Vuelva usted Mañana

Unos cuantos millones de españoles y yo

La fe es cuestión de confianza. La tienes o no la tienes. Y aunque los teólogos y los mercachifles aseguran que no se puede ir por la vida sin ella, el mismísimo apóstol Tomás, para admitir la resurrección de Jesús exigió meter el dedo y hasta la mano en sus heridas. Según los textos sagrados, Tomás terminó creyendo en el milagro, por supuesto que sí (no sin admonición divina), pero sólo cuando lo comprobó personalmente. Tal incredulidad no resultó óbice para que la iglesia lo declarara santo, ergo los no santos tenemos el mismo derecho a ser descreídos. Hay quien cree en Dios pero no cree en Nueva York porque nunca ha estado allí. A cambio, infinidad de ateos se tragan sin rechistar las bolas de los políticos. Un ilusionista puede hacerte ver que está cortando a trozos el cuerpo de una persona. Tienes dos opciones: te lo puedes creer –hay quien lo cree todo- o simplemente divertirte, sin pensar mucho, y admitir que el tipo se gana bien la vida provocando la ilusión óptica de los demás, como otros que no son ilusionistas.
La fe, menos mal, es gratis y la puedes adquirir o rechazar a voluntad, aunque en ocasiones las leyes te obligan a creer cosas extrañas como que los españoles tenían (ya no) la obligación de ser “justos y benéficos”. Al menos, eso decía, en su artículo sexto ycon la mejor intención del mundo, la Constitución de 1812, inspirada en los principios de la Revolución francesa pero redactada en nombre de Dios, promulgada el día de San José y bendecida con mucho salero por los gaditanos con el sobrenombre de La Pepa.
Te puedes creer el mensaje de la publicidad televisiva porque ésta es tan machacona que busca el efecto Goebbels: una mentira repetida mil veces llega a parecer verdad. Te puedes creer que las represiones inmisericordes en Gaza obedecen a estrategias de defensa propia del país invasor porque como sus mantenedores tienen mucho poder, mucho dinero y controlan los lobbys de la comunicación, la información nos llega sesgada y llegamos a pensar que los palestinos son los culpables de ser masacrados.
Puestos a creer, tendríamos la obligación de confiar en la palabra de quienes nos hablan con el corazón en la mano. A mí me convenció Felipe una noche cuando me dijo (no sólo a mí, también a unos cuantos millones más), que, con él, la Banca apoyaría y financiaría proyectos empresariales sin necesidad de avales ni fianzas, siempre que fueran ideas viables. Qué bueno, va a desaparecer la usura de esos señores que sólo te conceden préstamos si tienes mucho dinero o buenos padrinos. Qué bueno. Al fin, los jóvenes emprendedores van a tener la oportunidad de su vida. Este es un país de inventores, de gente creativa, a la que sólo le falta que confíen en ellos. Si los banqueros –que son tres ó cuatro, eso sí, de buenas familias- confían en los proyectos serios y los financian sin avaricia y sin estrangulamientos, España va a cambiar. Vamos a innovar. La vamos a liar. Todo eso pensamos, unos cuantos millones de españoles y yo. Y es que, ya se sabe, para que creamos tiene que haber gente que nos convenza con una frase, un símbolo, un gesto, una decisión, una promesa o simplemente poniendo carita de bueno. Felipe fue contundente y creíble aquella noche de aquel tiempo de esperanza. Quizá el único error que cometió fue creer. Creyó en lo que decía, creyó que podría convencer, sin decretos, a las tres ó cuatro familias mandonas. Pero, a la vista está, no pudo hacer nada. Por lo demás, el hombre estuvo francamente bien en su promesa.
Conste en acta que, pasados más de treinta años de aquello, seguimos creyendo y pensando (unos cuantos millones de españoles y yo) que sería buenísimo que el capital se pusiera al servicio de las buenas ideas y no a retroalimentarse a sí mismo y a apalancarse para goce y disfrute de unos poquitos, los de siempre, esos que mantienen los mismos metros de eslora en sus yates porque la crisis no les afecta. ¡Cómo les va afectar si la generan y la controlan ellos! Estoy convencido de que tener fe en esas cosas es como lo que le ocurrió al suicida desesperado del chiste, que por creer en el demonio, encima, terminaron dándole.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 9 agosto 2009)

2 comentarios to “Unos cuantos millones de españoles y yo”

  1. Bubu dice:

    Buenisimo…

  2. naia dice:

    Insuperable… yo creo en todo lo que has escrito…

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