El problema de hacer tantos kilómetros por la vida es que, de pronto, te mandan parar, te envían a la ITV y ahí te quedas en dique seco hasta que te ajustan los desarreglos de la caja de cambios, te dan una mano de chapa y pintura y te dejan volver al mundanal ruido ya con los frenos revisados, aunque no sé si con la misma punta de velocidad de antes. Que tampoco era excesiva, la verdad.
Ha sido una simple parada forzosa en el tiempo, que, como si no existiera, ha pasado por encima mía a la velocidad de la luz, si bien en ocasiones las horas resultaban eternas. La actualidad, que en un noventa y tantos por ciento es una tragedia seguida de otra tragedia, me llegaba a ráfagas. Es la primera vez en mi vida que asisto pasivamente al trepidante ritmo noticioso de los medios de comunicación y de la red. Es la primera vez que no opino, que sólo recibo el impacto de lo que ocurre y que me limito a reflexionar, circunstancia que me ha proporcionado una oportunidad única de contemplar, con calma absoluta y en toda su horrorosa esencia, el deplorable panorama social en el que estamos inmersos y al que algunos llaman estúpidamente estado del bienestar. Un estado en crisis económica y de valores.
Es un viejo axioma periodístico el que afirma que sólo cuando no hay noticias son buenas noticias, o, lo que es lo mismo, que la noticia es esencialmente mala. Eso pensaba cuando, más indefenso que activo, asistía al triste bombardeo diario de los medios que, sin anestesia, desmenuzan con toda suerte de detalles escabrosos y espeluznantes sucesos, mensajes catastróficos de políticos y economistas o bochornosos espectáculos de determinado canal de televisión del que, por lo visto, han huido ya decenas de anunciantes. ¿Es posible que una cadena se especialice en merdelloneo y que algunos de sus programas sobrepasen el límite de la basura para pisar el barro hediondo del morbo más repugnante?, ¿es posible que conviertan el horario infantil en show a costa del dolor de cualquier familia, sólo para sumar audiencia? Claro que es posible, porque la audiencia lo hace posible. (Está claro que se elige libremente lo que más entretiene. Y que cada pueblo tiene la televisión que merece.) O, ya digo, la lluvia intermitente de pesimismo en torno a la dichosa economía, que nunca jamás tuvo tanto protagonismo.
Alejado de la actividad, con todo el tiempo del mundo para digerir los hachazos de las noticias, me sentí más vulnerable y más permeable al acoso y derribo que sufrimos por parte de la clase política; todo dios instalado en la convicción de que nunca están las cosas tan mal como que no puedan ponerse peor. Jamás habíamos sabido, y seguimos sin saberlo, qué son en realidad los mercados, la prima de riesgo, la deuda pública, la deuda privada… Los mercados. ¡Ah, los mercados! Esos son los que mandan. Pero, ¿quiénes están detrás de los dichosos mercados? Los mercados son, creo, una fuerza omnímoda en la que participan pequeños inversores pero en la que gobiernan grandes trusts financieros puramente especulativos. El dinero manda sobre todas las cosas, poder incluido. Manda en los gobiernos y marca la política de los estados. Todo lo cual nos daría igual, si no fuera porque nos tienen acojonados con la ruina, el pesimismo y la tristeza que nos inyectan.
Roguemos a los políticos para que recuperen lo que es suyo, ese poder que les otorgamos los ciudadanos cada cuatro años en las elecciones. No queremos ser gobernados por la dictadura de los especuladores. Necesitamos urgentemente señales de vida, una fuerte dosis de esperanza, una subida de la alicaída autoestima, alguna sonrisa, un mensaje más optimista que nos venga de arriba, que nos haga creer que hay futuro. Andamos huérfanos de proyectos y de ilusiones. Ya está bien de pájaros de mal agüero asomados a la tele para vaticinarnos más pobreza y menos empleo. En fin. Sólo quería contarles mi temporal ausencia involuntaria de esta tribuna, agradecer a mis amigos su interés y comentarles que, durante este paréntesis, me han preocupado algunas cosas: que vivamos aplastados por la llovizna de miseria y pesimismo que nos cala cada dia, sin percibirla plenamente por la vorágine informativa que nos atonta. Y, ya a título más personal, que mi batería, mi abs, mis líquidos de freno, vuelvan a estar a punto, pero, sobre todo, me preocupa que, tras la ITV, me hayan podido devolver a este teatro de las penas con menos luces de las que tenía. Espero que no. Hola de nuevo a todos.
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(Artículo publicado en el diario La Opinión de Málaga, domingo 4 diciembre 2011)
Querido maestro, ¡qué placer tener otra vez el bálsamo de tus reflexiones! Un fuerte abrazo y un beso (pero sin mariconadas ¡eh!).