En China ha nacido una niña del tamaño de la palma de una mano. He ahí una noticia de las que se clasificaban antes, en las valoraciones periodísticas, dentro del llamado género de interés humano (el conocido I. H.), tan ausente hoy día de la vorágine informativa que se retroalimenta a sí misma en una espiral sin principio ni fin. Sin embargo, a poco que medites tras leerla, ves que la información tiene más recorrido que el ya de por sí llamativo de un nacimiento insólito que se produce tras sólo cuatro meses de gestación materna. La niña pesó al nacer 413 gramos y midió 26 centímetros de longitud. Su cuerpo apenas alcanza el tamaño de una mano, tal y como puede verse en la fotografía que reproduzco del ShanghaiDaily.com. Se trata del bebé más pequeño que haya sobrevivido jamás en China. ¡En China! En el país en el que, durante décadas y en mugrientos orfanatos, han sido abandonadas a su suerte millones de niñas, que, por meras cuestiones de dirigismo económico, eran despreciadas por el régimen y que, afortunadamente –pero no en todos los casos, ni muchísimo menos- podían ser expatriadas por familias occidentales que, previa entrega al estado chino de unos cuantos miles de dólares, las adoptaban y les salvaban la vida. En España, sin ir más lejos, tenemos a muchas crías procedentes de aquel país y de aquellos ghettos inmundos; niñas que ahora son felices porque encontraron el cariño, el hogar y la familia que les habían hurtado en su propia tierra.
El natalicio tuvo lugar en el Hospital Infantil de la Universidad de Fudan, en Shanghai, donde un amplio equipo de médicos y enfermeras, especialistas en cuidados infantiles, consiguieron superar el período crítico de las cien primeras horas después que el bebé abandonara el útero de la madre. Lógicamente, hasta pasado un tiempo de tres meses como mínimo en la incubadora, no podrá quedar fuera de peligro la pequeña. Se trabaja en su adaptación a las condiciones de humedad, temperatura y luz, nutrición especial y metabolismo que simulen en lo posible el vientre de la madre.
Estoy transcribiendo la noticia casi tal cual la estoy leyendo, y además quiero adornarla porque la considero una noticia excepcional, doblemente excepcional, que merece los honores del comentario y no su despacho inmediato como una más de las informaciones que brotan cada nano segundo del inagotable yacimiento del mapamundi. Son dos milagros en uno. El primero, el de la tecnología médica y sanitaria más avanzada, cual corresponde a una ciudad como Shanghai, de las más desarrolladas del mundo, que pone a contribución su empeño, sus recursos, toda su potencialidad para salvar la vida de una niña que vino al mundo en las peores condiciones imaginables. Y es también el milagro derivado de la sensatez, del humanismo, que irrumpen al fin en la nueva sociedad china, capaz ya de enternecerse ante un caso como el que describimos; capaz de reaccionar ante la terrible desesperación de una madre.
Aparentemente, da la impresión de que el gigante asiático, un pueblo de cultura milenaria, va dejando de lado la fría y horrenda política causante de una demografía antinatural hecha a medida, en la que prevalecía como valor esencial el género masculino. Pareciera que la occidentalización de costumbres en sus grandes urbes posibilita el reencuentro popular con comportamientos ancestrales, sentimentales y humanos, considerados en los últimos tiempos como debilidades que había que combatir a muerte. No sé si es llegado el momento de que China empiece a asimilar la igualdad de géneros o si la ciencia se pone ya, definitivamente, al servicio del ser humano en un país enorme, diverso, en el que conviven sin contaminarse la riqueza de lo moderno y colosal con la pobreza más desesperada e irritante. No sé, ya digo, si se resquebraja del todo la uniformidad impersonal impuesta por un sistema político a mil cuatrocientos millones de chinos, o se trata simplemente de un espejismo informativo motivado por una noticia curiosa e interesante que produce en el lector emociones especiales. En cualquier caso, mi intención no es divagar sobre los cambios económicos y sociales que vienen larvándose en aquel continente. En realidad, sólo pretendo detenerme ante un hecho informativo singular, comentarlo desde la perspectiva de alguien que rinde culto a todo esfuerzo por salvar vidas y, de paso, cumplimentar de manera grata mi compromiso semanal con este periódico.
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 13 diciembre 2009)
Uff, Rafael, este post me recuerda una historia tuya y una mia. La tuya la recoges en uno de tus libros y es, no sé por què, en los años preciosos de Ceuta, de reportero de “El Faro”, buscando una noticia, cuando encontraste a los padres de unos cuatrillizos, puesto que está en uno de tus libros.
Años certeros de un joven periodista en los que la noticia no era la imputación de un Alcalde inepto sino la de una familia que tenía algo que contar al mundo.
Por otro lado me recuerda mi historia, que, por más que uno apunta, no da en la diana para que venga algo tan pequeño a mi casa, y tal y como se plantean las cosas, la adopción es algo imposible para gente honrada que vive de un Ayuntamiento coartado.