Todos están contra todos. No hay acuerdo ni siquiera para intentar ponerse de acuerdo. En los medios de comunicación, lo sobresaliente es la profusión de periodistas radicalizados, predicadores, hooligans del griterío, jauría rabiosa al servicio cada cual de los intereses económicos de sus grupos mediáticos. En el acontecer de la política, destacan los dirigentes con mucha jeta enfrascados en auténticos diálogos para besugos, sorteando el interés general, explotando sin ningún pudor la demagogia más evidente, tirándose a la cabeza insultos y descalificaciones personales. En el ámbito del análisis y en la búsqueda de soluciones, los protagonistas inútiles son los economistas que saben mucho de economía pero que llevan tres años sin dar ni una en el clavo. En el mundo laboral y empresarial, lo determinante es la desesperanza, el miedo al porvenir, el oportunismo ante reformas derechoides, y, sobre todo, el aroma a incertidumbre que lo impregna todo.
Así están las cosas, así está el panorama, Sólo espectáculos como el fútbol, o algún buen programa televisivo, consigue sacarnos del ambiente gris que nos envuelve, Porque lo demás, todo es una pura mala noticia. Las portadas periodísticas, los informativos de la tele y la radio nos muestran una realidad de lo más desagradable. Europa no arregla sus problemas ni los nuestros. Crece el paro, aumentan los robos, proliferan los carteles de “se compra oro” (síntoma de crisis familiar total), expulsan del Senado y detienen a unos activistas y unos pobres saharauis que se sienten traicionados por España, salen a relucir, en los papeles de Wikileacks, situaciones vergonzantes para nuestro país… Hasta las Navidades se presentan con menos luces en la calle que nunca.
No sé, aunque existan manuales para ello, qué es lo que hay que hacer para no ganar o para perder unas elecciones. Pero estoy seguro de que todos ellos lo saben muy bien. Si no, ¿cómo se explica lo que hacen cada día?
Ante tanta angustia y desánimo, nuestro único bálsamo de Fierabrás sería la resignación. Quizá también un poco de fe y esperanza. Aunque lo mejor, yo creo, es rezar un padrenuestro a los mercados, a los poderosos y omnipotentes mercados.