El Blog de Rafael DE LOMA

Una sonrisa para ahuyentar la crisis

Me gusta más la palabra trasatlántico, ya en desuso, que la palabra crucero. Es menos ambigua y evoca mucho mejor el gozo de las singladuras turísticas a través de los mares. Me retrotrae, además, a estampas de la Ceuta de mi niñez, cuando, desde la Marina, veíamos, arrobados, la entrada por la bocana del puerto de aquellos majestuosos buques, blancos y enormes, que, con ayuda de remolcadores, atracaban en el muelle de la Puntilla. Los turistas, casi siempre ingleses, se desparramaban luego por las calles, unos con estrafalarias vestimentas veraniegas, otros, vestidos elegantemente, y se gastaban las libras esterlinas en las tiendas de indios de la Calle Real y de la Calle de la Muralla, pero no todos los viajeros se quedaban en la ciudad. Muchos de ellos preferían viajar al exotismo del país vecino y se iban en autocares hasta los zocos de Tetuán o Tánger, ida y vuelta en el día, para dejarse allí el dinero, en detrimento del comercio ceutí, que se tenía que contentar con los turistas de más edad que renunciaban a dos ó tres horas de traqueteo por una carretera infame.
Al anochecer, los trasatlánticos, como inmensas ascuas de luces, zarpaban de nuevo hacia destinos misteriosos, mientras los otros niños y yo, fascinados por el espectáculo, veíamos difuminarse sus siluetas en el horizonte, con la esperanza de viajar algún día en ellos.
Por definición, crucero es el viaje, así lo aprendí, y trasatlántico es el buque que hace posible ese viaje y que lleva a bordo a millares de turistas como si fuera, que lo es, un hotel de lujo que flota en el océano. Pero no importa; la semántica es lo de menos. Los recuerdos de los barcos turísticos de mi infancia me vienen a la mente por un motivo de actualidad y es que, cualquier día y a cualquier hora, puedo ver, surtos en el puerto malagueño, a estos otros monstruos oceánicos, mucho más grandes, modernos, estilizados, lujosos, impresionantes, cuyos pasajeros llenan la Calle Larios cuando no se desplazan en excursiones a otros lugares de Andalucía para ir y venir en un santiamén. Y entonces pienso en lo importante que es para la vida malagueña, para su tejido comercial, la eclosión del segmento turístico de los cruceros, ese hecho magnífico de que Málaga sea punto de destino, y punto de partida, de las grandes rutas marítimas del Mediterráneo.
Ya no es el aeropuerto, aunque siga siendo muy importante, el único lugar de desembarco del turismo en la Costa. Durante décadas lo fue, pero ya no. Ni tampoco lo es la gran estación María Zambrano, con sus Aves veloces trayéndonos diariamente oleadas de ejecutivos madrileños y catalanes. De un tiempo para acá, el puerto de Málaga se ha abierto a rutas de viajes cruceristas en número importante. Así es que, súbitamente, nos hemos convertido en una ciudad con grandes puertas abiertas de par en par, por las que nos llega el progreso, muy lejos de aquella otra urbe encerrada en sí misma, casi xenófoba y autocomplaciente. Por fin, la capital empieza a participar del beneficio de esta industria amable de la que estuvo divorciada conscientemente durante treinta y tantos años.
Málaga comienza a desperezarse, turísticamente hablando, y, al tiempo que revisa su pésimo concepto sobre la industria más rentable del mundo, se permite estrenar nuevos hoteles, crear nuevos museos y abrir su sonrisa amable al visitante. Ya era hora. Solo falta que el centro de la ciudad, los alrededores del Picasso, las callejuelas descuidadas, las placitas, o sea, nuestras señas de identidad, se cuiden y se adecenten.
Los trasatlánticos –insisto en el término, aunque sé que es ya obsoleto- gozaron hasta no hace mucho de un halo de romanticismo viajero, a pesar de la leyenda histórica del “Titanic”, o tal vez por ella. Hoy, es un tipo de turismo masivo en grado sumo, y ha perdido el “glamour” que tuvo, y que yo recuerdo, pero lo cierto es que mueve de un puerto a otro cantidades ingentes de viajeros atraídos por el placer de descubrir el mundo desde una cubierta batida por los vientos. Celebremos que Málaga sea un lugar de cita de los grandes trasatlánticos. Sonriamos al turismo para ahuyentar la crisis.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, el domingo, día 10 de mayo 2009)

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