Cruzo un paso de cebra y se detiene ante mi un enorme y moderno autobús repleto de turistas multicolores y exóticos. Mientras atravieso el cruce observo con curiosidad que el ómnibus es conducido por una mujer. Su puesto de conducción es un asiento inferior al de los pasajeros, pegado prácticamente al enorme cristal parabrisas. Me fijo bien. Es una chica bien parecida, joven, de aspecto delicado, manos estilizadas. Se aprecia a simple vista su máxima concentración. Sus ojos, inquietos y muy vivos, inspeccionan, en movimientos rápidos y precisos, los retrovisores, el semáforo, los peatones y hasta a sus propios viajeros que no dejan de moverse por el interior.
Percibo súbitamente la sensación de que esta joven conductora me daría a mí más confianza, de ser yo su viajero, que cualquier otro fornido y experimentado conductor de manos recias y experiencia larga. No sé por qué, intuyo que hay más sensibilidad, más atención, menos falsa confianza, más sutileza, más precisión en estos ojos y en estas manos sutiles que en cualesquiera otras que basen su seguridad en la fortaleza de unos músculos.
No sabría explicarme bien, pero tengo la plena seguridad de que me sentiría muy seguro con esta joven conductora. Parecerá un poco idiota que, a estas alturas, quiera yo convencer a nadie de que la mujer conduce mejor que el hombre. Creo que no. El hombre usó primero el coche y lo hizo por necesidad, como herramienta de trabajo. Después llegó la mujer. El hombre tiene más experiencia, tal vez. Y le gusta correr más. A mí me gusta correr más, lo reconozco. Pero no estoy hablando de eso. Estoy hablando de las dosis de responsabilidad y de concentración que hay que tener para transportar a muchas personas en un vehículo de transporte. Hablo de la profesionalidad llevada a límites extremos, y en ese aspecto, me vais a permitir que esté convencido de que la mujer nos gana por goleada.
Esto es sólo una anécdota, cazada al vuelo, cuando iba cruzando un paso de cebra y se me plantó delante un dinosaurio con ruedas repleto de guiris. Domando con temple a ese bicharraco, yo vi a una chica joven y bien parecida. Muy tranquila y muy segura.
(Este post debí escribirlo ayer, Día de Internacional de la Mujer Trabajadora, pero es igual. Harán falta muchos más Dias de la Mujer, desgraciadamente para nosotros, los hombres.)
Cualquier día es bueno para reconocer las pequeñas grandes cosas. Ojalá más gente mirara con esos ojos la realidad cotidiana y les diera ese valor.
Un saludo y buenos días
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