Vuelva usted Mañana

Un país bravío y de machotes

Escribo estas líneas con mucha rabia e indignación porque acabo de oír una noticia que me ha hecho sentir vergüenza, no vergüenza ajena sino propia, colectiva, de todos nosotros, de todo este país. Estoy en la mañana del viernes y la gente prepara el fin de semana, los políticos también. Bueno, los políticos, los primeros. Por experiencia sé que el tejemaneje interno de los partidos (que a eso es a lo que se llama información política, aunque la política sea otra cosa) empieza a flojear el jueves, que es cuando cesa el ciclo de trabajo y que ya hasta el lunes no hay nada que hacer, salvo que surja un Sábado Santo y al presidente del gobierno le dé por legalizar al Partido Comunista, que, aunque no suele ocurrir, ocurre de vez en cuando y se arma la de dios es cristo. Y digo esto porque, cuando empiezo a escuchar la noticia, al principio, en el flash informativo, me alertan unas palabras que no oía desde los tiempos de la transición: la derecha y la izquierda mayoritaria se ponen de acuerdo al fin en una votación parlamentaria. Sorprendente. Dejo lo que estoy haciendo, dormitar, y pongo siete oídos.
Es curioso. La radio matinal suele ser un antídoto frente a las miserias informativas de cada día, excepto cuando emite los boletines informativos, que entonces, con raras excepciones, se repite como los demás medios, y encima es una especie de eco de lo que ya ha dicho la prensa escrita esa mañana. Las cadenas radiofónicas, centralizadas y desparramadas por la periferia como una tela de araña invisible, sólo se convierten en locales durante unos minutos al día. El resto del tiempo están sujetas a la imaginación de las (o los) figuras que pilotan desde Madrid. Tejen entretenimiento y hasta imaginación para que los oyentes no se escapen de una frecuencia a otra. Y ahí nos enganchamos desde antes de saltar de la cama. A unos nos gusta lo más superficial e intrascendente, a otros les vuelve locos el tertulieo político y hasta existen legiones de fans (fanáticos en realidad) que se desayunan con el alimento espiritual que les suministran sus predicadores, a quienes, a esas horas, bien pudiéramos llamar cantamañanas. Por la tarde, por la noche, con el fútbol, la radio es otra cosa.
La verdad es que ya no sé si la noticia que me ha cabreado tanto la ha dado primero la radio que suelo escuchar o se habían adelantado ya las que jamás oiré. La tele daría la noticia por la noche, porque, al no ser horas de telediarios, en el basurero de la tarde no tiene cabida la información parlamentaria, a menos que la cuñada del sobrino del diputado se haya acostado con un socio de Paquirrín, que también podría suceder. Pero no iba a eso. La noticia se ha dado sin especial emoción en el tono de voz de los locutores. Los disculpo porque, en realidad, los periodistas estamos acostumbrados a comunicar desgracias y es como si nos hubieran puesto una vacuna para no sufrir por las barbaridades que nos vemos obligados a transmitir: desde catástrofes naturales hasta crímenes, pasando por secuestros, violaciones y malos tratos. Y no sólo malos tratos a mujeres, también a animales. Había costumbre en alguna localidad española de lanzar cada año una cabra desde el campanario de la iglesia, qué gracia, oye, ver cómo se despanzurra. Y sobreviven otras tradiciones seculares, como prender fuego a los cuernos de un toro y correrlo (torturarlo) por todo el pueblo, qué risa, qué pasada. O asaetearlo entre todos hasta que caiga muerto, qué divertido. Son sencillas fiestas de machotes, genuinas señas de identidad cultural celtibérica que hay que preservar de los “modernos”. Generan riqueza, atraen turistas y procuran sana diversión en el día de la Virgen. Y así ha sido cómo, con estos argumentos categóricos, los partidos que mandan se han puesto al fin de acuerdo, pero no para votar una ley que mejore nuestra calidad de vida o nuestros valores sociales, sino para rechazar, para no aprobar, una ley que prohiba el maltrato a los animales en las fiestas populares. Esa era la noticia que me ha indignado y que supongo habrá herido la sensibilidad de mucha gente contraria al salvajismo. Así es que pueden respirar los defensores de tan santa tradición. Europa entenderá que sólo se trata de no perder nuestras raíces. Y si no lo entiende, allá Europa. A la mierda la modernidad. Y en cuanto a los animales maltratados, mala suerte la suya, pobres, tener que depender de las bestias.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 27 septiembre 2009)

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