Primero fue el uso popular del teléfono, magia misteriosa, y luego la ineptitud del cuerpo de Correos y ésas fueron las causas, y no otras, del ocaso del género epistolar. La comunicación verbal, con grandes distancias por medio, acercó a las familias y destruyó la correspondencia escrita. Correos, por su parte, se encargó de aumentar las distancias aumentando los tiempos. Una carta, escrita con amor, llegaba a su destino cuando ya el amor se había acabado. Entre unos y otros se cargaron el invento hermoso de escribir unas palabras calientes, encerrarlas en un sobre sorpresa y hacerlas llegar, a tiempo, a la persona deseada.
Las cartas sólo se escribían, a partir de entonces, para comunicar el vencimiento de una letra, para confirmar un pedido o para cesar a un ministro. Las confidencias amorosas, las zozobras familiares, el chismorreo, todo eso se lo traga el teléfono, más rápidamente, sí, pero con un coste infinitamente superior a los de unos simples sellos y unos sobres.
Nada, ningún nuevo invento, ni tan siquiera el fax, puede igualar la sensación plena que se experimenta al escribir una carta con todo el ritual, prestos los adminículos del menester de la escritura, prestos los sentimientos para ser transformados en grafismos de tinta, y, sobre todo, al cerrar, mojando el sobre con nuestros labios, esa carta llena de felicidad o de dolor, de ilusión, de desconsuelo, siempre de esperanza.
El fax, un teléfono por escrito, podría devolver la alegría perdida de escribir cartas, pero tiene un inconveniente imposible de obviar: la impersonalidad de su sistema. Lo que tú escribas, de tu puño y de tu letra, llegará a su destino con la misma apariencia, sin desvirtuarse los trazos de tu caligrafía, pero el mensaje, que conservará su materia, habrá perdido lo mejor de sí mismo: su espíritu.
De esta manera, el fax presta y prestará grandes servicios a las empresas, a los empresarios, a los magnates, a los chupatintas, a los funcionarios, pero nunca jamás servirá para los negocios del corazón ni de los sentimientos, nunca sustituirá a las cartas, nunca transportará al destinatario la emoción del remitente. El mensaje por fax llegará en segundos, la carta podrá eternizarse –algunas no han llegado todavía y muchas nunca llegarán–, pero, en tanto el fax te suministrará cifras y letras sin alma, la carta te transmitirá corazón y vida.
En la historia de la Literatura ha brillado el género epistolar: hay cartas gloriosas de gloriosos personajes, cartas de amor, cartas de amistad, cartas de odio, cartas pasionales, pero tales volcanes de palabras no podrían haber sido emitidos por la vía aséptica de un cable que codifica y decodifica los signos, porque toda la vida que se encierra en ellas se habría diluido en el camino. No nos quedaría la huella de la tinta original, el calor del papel original, sus dobleces originales, el aliento sobreimpreso de quien escribió esas cartas, el misterio de lo auténtico.
Correos, muy preocupado quizá por devolver a su cuerpo la grandeza extraviada de repartir emociones a domicilio, ha contratado a un sinfín de altos directivos a los que les ha puesto un sueldo millonario, quizá con el propósito de mejorar las calidades del deteriorado servicio, quizá con la idea de recuperar la clientela que le ha quitado, y le sigue quitando, la competencia privada. Un montón de millones, un montón más, para el despilfarro nacional, del que Correos es un emblema. ¡Qué importancia tiene la crisis!
Hay que protestar por escrito, y así lo hacemos, pero no por carta; correríamos el peligro, primero, de tener que pagar un precio altísimo, que es el que aplica la empresa privada por hacer algo que debería hacer Correos, para asegurarnos de que la protesta llegaba a su destino, y, segundo, de que no llegara la carta. Ellos mismos, los de Correos, que no se fían un pelo de su propia organización, utilizaron los servicios urgentes de una empresa para hacer llegar algo desde Madrid a Sevilla. No me extraña, no les extrañe, que la gente no quiera ya escribir cartas.
(Escrito correspondiente al libro “Una España de Cine” (año 1996), publicado previamente en “Diario 16” en forma de columna diaria. Era mi homenaje, en aquellos años previos, al Centenario del Cine en España. Ha pasado tanto tiempo y, sin embargo, siguen vigentes algunas cuestiones de la vida nacional.)