Vuelva usted Mañana

Un salvavidas para la crisis

Tengo escrito en mi blog que la única opción que nos queda para superar el embolao económico en que nos metieron hace tres años es la resignación, o, si acaso, encomendarnos a los poderosos mercados y rezarles un padrenuestro. Pero, obviamente, ironías aparte, la única tabla de salvación para una región como la nuestra, para una zona como la Costa del Sol y para una capital como Málaga, es el turismo. Nos sacó de la pobreza absoluta en los años cincuenta, nos hizo levantar cabeza y ser alguien en el mundo. Nos dio trabajo, pan, vino y postre. Y, pasadas las décadas, sigue siendo el maná inacabable que, de una forma u otra, da de comer a millones de familias. O sea, que no solo hay que mantener viva la llama del turismo, sino que hay que creer ciegamente en su capacidad de regeneración cuando los demás sectores se mueren de pena por falta de oxígeno económico.

No sólo corren malos tiempos para la lírica (el sentimiento sublime nunca fue bien visto, no nos engañemos); también para la vida pragmática de la supervivencia, para los demás negocios y empleos. Me viene a la mente, y aquí encaja que ni pintada, una famosa sentencia del más grande y reproducido de nuestros clásicos: “La cosa está muy malita”.

Sin embargo, la industria turística, invasora de culturas y no de guerras, es capaz de superar, y de aguantar, lo que le echen. De hecho, lo aguanta todo. El turismo soporta que, comportándonos como energúmenos irreflexivos, destrocemos el paisaje, que es el escenario imprescindible de su representación y que no fue un invento nuestro sino más bien un generoso regalo de los dioses de la naturaleza. El turismo asume sin rechistar que la gestión para promover y desarrollar su expansión se contamine de politiquilla barata hasta la exasperación, en lugar de dejar que se profesionalice por quienes llevan cincuenta años demostrando que saben hacerlo a la perfección y sin intromisiones. Este bienhadado invento encaja en silencio que no sea tenido en cuenta en toda su dimensión económica y social. Y por aceptar, incluso llega a aceptar que se despilfarren recursos en fatuidades y que, en su nombre, se produzcan escaramuzas o incluso batallas con fines políticos espurios, siendo utilizado impunemente como mera arma arrojadiza. Todo lo resiste el turismo, incluso los desmanes financieros que devienen en crisis mundiales, razón por la que sigue siendo nuestro sector clave, y el principal modus vivendi, de la soleada tierra en que vivimos.

La falta de dinero, que afecta en época tan cruda a tantísima gente, puede frenar, ocasionalmente, y de hecho así está ocurriendo, la necesidad vital de viajar por placer, que sentimos casi todos los humanos. Lo observamos cuando vienen los “puentes” laborales, como, por ejemplo, el de la Constitución. (Quienes nos quedamos sin viajar nos sentimos un poco “jodidos” esos días.) Y lo vemos en mayor medida y repercusión cuando los países emisores internacionales se ven afectados por cuestiones económicas, bélicas o políticas y dejan de enviarnos turistas. O cuando aprieta la oferta de otros destinos competidores. Se produce entonces un bajón, un decrecimiento, pero siempre coyuntural, porque, pasado el sarampión, el efecto negativo termina siendo superado, absorbido y dejado atrás. Por la sencilla razón de que el turismo, una vez probado por las clases medias tras la eclosión de las sociedades del bienestar, se ha convertido en una necesidad vital a la que la gente, aquí o en Pekin, no está dispuesta a renunciar, aunque esos niveles de vida que hemos perdido tarden lustros o décadas en volver, si es que vuelven.

El turismo va a seguir estando ahí mientras tengamos cosas que ofrecerles. Hospitalidad, por ejemplo; paz, nuevas ideas para la cultura y el ocio, renovación de atractivos, relajación, descanso. Funcionalidad. Confort. Eso, por nuestra parte, como anfitriones interesados en que la gallinita siga productiva. Sin dejar de tener muy en cuenta que nuestros reclamos principales continúan siendo el sol y el mar. (El sexo, ya democratizado, dejó de ser aquel señuelo excepcional de los reprimidos años del boom.) En cuanto al sol está claro que nos llega desde el cielo. Y las playas, por su parte, estaban puestas ya cuando empezamos a recibir guiris. Tampoco olvidemos en absoluto que la mayoría de los turistas no son viajeros y, en consecuencia, no buscan la aventura del camino. Ellos sólo quieren pasarlo bien en el destino elegido, recordar que comieron espléndidamente y pensar en volver el próximo año. En plena crisis, agarremos con fuerza este salvavidas. Y recordemos la cita del clásico.


(Artículo publicado por “La Opinión de Málaga”, domingo, 5 diciembre 2010)

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

También estoy en facebooky en la Radio…Y en twitter
Últimos comentarios Estradas recientes
Daniel Caro | Blog de Rafael DE LOMA