“El periodista norteamericano Edward Knoblaugh habló en mayo de 1936 con el político José María Gil Robles, quien le dijo la fecha en que iba a producirse la rebelión militar de Franco. Pero el periodista nunca publicó esta inmensa exclusiva porque prometió mantener el ‘off the record‘, la confidencialidad.” Así arrancaba la noticia que, en primicia, daba el diario digital “La Información” el pasado día 17 de julio, justo el día en que se cumplían setenta y cinco años desde que unos generalotes aplicaran su propia orden, dada por escrito, de fusilar en el acto a todo aquel que no se sumara a la sublevación contra la República o que no pensara como ellos. La conjura que unió a militarotes y fascistas y que, pese a ser concebida como golpe de estado, fracasó y degeneró en una guerra de tres años, cuajada de atrocidades, crueldades, odios y venganzas, y que mató a centenares de miles de españoles dejando al país paralizado y agonizante durante las siguientes décadas, pudo haberse evitado –quién sabe- sólo con que Edward Knoblaugh, aquel corresponsal de la prestigiosa agencia Associated Press, acreditado en Madrid, hubiera sido menos pudoroso con su palabra dada al lider de la CEDA; sólo con que hubiera revelado al mundo la tragedia histórica que se cernía sobre la pobre España.
Finalizaba mayo del 36 y el periodista preparaba sus vacaciones de verano en América cuando, en una conversación en el despacho de Gil Robles, éste le dio a entender clarísimamente que estaba a punto de producirse un “golpe de estado militar”, aunque, en principio, no encabezado por Franco, quien –aseguraba el líder de la coalición de derechas- había rechazado participar porque “ni toda el agua que lleva el Manzanares podría borrar la mancha de llevar a cabo un acto semejante”.
Continuando con la narración que, basada en un libro de Knoblaugh, hace el diario digital “La Información”, el corresponsal terminó su charla con Gil Robles y se despidió de él con la euforia íntima del profesional que tiene en su poder una exclusiva de alcance mundial para disponer de ella a discreción. En el último instante, bajando las escaleras, sintió los pasos de Gil Robles y volvió la cara. “Le he contado esto porque creo que puedo confiar en usted. ¿Es así?“, le dijo el político. “Ni una palabra“, respondió Knoblaugh. Y salió a la calle.
Tuvo tiempo el periodista de haber dado un bombazo periodístico, de repercusión y trascendencia imaginables, a través de Associated Press, pero se mantuvo fiel a la palabra dada. Sus compañeros de agencia nunca supieron de aquella exclusiva. Así es que en el mes de julio embarcó hacia Nueva York para disfrutar sus vacaciones. En Estados Unidos supo que había estallado la guerra en España y que ya no había exclusiva. Volvió inmediatamente para cubrir las noticias desde Madrid, donde permaneció año y medio hasta ser “invitado” por el gobierno republicano a abandonar el país. Fue entonces cuando escribió su libro “¡Ultima hora: guerra en España!”, (que primero se tituló, en 1937, “Corresponsal en España” hasta cambiar de nombre en 1967), en el que pormenoriza su diálogo del mes de mayo con Gil Robles.
No sé si hoy día las cosas siguen siendo como eran hace setenta y cinco años. No sé si la palabra dada tiene tanto valor. Tampoco sé si los valores periodísticos actuales son los mismos o han cambiado ni si colisionan o están de acuerdo con los valores de convivencia de siempre. En cambio, sé que hay periodistas, los hubo siempre, que entregan su alma por una exclusiva, que venden a su madre y a su padre por un plato de lentejas más o menos informativas. Conceptos morales esenciales como la ética, el compromiso, la promesa, chocan con frecuencia con otra exigencia inalienable reclamada por la sociedad y que atiende al nombre de derecho a la información. ¿Qué hubieras hecho tú, periodista, en una situación semejante? ¿Qué hubieras hecho tú, lector, en idéntica circunstancia?
Para millones de españoles, la guerra fue un infierno. De haberse podido evitar, España se habría ahorrado una masacre y su peor etapa histórica. Quizá aquel periodista americano tuvo en sus manos la posibilidad de frustrar la rebelión y de librarnos de un baño de sangre. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos con certeza es que, para él, mantener la promesa fue una simple cuestión de honor. El honor de la palabra dada. Por encima del valor de una exclusiva periodística trascendental. A quién le importa saber, a estas alturas, si se arrepintió o no.
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(En la fotografía, Edward Knoblaugh, a la izquierda, con Gil Robles)
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 24 julio 2011)