Cada mañana, qué desgracia, la muerte se viste de papel de periódico y nos da un asqueroso buenos días. La hermana Radio, después, multiplicará por los aires la onda expansiva de esa epidemia y, por si fuera poco, la tele se encargará de rematar la jugada, siempre en vivo y siempre que pueda en directo.
La muerte, ahora, como la risa, va por barrios, y, más que por barrios, va por ciudades. Pero como es selectiva, porque hablamos de la muerte violenta, no pone su sangre en cualquier sitio. Prefiere Marbella a Marinaleda, la riqueza a la pobreza, los Rolls a los utilitarios, y, en cualquier caso, actúa siempre con la máxima garantía de la publicidad amplia e inmediata, reporteros siempre dispuestos, cámaras preparadas, informativos al loro.
No era suficiente con la ración semanal que nos dan nuestras magníficas carreteras, frías estadísticas que superan las de cualquier guerra, números insensibles que nos venden empaquetados en unos bonitos cuadros infográficos, alertas rutinarias para «puentes» de fines de semana y principio y final de períodos de vacaciones, cifras jamás rebajadas por el tremendismo de escenas sangrientas en spots televisivos.
Nos estamos acostumbrando a vivir con la muerte pegada al cuerpo, oliéndola, respirándola, pero con un convencimiento íntimo de que el tema no va con nosotros. Pisamos la sangre que dejaron en la acera las víctimas de unas alimañas llamadas terroristas, vemos en la televisión una ejecución en directo, nos devuelven, muertos, a jóvenes soldados nuestros que cruzaron Europa, tal vez con sueños de gloria, para intentar imponer una paz de color azul en un conflicto de locos y asesinos.
Vivimos, me parece a mí, en un estado de guerra, peor que la misma guerra, con la estúpida sensación, no debemos ser muy listos, de vivir en paz. Al menos, es de suponer, cuando hay una guerra oficial, o privada, que son las peores, todo el mundo está mentalizado. Sabes que te pueden liquidar. Estás prevenido de todo y contra todo, te buscas la vida para que no te encuentre la muerte, pero, en la situación presente, consumismo puro y duro, sociedad del bienestar que te venden para que te lo creas, la realidad es engañosa: vistes de paz, rehusas el blindaje, pero vives en peligro constante de muerte violenta. Te acecha el ajuste de cuentas en plena calle, mafias extranjeras de las que no tienes ni idea, o la absurda equivocación de un mal conductor, y está aún por llegar, y no estoy dando pistas, la moda de los francotiradores americanos que, desde altas terrazas, acaban con las pequeñas hormigas humanas.
Hasta la misma sociedad, que ha perdido la brújula de su propia defensa, ha montado mal sus mecanismos Se le ha ido la mano, por ejemplo, a la sociedad, concediendo licencias para matar. Demasiadas pistolas en la calle. Demasiada arma al cinto de demasiada gente. Demasiada televisión. La gente se contagia. Los traficantes de drogas quieren matar como en las películas, algunos policías se vuelven locos y se persiguen y se matan entre ellos. Demasiada televisión. Demasiada mala televisión.
La Costa del Sol acaba de ser uncida con el gran honor de abrir las crónicas de sucesos, dada la cantidad y calidad de los asesinatos producidos últimamente en nuestras, por otra parte, pacíficas ciudades costeras. La violencia, que conste, siempre la ponen los mafiosos que nos visitan, falsos turistas que nunca fueron invitados a estos lares. Es el precio, dicen, por el nivel de vida.
Con tanta amenaza de muerte a nuestro alrededor, con tanta y tan mala televisión excitando y estimulando comportamientos, ¿qué podríamos hacer, sin que nos tengan que matar por ello, para seguir apostando por la vida?