(Escrito correspondiente al libro “Una España de Cine”, publicado previamente (año 1996) en “Diario 16” en forma de columna diaria. Era mi homenaje al Centenario del Cine en España. Han pasado trece años y todavía hay vigencia en algunas cuestiones de la vida nacional.)
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Si los políticos, los economistas, los tecnócratas, los listos de siempre, ya no tienen soluciones que ofrecernos para superar la terrible crisis actual, ¿por qué no nos planteamos llevar la imaginación al poder? Ya sé la cantidad de ingenuidad que lleva esta pregunta, la carga de utopía, de añoranza de un tiempo no muy lejano en el que la gente joven exigía, con frases lapidarias, que se acabaran las chapuzas y comenzara una nueva era.
La medicina para curar nuestra enfermedad económica, está más claro que el agua, no sirve para nada. Los médicos de la economía lo saben y por eso, fracasada la medicación, se ha echado mano, algo espantoso, a la cirugía. Hablan con desparpajo de apretarnos el cinturón, de congelar los sueldos y las plantillas, de vigilar las trampas en el desempleo. Nos están operando sin anestesia, a puro dolor. Y, además, con el mayor de los descaros, nos traspasan la responsabilidad. De nosotros depende, dicen ellos, que vayamos mejor o peor. El que menos culpa tiene, el que lo único que hace, cuando puede o cuando lo dejan, es trabajar, resulta que es el que se lleva la peor parte. Es gloriosa la sensibilidad social que tienen en las alturas. No parecen darse cuenta de que si les pagamos el sueldo, entre todos nosotros, es para que resuelvan los problemas del país y no para que nos remitan a nosotros las preocupaciones y, lo que es peor, las soluciones.
El verano está caliente, las calles llenas de alegría. Hemos parado, en paréntesis mental y físico, el fantasma de la crisis; lo hemos convertido en una estatua. Vamos a divertirnos, que es tiempo de ello, vamos a olvidarnos de una realidad molesta. Ellos, desde arriba, nos dan todas las facilidades del mundo, toda la algarabía, todo el circo, y si pudieran darnos el pan, ahí está su gran fallo, entonces, para ellos y para nosotros, todo el año sería una inmensa feria.
Llevar la imaginación al poder es tan difícil como prohibir que se prohíba, sobre todo si observamos que la gente que lo pedía, en el sesenta y ocho, es la gente que ahora manda. Pero, a pesar de eso, o por eso, ya que hablamos de utopía, ¿por qué no buscamos la fórmula para que las decisiones sobre nuestros problemas sean tomadas y orientadas por gente de ideas habiendo fallado la gente de números, por gente que aplique una nueva filosofía en lugar de por gente que sólo sabe circular por el carril único? Porque nos han metido por un carril económico por el que discurren, en ciclos, recesiones, devaluaciones, sobresaltos, rachas buenas, rachas malas, y de ese carril único no nos saca nadie. ¿No merecería la pena intentar otro medio de circular, aunque sólo sea por salirnos de la tediosa norma?
Si lejos del mundo de los economistas clásicos hay gente imaginativa que sabe salir airosa de una crisis, ¿por qué no se «ficha» para el equipo titular del país a ese tipo de gente, aunque no tenga masters americanos? Algo habrá que cambiar cuando todas las medidas han fracasado. Queremos que todo cambie, pero no para que todo siga igual. Las ofertas que nos hacen, dos años de vacas gordas –solamente para unos pocos– y siete años de vacas flacas, son rutinarias, y de ellas va a ser difícil evadirse por los siglos de los siglos.
Estamos hartos de gente sesuda, gris, demasiado fría, demasiado europea, demasiado aburrida y quisiéramos cambiarla, pero no será posible, ya lo sé, por gente distinta, imaginativa, que nos ilusione, que no nos meta tanto miedo en el cuerpo, que no nos prometa siempre, siempre, siempre lo mismo. Porque, si nos fijamos bien, ya sólo garantizan sangre y lágrimas, ni siquiera sudor. El sudor, ya se sabe, es trabajo. Y trabajo no hay.