Vuelva usted Mañana

Que estamos hartos de la crisis

No tenemos bastante con sufrir la crisis económica, sino que, además, tenemos que soportar su machacona, agorera y diaria presencia informativa. Los periodistas sabemos que las buenas noticias no son noticias (“goods news, no news”) y que lo que “vende” son las catástrofes, los accidentes, las tragedias personales, los titulares sangrientos. El morbo. Y por eso machacamos. (El plural es por comprensión y solidaridad.)

Estas noticias impactan al principio, se mastican con gusto y acaban desvaneciéndose con cierto sentimiento. Ocurre siempre, excepto cuando las malas noticias son económicas; en tales casos, afectan a la vida cotidiana (al bolsillo), traumatizan y en seguida empiezan a fastidiar. Justo lo que pasa ahora con la crisis. Sabemos que existe, percibimos su gravedad y conocemos las medidas que se toman. Vale, de acuerdo. Estamos enterados de la crisis. La combatiremos como podamos, apretaremos los dientes, curraremos lo que se pueda, mantendremos la sonrisa porque no es el fin del mundo, y esperaremos a que todo pase, ¿ok?

Pues no. Tenemos crisis hasta en la sopa. porque hay gente empeñada en recordarnos a cada minuto que vivimos el Apocalipsis. Lo decía muy irritado Javier Marías en un artículo publicado en “El País”, hace ya tiempo (26 octubre 2008), cuando la crisis llevaba meses siendo noticia atosigante: “Hay una tendencia periodística a convertir las noticias regulares en malas, lo intrascendente en preocupante y lo preocupante en alarmante… Se anuncia sin cesar el fin de una era, el derrumbe del Imperio, la invasión de los bárbaros…” Y añadía: “Es como si los periodistas necesitaran vivir momentos históricos… Sólo faltaba una crisis mundial financiera para que todos los carroñeros se pasen la jornada salivando”. Pero conste, y eso lo digo yo, que los carroñeros de la crisis no son solo los periodistas; también lo son algunos líderes políticos.

Con la llamada Gripe A estaba pasando algo parecido, si bien su pesadez informativa remite y no es tan estomagante. Las primeras noticias eran terroríficas. Se instalaron en las portadas de periódicos y en los telediarios, todo dios con mascarilla, pero no todo el mundo tragó la carnaza. (Lo glosé en algún “post” de mi blog.) Un científico, el doctor Marc Siegel, de la Universidad de Nueva York, autoridad mundial en pandemias, alertó del catastrofismo informativo que azotaba al mundo (“La Vanguardia”, 1 de mayo 2009), Dijo que la citada gripe era benigna en todas partes “menos en los medios de comunicación, que son los que contagian de verdad el virus del miedo convirtiéndolo en la auténtica pandemia”. Y vaticinó que esta durará lo que dure en las televisiones y en los portales de Internet y que “cada año la gripe ocasiona miles de muertos sin que merezcan ni un segundo de televisión ni un titular de periódicos”. Su argumento es que “este virus no aguanta dos contagios porque ya anda está debilitado”. También arremetió contra los líderes mundiales que contribuían a crear pánico. Por sentido común, hay que creer a este hombre de ciencia. Por lógica, hay que desconfiar del habitual terror informativo.

Y volviendo a la puñetera crisis, es evidente que se cierne sobre nosotros y que debe preocuparnos, pero no al extremo de la obsesión, como pretenden quienes impúdicamente la usan como arma arrojadiza. Claro que nos afectan las consecuencias de la piratería de aquellos golfos de Wall Street. Y el aumento del paro. Y la congelación económica –casi siempre por arriba-, pero la vida sigue y tenemos derecho a olvidar penas y a vivir menos angustiados. Según las estadísticas, el número de personal trabajando es casi cinco veces superior al que está en paro –todavía- y esa es la gente que anima la calle, los comercios, los bares, la que produce la mucha o poca actividad que se percibe y la que, a fin de cuentas, terminará venciendo a la maldita crisis. Porque, no lo dudemos, la debacle financiera y económica mundial, que tanto está dañando a España, no la van a resolver quienes la crearon ni quienes la permitieron. La van a superar, con esfuerzo y sudor, los que más la padecen, los currantes de a pie y los pequeños y medianos emprendedores, es decir, los de siempre.

Que nos dejen en paz. Que rebajen los miedos, por favor, que estamos ya un poquito hartos de la crisis y de la machaconería de la crisis.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 5  julio 2009)

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