Nos ponen límite a la velocidad circulatoria, pero no tienen límite en su voracidad recaudatoria. Se esconden tras los árboles, en las carreteras; tras los puentes, en las ciudades; esperan, agazapados, que infrinjamos la más mínima norma. Nos cazan como a conejitos. Y nos callamos.
Tienen, por eso se ocultan, insaciable la faltriquera. No nos previenen ni dejan que nosotros mismos nos prevengamos. Ahora también persiguen, legalmente, nuestra solidaridad, a pesar de que un alto jefe dijo un día en la radio –y yo lo oí– que las señales de luces de un conductor a otro avisando la presencia de agentes eran buenas, toda vez que favorecía la prudencia en la conducción. Pero la voracidad recaudatoria pudo más que la comprensión de aquel jefe. Y nos callamos.
Ya no existen diferencias entre la ciudad y la carretera. Ahora, con los Ayuntamientos en ruina económica, la voracidad se ha extendido, la caza y captura del conductor se ha multiplicado. Te esperan, emboscados, tras la señal, en el cruce, en el aparcamiento –no se te olvide el ticket–, en la explanada. Te hacen pagar a precio de cinco estrellas el traslado con grúas y la estancia del coche en un polvoriento solar. Y nos callamos.
Autovías recién inauguradas nos proporcionan sustos de muerte con baches inesperados, mientras las estadísticas europeas, hacia las que nos encaminamos, nos dicen que Alemania, con dos ó tres veces más parque automovilístico, sin límite de velocidad, tiene tres ó cuatro veces menos accidentes y menos víctimas que nosotros. Y pretenden demostrarnos que somos nosotros los malos, y no las carreteras. Y nos callamos.
Se han obsesionado con la recaudación inmediata hasta el punto de relegarnos al olvido otras obligadas represiones. No les preocupa el ruido horroroso de los escapes libres de tanto desalmado. Y dejan que esos terroristas del ruido campen por la ciudad, por las puertas de los hospitales, por la serenidad de la noche, destruyéndonos la paz y destrozándonos los nervios. Y nos callamos.
No tienen bastante con la batería de impuestos que lleva consigo la propiedad de un coche. Quieren más. Les parece poco el impuesto de matriculación, inventado para no dejar de percibir el extinto impuesto de lujo; les parece poco que, además de ese impuesto de lujo camuflado, tengamos que pagar otro impuesto al Ayuntamiento, pero no para poder aparcar, no para que no haya baches… Si queremos aparcar tendremos que pagar, bien por la vía del ticket, bien por la vía de la multa. Y nos callamos.
Y, no contentos con todo eso, quieren embargarnos. Quieren quitarse su ruina a costa de la nuestra. Quieren sacarnos de las costillas esas deudas espantosas que ellos solitos han generado. Y no tienen otro sistema, por lo visto, que perseguirnos, acosarnos, cazarnos a tiros y embargarnos; esperarnos en la curva, en el cruce, bajo el puente; sorprendernos en lugar de avisarnos, provocar la multa sin importar lo demás. Y ante esa persecución, ¿qué hacemos? Nos resignamos. Y nos callamos.
No tienen derecho, y así deberíamos gritarlo, a hacernos pagar los platos rotos de su rota economía. No tienen derecho a dejarnos de la mano de Dios por esas carreteras llenas de trampas, no tienen derecho a hacer de nosotros unos corderitos aterrorizados que odiamos a los pastores cuando deberíamos odiar y pedir cuentas a los lobos que están arriba. Se empecinan en la recaudación y emplean más tiempo y más gente en idear estratagemas para cobrar que en organizar racionalmente ese caos que hace tanto tiempo se les fue de las manos. Si una sentencia judicial te protege, ya buscarán ellos la forma de trampear esa protección. Te echarán encima, aplastándote, todo el peso de las trampas de la ley.
Y ante eso, y ante lo que nos echen, aguantamos en silencio.
Y nos callamos.
(Artículo publicado en “Diario 16”, correspondiente al libro “Una España de Cine” -columnas de actualidad con títulos cinematográficos-, en los años previos al Centenario del Cine en nuestro país (1996). Era mi modesto homenaje al celuloide. Ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, siguen vigentes muchos de estos artículos sobre cuestiones de la vida nacional.)