Conozco a gente que, en lugar de cerebro, tiene en la cabeza un disco duro y sé de ordenadores que, en vez de disco duro, tienen un depósito inagotable de malas ideas, y a veces llego a confundir ordenador con ordenado, y de toda esta confusión tienen la culpa esos cerebritos que andan metiendo el futuro, después de comprimirlo, en unos ingenios cada vez más pequeñitos, cada vez más diabólicos, menuda espiral de memorias ram, gigabytes y cosas raras en la que estamos metidos…
Se envían hombres al espacio mediante ordenadores, se confeccionan trajes mediante ordenadores, se configuran programas de todo tipo para arquitectos, pirados, ingenieros, brujas, médicos, maleantes, jardineros; todo puede proyectarse hoy con ordenadores, qué asco de ordenadores. Con ellos, y a través de ellos, se ha tejido una gigantesca araña mundial que nos une, falsa y paradójicamente, en la realidad de nuestra absoluta soledad.
Sólo se observaba un fallo estructural en esos cerebros electrónicos: la imposibilidad de su derecho a equivocarse, o, lo que es lo mismo, de alumbrar una idea genial que rompa sus aburridos esquemas lógicos, pero ya se ha arbitrado la solución a tan tremendo fallo, estén atentos a la pantalla. Alguien, en los oscuros laboratorios de los modernos doctores Jeckyll, ha propuesto, y quién sabe si está ya experimentando, la creación de ordenadores con neuronas humanas. La expresión correcta de los lectores sensibles debe ser ésta: ¡qué horror!
Sabemos que la clonación dejó de ser ciencia ficción, que se pueden crear seres humanos exactamente iguales entre sí. Ahora se nos dice que pronto será posible construir máquinas con cerebros humanos, qué horror, ¿será posible que lleguen a existir computadoras más listas que gente que yo conozco?, ¿computadoras con la cabeza menos dura, que sean de mi equipo y no de la mierda de equipo de esa gente a la que yo conozco?
¿Nos dará susto trabajar con semejantes bicharracos? Imagínate que tienes como compañero de oficina a un ordenador con neuronas. Lo primero que querrás averiguar es si las neuronas son femeninas, masculinas, neutras o ambidiestras, si pertenecen a una persona maníaco-depresiva, ciclotímica, alegre, agresiva, infiel, amable o pasota; si tienen sentido del humor, si no la tienen tomada contra los fumadores, si no son las de un obseso del trabajo y te deja en mal lugar delante del jefe, imagínate que trabajas con un ordenador tímido que se pone rojo si lo miras fijamente, o con un ordenador sensible que se emociona si le introduces un disco mas duro, o, peor todavía, si tienes que soportar a un ordenador autoritario, de la derecha dura; lo vamos a tener difícil, muy difícil, sobre todo quienes no estamos sobrados de megas.
Algunos científicos han asegurado que la clonación no les interesa, que no tiene sentido hacer dos o más criaturas iguales, salvo, dicen, para servir como almacén de repuestos, y cuando los sabios dicen que no les interesa un tema es que están trabajando ardorosamente y en secreto en ese tema; así al menos ocurrió con la bomba atómica y con otros maravillosos y pacíficos inventos del siglo XX. Esperemos que en el caso de los ordenadores con neuronas no ocurra lo mismo, esperemos que se convenzan de que no es necesario inventar monstruos estúpidos, porque ya están inventados.
Como a cada uno le preocupa lo suyo, a mí lo que me fastidiaría es que esas nuevas bestias pardas, mitad hierro mitad cerebro, llegaran hasta mi mesa de trabajo o a las redacciones de los periódicos; ahí sí que se puede liar. Como no elijan bien las neuronas, como no tengan en cuenta que este gremio es muy especial, más bien raro, podrían producirse monstruosidades como éstas: que algún neuro-ordenador resulte un coñazo, que sea repelente o bien hablado, que sea normal o que se quiera acostar temprano. Hay cosas que nunca soportaremos, por Dios bendito.
(Artículo 40 del libro “Una España de Cine”, publicado en columnas de actualidad con títulos cinematográficos en “Diario 16” en los años previos al Centenario del Cine (1996) en nuestro país.