Me gusta que a la gente le guste viajar y me gusta la gente que viaja. En las estaciones, en los aeropuertos, la cara de la gente lleva impresa una huella fácilmente descifrable, la huella de la aventura, del placer de lo desconocido, la huella de la evasión, del alejamiento, la esperanza de encontrar otros mundos, otras gentes, otros paisajes, otras vivencias. Me gusta el ajetreo de esas gentes en los momentos alegres que preceden a la partida.
Pero no estoy hablando, no se preocupen, de quienes confunden la palabra viajar con cualquier otra que se le parezca, como, por ejemplo, ir de vacaciones, coche, familia, sombrilla, pantalón corto y problemas a cuestas. A eso podríamos llamarle, siendo benevolentes, cambiar de aires, aunque sean aires igualmente saturados de olores a mediocridad. Ni me refiero, tampoco, a quienes, qué desgracia, Dios mío, no tienen más remedio que desplazarse para ganarse el pan y el postre, viajeros del deber, pobre gente de mundo, de pequeño mundo, conocedores de hoteles asépticos y paneles de horarios en salas vips de fríos aeropuertos.
El día que el AVE, pájaro de buen agüero, llegó a Andalucía yo sentí la alegría de saber que, de no haber llegado ahora, porque ahí arriba manda un andaluz, no hubiera venido en la vida esa vía directa y rápida que nos acerca más y mejor al corazón del continente del que no queríamos, africanos tanto tiempo, llegar a formar parte. Y no creo que, de verdad, ningún andaluz se niegue a dar por bueno que, por fin, tengamos por aquí algo por lo que, allende nuestras lindes, suspiran quienes más lo criticaron, salvando, claro está, pero sin respetarla, la opinión de los políticos profesionales que, aun siendo andaluces, creen que sirven mejor a su partido despotricando contra tanta inversión en futuro.
Y me alegré del AVE porque he visto en la cara de las gentes que lo utiliza esa huella descifrable de quien va a ser transportado, en brazos de la alta velocidad, y que se sabe gozoso de degustar un nuevo sistema de viajar, aunque se trate, y lo sepa, de un simple traslado hasta la capital. Y me alegré del AVE, como me alegro de Renfe, y no me importa ser elogioso, porque ahora los trenes son puntuales, incluso llegan antes de tiempo y te traen y te llevan por los paisajes de España atendiéndote su buena gente con delicadeza y con profesionalidad.
Un billete de tren, un simple billete de tren, pone el mundo en tus manos, te abre la ventana a paisajes verdes, ocres, azules, te hace sentir plena la sensación de vivir, y de algo tan vivificante dan fe tantos y tantos jóvenes que, saco de dormir en ristre, recorren las tierras europeas a bordo de un formidable invento llamado Inter-rail que iguala y acerca a quienes lo practican.
Me gusta la gente que viaja porque suele llevar consigo el germen de la amistad y porque mantiene abiertos los ojos y el espíritu y porque aprende muy pronto que allá, detrás de aquel horizonte, hay otras gentes que también buscan afecto, y porque la gente que viaja nunca es guerrera y porque la gente que viaja odia las fronteras.
Viajar es hacer turismo, por más que la palabra turista esté pisoteada, precisamente en los lugares donde más se le debe. El turismo, filosofía avanzada de este final de siglo, quizá sea la única vacuna capaz de derrotar los virus malignos, guerra, racismo, intransigencia, que genera esa otra gente que adora el aislamiento. Por eso me gusta la gente que viaja.
(Escrito correspondiente al libro “Una España de Cine” (año 1996), publicado en años previos en “Diario 16” en forma de columna diaria. Era mi homenaje, en aquellos años previos, al Centenario del Cine en España. Ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, siguen vigentes muchos de estos artículos sobre algunas cuestiones de la vida nacional.)