Acabo de terminar un libro sobre la noticia, cuyo manuscrito virtual he puesto en manos de determinados lectores para su primer filtro antes de que pueda editarse. No quiero aún referirme a este trabajo hasta que llegue su momento, que espero sea pronto. Me pasa siempre, cuando escribo, que, al final, lo veo incompleto. Tengo necesidad de actualizarlo, matizarlo, casi reescribirlo de nuevo. Pero eso no puede ser porque sería el cuento de nunca acabar. Además, cada libro, cada trabajo, refleja no sólo una historia o unas consideraciones, o unos pensamientos, sino los momentos mismos y las circunstancias en los que fue concebido. Para mi consuelo, tal desasosiego no solo me ocurre a mi, sino también a quienes de verdad escriben muy bien. Por ejemplo, a García Márquez (a quien cito mucho porque me gusta mucho) quien se niega a leer lo que ya ha publicado porque, dice, se siente impelido a retocar. En un viaje en tren desde Madrid a París, hace más de dos décadas, cayó casualmente en manos del genial Gabo un ejemplar de una de sus ediciones de “Cien años de soledad”. Durante todo el trayecto, bolígrafo en mano, se entretuvo en añadir y borrar frases y palabras en casi todo el libro. A sus editores les pareció una maravilla. Sería una nueva versión del famosísimo libro. ¿Cuánto valdría aquel manuscrito realizado sobre los márgenes blancos de las páginas?
García Márquez se negó en redondo a publicar aquel arreglo, que ha quedado inédito. Y aseguró que jamás volvería a leerse a sí mismo. Para lo bueno o para lo malo, lo escrito escrito está.
¿Por qué me han entrado a mí ganas de reescribir, de modificar, de alterar los contenidos de mi nuevo libro, cuando ya lo he ido reescribiendo, modificando, alterando, a medida que lo iba pariendo? Pues porque ninguna obra humana, grande o pequeña (como es mi caso) se da nunca por acabada. Y porque cada dia me doy de bruces con las noticias –que es el tema de mi libro- y éstas hacen que cambie continuamente mi forma de ver el mundo que me rodea.
En el índice de un buscador de Internet encuentro un batiburrillo de noticias del día que me ruboriza como periodista, por el hecho de la tabla rasa que hace al obviar el orden de relevancia que habría que aplicar a cada una de ellas, pero que reconozco como muestrario real de lo que de verdad interesa al respetable. Mezclados, sin orden ni concierto, leo titulares de informaciones sobre Obama en Europa, Otan, crisis mundial, Belén Esteban en dificultad matrimonial, posturas intransigentes de Israel con los masacrados palestinos de Gaza, ultimátum de boda de Brad Pitt a Angeline Jolie, sigue la búsqueda entre basuras del cadáver de una pobre muchacha, nuevos medicamentos contra el alcoholismo, Paquirrín tiene otra novia procaz y lenguaraz, crueldad juvenil en violaciones grabadas con móviles, la diversión como receta contra la recesión económica, el último amor de Lolita, parricidios, motoristas kamikaces.
No voy a reconsiderar ni a cambiar nada. Dejo mi libro como está, a ver qué dicen sus primeros críticos lectores, y me limito a sonreir con desprecio ante la valoración periodística equitativa que hacen algunos (¿compañeros?) sobre las noticias que entran en las redacciones, muchas de las cuales tendrían que ir directamente a la papelera, en lugar de ser exhibidas en los basureros televisivos.