Lo he dicho mil veces, y me ratifico, soy un enamorado de las formas. Para mí, las formas son el fondo. En consecuencia, desprecio en todas sus vertientes lo cutre, lo vulgar, lo hortera. Cuando en mi primera juventud subía a los aviones, tiempo ha, todo era delicioso, elegante, limpio, cómodo. Caro. Eran viajes profesionales, costeados por el periódico, para que yo pudiera enviar crónicas desde lugares lejanos. Comprendo perfectamente que, para que todo el mundo pudiera viajar en avión, para que las compañías hicieran negocio y se expandieran había que socializar un poco los costos. Y asi se fue haciendo. Se abarataron los vuelos, la gente viajaba en grupo, y las compañías restringieron los servicios. Las azafatas empezaron a pasar olímpicamente cuando pulsabas su llamador. La comida empezó siendo de plástico, como los cubiertos, para terminar desapareciendo salvo en primera clase o en viajes de diez o doce horas. Los asientos se apretujaron para obtener mayor capacidad. La incomodidad se sacrificaba en pos de la rapidez del transporte. Hasta cierto punto era lógico. El avión era y es un magnífico sistema de transporte y no una plataforma del “glamour”.
Pero el afán rentabilizador de ciertas compañías está cruzando los límites de lo correcto para aterrizar en el territorio de lo surrealista. Aparte de las interminables y desesperantes horas que debes soportar en las grandiosas terminales, algunos vuelos comienzan a resultar odiosos incluso antes de iniciarlos. Empujones, desconsideraciones, falta de información… y lo último: pagar un billete barato que sólo te da derecho a ser transportado. Todo lo demás, que debiera formar parte del pago, hay que pagarlo aparte. No te dan ni agua. El agua vale un euro. Y lo peor es que estas costumbres ahorrativas, para obtener dividendos, las iniciaron unas compañías super denunciadas como Ryanair, pero las siguen otras que parecían más convencionales y que ya te cobran por llevar maletas.
Las dos últimas propuestas de estas líneas de low cost son: transportar al viajero de pie en el avión y cobrarles por mear durante el viaje.
Lo de ir de pie se está estudiando. Triplicarian la capacidad del pasaje. Pero lo de soltar un euro para aligerar la vegiga, eso creo que está vigente desde ayer. Se lo acabo de oir en la radio a José María Iñigo. ¡Pagar un euro por mear! ¡Dios mio!
¡Socorro! Nos invade la cutrez.