De los episodios mas denigrantes y vejatorios para la ciudadanía, ideados por dirigentes políticos en tiempos modernos, uno fue la construcción del muro vergonzante de 165 kilómetros de extensión que cortó 192 calles y aisló durante 28 años la libertad de la tiranía en la sufrida ciudad de Berlín. Aquel monumento a la crueldad se levantó el 13 de agosto de 1961 y cayó el 9 de noviembre de 1989 cuando se resquebrajó el telón de acero. Al cumplirse ahora cincuenta años de la ignominia quiero tributar un modesto homenaje de recuerdo a quienes perdieron su vida (136 personas) intentando hallar la libertad.
En marzo de 1978, en plena guerra fría, aterricé por vez primera en el Berlín libre, la ciudad sitiada, a la que arribé tras doce horas de vuelos. Viajar por entonces hasta Berlín requería molestias y tiempo para el viajero occidental. Los aviones de la República Federal no podían aterrizar en Tegel. Sólo se permitían vuelos de las compañías aliadas (EE. UU., Inglaterra y Francia), pero procedentes de un aeropuerto federal. Por eso, el itinerario lo iniciamos a las siete de la mañana en Málaga, lo continuamos via Madrid, París y Düsseldorf y lo finalizamos a las siete de la tarde, extenuados y casi sin probar bocado, en el entonces moderno aeropuerto berlinés. Los accesos a Berlín Occidental eran un pasillo aéreo, por el que los aviones volaban muy bajo para ser detectados; un ferrocarril y una autopista con alambrada.
Al segundo día ya atravesamos la parte rusa del tétrico barracón del Check Point Charlie (el paso americano de Friedrichstrasse), no sin soportar ridículos interrogatorios y gestos hoscos de los amenazantes “vopos”. Y, de pronto, descubrimos el horror y la inmensa soledad del Berlín Oriental. Estábamos en un lugar especial, Alexanderplatz, en un día sin sol, ante la torre de la televisión, embargados por una sensación de tristeza, frialdad y miedo, rodeados de nadie, al fondo bloques infames, gigantescos, impersonales, de arquitectura estalinista. Y antiguos edificios de gran belleza desmadejados, en ruinas, para recordar a la gente los atroces bombardeos de 1945. Alexanderplatz fue el estandarte de la vieja Berlin de los veinte y los treinta en la que representaba la cultura, la modernidad, el bullicio, el progreso y ahora la teníamos ante nosotros mostrándose como símbolo del feismo, de lo horrible, de lo inhumano. Unas miradas torvas nos echaron de un bar oscuro donde no pudimos tomar la copa que necesitábamos. Entonces volvimos, espantados, casi corriendo, hacia el territorio de la democracia que ellos habían cercado con cemento y hierros retorcidos. El hielo tapaba las aguas del rio Spree. El penúltimo dolor de aquella tarde nos impactó en el Museo del Muro, donde supimos de qué es capaz el ser humano cuando su única alternativa es evasión o muerte. El dolor postrero fue ver a familias separadas por el muro agitando los brazos para comunicarse sin palabras.
El resto de la estancia lo dedicamos a gozar, de la mano del inmejorable anfitrión y corresponsal de TVE, Pedro Wender, de las delicias del Berlín libre. La Isla de los Museos, con la maravilla del Altar de Pérgamo; la Puerta de Brandenburgo (con la famosa Cuadriga vuelta hacia atrás), el mejor apfel struder del mundo en el mítico “Café Kranzler” de la Ku´Damm, los insuperables almacenes KaDeWe, el espectacular Europa Center, la degustación en la popular Deutsche Oper Berlin de una representación protagonizada por la soprano española Pilar Lorengar (25 minutos ininterrumpidos de aplausos), una cena en “Los Borrachos de Velázquez”, prestigioso restaurante español en aquel tiempo, de un simpático sevillano; una infusión en un antiquísimo café con teléfonos en las mesas (para propiciar encuentros); una divertida sesión en un auténtico cabaret y un gin tonic final, de madrugada, con fondo romántico de pianista, en los salones del elegante, histórico y reconstruido Hotel Kempinski.
Volvimos en octubre del mismo año. Todo seguía igual, aunque sin nieve. Los compañeros del poderoso grupo Axel Springel, en cuyo rascacielos construido a un metro del muro (para provocar a los comunistas) tuvimos nuestras reuniones, nos dijeron que seguían matando a quienes huían a la libertad. Mientras tanto, aquí, unas personas de buena voluntad rellenaban de esperanza y futuro un papel llamado Constitución. Me hizo especial ilusión hacer el titular de portada en “Sol de España”. Aquel 1978. También, hacer otro titular de primera, en otro diario que dirigí, cuando la noticia, 1989, fue la caída del Muro de Berlín. Nunca olvidaré la fría tarde en Alexanderplatz.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 21 de agosto 2011.)