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Una España de Cine. Artículo 20 – El discreto encanto de la burguesía

Lo he comprobado, con cierto horror, visitando unas tiendas exclusivistas de Londres: vestir en plan asqueroso cuesta un pastón, ya saben, cueros negros, vaqueros rotos, estratégicamente rotos, ropa descolorida, hábilmente descolorida, adornos metálicos escandalosamente horteras, cinturones llenos de pinchos, correajes paramilitares, no pueden ustedes imaginar el dinero que cuesta disfrazarse de moderno…

Los estilistas de esta moda, que sirve para emular hazañas nazis o para personalizar a individuos oscuros y grises, han descubierto el gran secreto de tan floreciente negocio: se trata, simplemente, de estimular la estupidez humana, resaltar lo ridículo, exaltarlo hasta las cimas del diseño, convertir la degradación en moda, insuflar de ánimos a los pusilánimes, y con esa tendencia, al tiempo que ellos se hacen ricos, crean un ejército negro de burgueses acomplejados que recorren las calles ante la mirada temerosa y huidiza de la gente sencilla.

Aunque muchos de los adictos a estos plumajes agresivos sean almas en pena dignas de lástima e incapaces de matar una mosca, lo cierto es que desprenden un aroma de violencia que echa para atrás, no ya porque vistan con pantalones rotos, que son, a fin de cuentas, travesuras juveniles que provocan la sonrisa, sino porque adoran los signos negros del cuero y el metal que simbolizan la crueldad, el sadismo y la intransigencia. Deslindemos muy bien, para no incurrir en injustas apreciaciones, que nada tiene que ver la indumentaria informal de la gente joven, de la gente normal, con la sofisticación abominable del culto a los signos violentos, práctica que tanto gusta a ciertos burgueses con vocación retrógrada y añorante.

Algún manual de psicología podría descubrirnos la vocación oculta de infinidad de personas que viven una vida gris, gente de horario fijo, de rutina, de represión disimulada, en cuyo interior existe un volcán de pasiones dispuesto a entrar en erupción, y esa gente puede llegar a ser mucho más peligrosa que cualquier guerrero urbano de chapas y pelos tiesos, pero sus prejuicios, sus complejos, les impiden uniformarse de violentos y salir a la calle con la cadena o con la ametralladora, aparte, claro está, que, como ya decía al principio, vestirse de pringoso y de agresivo cuesta más que vestirse a la última moda italiana.

Otros, en cambio, se sienten muy a gusto, muy realizados, vistiendo costosísimas prendas y en su fuero interno no alumbran la más mínima agresividad, aunque se sientan muy importantes porque su presencia no pasa desapercibida, antes al contrario, su apariencia llama la atención en la calle, en los actos sociales, y ven colmadas sus aspiraciones más íntimas. Han comprado, a precio bien alto, su derecho a cumplir el más caro y oculto de sus deseos: el de ser y mostrarse como realmente son: unos cochambrosos.

En estos tiempos, yo creo que en todos los tiempos, a la gente le gusta uniformarse de lo que realmente es, de ahí tantas frustraciones en quienes no se atreven a hacerlo normalmente, y de ahí el fervor que muchos sienten por los días de carnaval, momentos propicios, aunque efímeros, para vivir su otra realidad. Por eso, no me cabe ninguna duda, los avispados dictadores de la moda potencian las excentricidades. Están seguros de captar una clientela que no vive a gusto en la piel que la sociedad le obliga a ponerse.

Es mentira que sobre gustos no haya nada escrito: esto es un escrito sobre gustos; es cierto, en cambio, que cada uno tiene perfecto derecho a hacer de su capa o de su sayo una chupa de cuero, y, en tanto unos optan por un uniforme que les haga aparecer joven, otros eligen un uniforme que les muestre no como son sino como quisieran ser, todo lo cual ayuda a oficiar la ceremonia de la confusión. Monos que se visten de seda, burgueses que quieren escapar de la discreción, de todo hay en esta viña del Señor. Total, se me ha ido el santo al cielo. Lo único que yo quería decir es que vestirse como criaturas ridículas cuesta un ojo de la cara.

(Escrito correspondiente al libro “Una España de Cine”, publicado en “Diario 16” en forma de columna diaria, en la que hacía crítica social de actualidad bajo un título de película cinematográfica. Era mi homenaje, en aquellos años previos al Centenario del Cine en España (1996). Ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, siguen vigentes muchos de estos artículos sobre algunas cuestiones de la vida nacional.)

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