Vuelva usted Mañana

Un supermercado, no, por favor

Con la excepción de Madrid y de alguna que otra capital hecha a base de artificialidades históricas o conveniencias políticas, casi todas las grandes ciudades del mundo que conozco han sido fundadas, se han desarrollado y se han modernizado junto a la orilla de un mar, de los grandes lagos o de los grandes ríos. Una vuelta por esos mundos, en plan turista, en plan periodístico, me ha hecho ver que los avances, los hitos históricos, se produjeron en esos lugares merced a sus estratégicos emplazamientos geográficos. El agua, como elemento indispensable de la vida o, en el caso de mares y océanos, como ruta para el desarrollo económico, social y cultural, a través del comercio, la industria y los intercambios, siempre ha sido un valor absoluto en el pulso vital de las grandes ciudades. Lo demuestra el hecho comprobable de que, cuando determinadas urbes, como Málaga, después de vivir épocas de esplendor asomadas al Mediterráneo, se encerraron en sí mismas y pusieron barreras, cercas, rejas o puertas al mar, sus latidos bajaron, su actividad languideció y sus gentes se empobrecieron económica y culturalmente.
El turismo, como fenómeno extraordinario que impulsa los territorios que va eligiendo, también se inclinó, mayoritariamente, por los destinos con playas. Eso sí, seleccionando los de mejor climatología. Y ahí la capital malagueña, de las primeras en despreciar a los visitantes y en vivir de espaldas a la nueva forma de progreso que pegaba a sus puertas, asistió a la aparición, a su alrededor, de un milagro llamado Costa del Sol, generoso impulsor de riquezas, y terminó aprendiendo la lección. Ahora, al fin, Málaga se integra en el invento enriqueciéndolo con su aporte de un enorme potencial de modernas tecnologías y de excelentes comunicaciones.
La vieja puerta al mundo, por la que llegaron todas las culturas, el puerto, ha vuelto a ser tenida en cuenta por los malagueños. La vieja Malaka de los fenicios, fundada a orillas del Mare Nostrum hace casi dos mil ochocientos años, se reencuentra con sus orígenes. Vuelve su mirada al mar y actualiza su contrato con el progreso mediante la apertura de sus muelles a los grandes trasatlánticos. Málaga es ya el segundo destino de cruceros de España. Se nos hacen familiares las siluetas de esas impresionantes y majestuosas embarcaciones, atracadas a escasos metros del centro de la ciudad. El paisaje se transforma y se hace más cosmopolita con la contínua arribada y salida de las gigantescas moles flotantes. Antes, los barcos, procedentes de tierras lejanas, llegaban cargados de productos ultramarinos y, para aliviar impuestos, traían como compensación plantas y árboles exóticos que han dado vida a uno de los parques más ricos del mundo en especies botánicas. Hoy, la mercancía de los enormes trasatlánticos constituye un chorro vivificante de oxígeno económico que se desparrama por las calles en forma de oleadas de turistas, dispuestos, desde que ponen pie a tierra, a dejar aquí su dinero a cambio del recuerdo de una estancia que será –dependiendo de nosotros- más o menos agradable. En 2013 Málaga recibirá un millón de cruceristas al año.
Dicen, quienes saben de eso, que cuando se capitanea el progreso hay pocas perspectivas por delante y las previsiones sólo alcanzan un máximo de muy pocos años porque el futuro hay que adivinarlo. O imaginarlo. Y que, por el contrario, cuando se va a remolque de los que lideran el primer mundo hay más opciones de futuro y más espacio de tiempo para planificarlo porque existe un referente de errores y fracasos. Sin embargo, en el caso de Málaga ninguna especulación fue válida. Aquí no valió de nada ir segundos en la tabla. Casi todos los logros, y ahora son incontables, fueron llegando por mar con los asentamientos, primero fenicios, luego cartagineses, romanos, vándalos, visigodos, árabes, castellanos… hasta que también el tren, el avión y la carretera nos trajeron apellidos europeos para montar la gran industria del XIX que tan poco nos duró. Hoy permanecen los apellidos pero la industria es historia. Otros emigrantes, más modestos, pero muy necesarios, han seguido la tradición de incorporar savia nueva al desarrollo de Málaga. Un desarrollo que pasa, necesariamente, por el abrazo definitivo de la ciudad con su puerto. Sin rejas, sin barreras. ¡Y, por favor, sin la horterada de un supermercado como icono arquitectónico de un nuevo tiempo de progreso!

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 6 de junio 2010)

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