominantes, al fuego cruzado de informaciones escandalosas, que crean crispación –del que se acusa por sistema a los medios, que no son sino el mensajero al que hay que matar- y se ocupa también de las dificultades para paliar esta pandemia social.
¿Qué ocurre, mientras se generaliza el desagrado ante la situación política, mientras se extiende el virus del desprecio absoluto hacia cualquier ideal, cualquier idea, que no vayan más allá de la demonización despiadada de un líder que manda o de la saña con que se jibariza la reducción a puro idiota del otro líder que quiere mandar? Pues viene a ocurrir que, a falta de motivaciones de futuro, de retos a los que enfrentarse, de mejoras del conocimiento personal, se produce el avance impetuoso del imperio de la incultura entre adolescentes y jóvenes despreocupados por algo que no sea botellón, videos juegos o facebook. Surgen “divertidos” programas en horas de máxima audiencia en los que los protagonistas son chicas y chicos absolutamente ignorantes, algunos de ellos a pesar de ostentar títulos universitarios. No saben los nombres de escritores universales ni de grandes personajes de la historia, de la sociedad, del deporte; desconocen las definiciones más elementales, esas que aprendimos en primaria. Casi no conocen el país en el que viven. Pero son guapas, guapos, y generan risas comprensivas con sus respuestas descabelladas. Corren alocados en busca del título de mayor burro o burra de España, galardón difícil de alcanzar dada la cantidad de aspirantes que juegan y esperan jugar. Nunca había caído tan bajo nuestro nivel cultural. Así que son tres calidades las que estamos degradando: de bienestar, de democracia y de educación. Claro que, si nos fijamos bien, las tres son una sola.
Sería una terrible estupidez olvidar que los treinta y tantos años que llevamos de democracia constituyen el período histórico más fructífero de la historia de España. Y que, pese a tanto descalabro, seguimos entre los veinte países más ricos del mundo. Deberíamos recuperar, para no seguir jugando con fuego, algo que siempre fue muy nuestro: el sentido de la dignidad, colectiva e individual. Aquel que sí teníamos cuando salimos de un largo túnel del tiempo.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 15 de agosto 2010)