Tanto tiempo esperando a Europa, tanta ilusión contenida, tanto cambio anhelado, y ahora resulta, pobre de nosotros, que exprimes la esponja de la actualidad y lo que te chorrean son tres nombres de tres personajes, no veas tú que tres personajes..
En las antevísperas del noventa y dos, tiempos de esperanza y de ilusiones, se nos hacía la boca agua al pensar en la transformación que experimentaríamos tras las grandes celebraciones, centenares de miles de millones generosamente desparramados, salto al futuro de las tecnologías y del pleno empleo, resurrección de Andalucía, exhibición gloriosa ante el mundo entero, España de moda, España rica, qué miopía teníamos, Dios mío, qué falta de conocimiento de nosotros mismos, cómo es posible que estuviéramos tan lejos de atisbar la debacle actual; tanto tiempo de gestación para parir tres nombres de tres personajes, los personajes del año, menudos personajes…
El dinero, motor único del sistema, ha generado estos tres nombres, estos tres personajes, y los ha proyectado sobre el mundo que nos rodea, y así ha sido cómo en los medios de comunicación más serios e importantes del mundo han aparecido estos tres nombres, vaya cachondeo de país que sólo es capaz de propulsar hasta las cumbres dinerarias a tiburones, payasos y demagogos, valiente tipo de personajes, los más votados del año noventa y tres en una encuesta de la más cachonda de las televisiones, vaya elementos, qué personajes.
Tampoco debería extrañarnos nada que, en un país de trileros, troleros, en el que todo el mundo se sitúa en el carril rápido de la autopista de la chapuza y el dinero fácil, sobresalieran enseguida los pícaros mayores del Reino, letrados algunos, otros iletrados, locos los otros, y que los tres más destacados fueran estos tres personajes.
Diversos, distintos, lejanos entre sí, tienen, sin embargo, estos personajes el mismo denominador común: los tres se creen más listos que el resto de los españoles, los tres se consideran víctimas, los tres gerencian ruina, los tres chupan cámara en la tele, ocupan horas y horas en la radio y hacen gastar ríos de tinta en los periódicos; los tres, en fin, son distinguidos como los mejores del noventa y tres, los mejores personajes..
En algún momento, mucha gente ha visto en ellos un ejemplo a seguir: cómo ser el mejor, el más brillante, otras veces ha sentido lástima por alguno de ellos, víctima, sin duda, pero al fin payaso, y, al final, empezamos todos a estar hartos no sólo ya de ellos, sino de quienes se empeñan en mantenerlos a toda costa en todo lo alto de la actualidad, porque estamos, entre unos y otros, hinchando su vanidad y creándoles un manto de impunidad, ya está bien, caramba, de estos personajes…
Desde bien temprano, en las, por otra parte, amenas mañanas de radio, las opiniones sobre estos macarras del dinero nos abruman, nos aburren, siempre las mismas tonterías, las mismas excentricidades, las mismas erudiciones económicas, siempre ellos denunciando histriónicamente a sus enemigos; es como si, en el epicentro mismo del sistema, no hubiera más sustancia que la de estos tres elementos; los tenemos en el protagonismo de cada escándalo, ora financiero, ora seudopolítico, superan en popularidad a personalidades de la cultura, del arte, de las ciencias, no digamos de la política, que ellos rozan tan de cerca, porque en la política quedan pocas personalidades, qué hartos, de verdad, estamos de estos personajes…
Creíamos, ingenuos que somos, que, enfilando la recta de fin de siglo, íbamos a producir una raza nueva de dirigentes, y, sin embargo, lo que hemos creado, en lugar de genios honrados, es un trío de prototipos de la mejor tradición española de timadores, fuera ya de una vez estos siniestros personajes…
(Escrito correspondiente al libro “Una España de Cine” (año 1996), publicado previamente en “Diario 16” en forma de columna diaria. Era mi homenaje al Centenario del Cine en España. Han pasado tantos años y, sin embargo, siguen vigentes algunas cuestiones de la vida nacional.)