El Blog de Rafael DE LOMA

El glorioso ascenso de la vulgaridad

Cincuenta años después de su llegada a los hogares españoles, la televisión deja atrás el sistema convencional, ya obsoleto, y se pone definitivamente el traje nuevo del método digital. Tras los titubeos y los inevitables aplazamientos que se producen siempre en los cambios estructurales (seguramente por intereses creados o por miedo a lo desconocido), nos encontramos en estos momentos a las puertas del apagón analógico. A partir de ya, tendremos una tele a la última, personalizada, interactiva, selectiva, de alta definición y hasta con tres dimensiones… en la que, eso sí, tendremos que pagar –consecuencia final de los progresos tecnológicos- para tener derecho a ver lo que queramos. Disponer de numerosas opciones para seleccionar lo más apetecible, disfrutar de una impresionante calidad visual, confeccionar una programación personal a la carta, ver la película cuando tú quieras, todo eso y más estará al alcance de nuestra mano con la televisión digital, por satélite o terrestre. Es el advenimiento de un tiempo soñado por solitarias almas de salón, es la glorificación popular del mando a distancia.
Nos han inquietado y abrumado con el bombardeo masivo del ultimátum: o TDT o nada. Y como todo llega en esta vida, se apaga finalmente una época arcaica de usos masivos y se encienden los focos de otra etapa aparentemente mucho más útil, individualizada y divertida, aunque sospechamos que hay gato encerrado en las prisas y en las formas. Hasta ahora lo único que percibimos son dos grandes negocios: el de la venta de millones de decodificadores y plasmas, que se viene produciendo de unos años acá, y el del pago, que se producirá de inmediato, por el consumo a gogó de los canales discrecionales. No puede decirse entonces que las ventajas de la tedeté sean para los usuarios. De momento.
Tampoco podemos afirmar que se trate de una revolución cultural. La gran transformación es tecnológica y se queda sólo en el chasis. La esencia de la televisión no está en la ergonomía del propio aparato ni en su versatilidad ni en la digitalización de su señal; no está en la diversidad de funciones que permite. El verdadero elemento diferencial de la televisión, al igual que ocurre con el resto de los medios de comunicación, radica en la calidad de sus contenidos. Imaginación y brillantez o vulgaridad y cutrez, he ahí el dilema que ha de afrontar la nueva televisión basada en el individuo y no en la masa.
Hasta ahora, bajo el predominio de los canales generalistas, ganan por mayoría absoluta los contenidos plenos de ordinariez y de incultura. Las astracanadas consiguen audiencias millonarias, en tanto los buenos programas, muy pocos, se esconden en horarios imposibles de la parrilla. Y al paso que vamos no apreciamos ahí progresos visibles. No está nada claro que una oferta variada y selectiva logre vencer a los titanes de la chabacanería. Necesitaríamos otros apagones simultáneos para que los cambios fueran totales y no sólo de soportes. El apagón del mal gusto, por ejemplo, o el de la mediocridad, evitarían que los tan cacareados beneficios de las nuevas tecnologías se redujeran a contemplar nítidamente, en señal digital y en pantallas de cuarenta o cincuenta pulgadas, las inmundicias que destilan los cantamañanas de cada tarde.
Harían falta, por otro lado, nuevos y potentes focos que iluminaran algunas tinieblas. Padecemos desde hace mucho tiempo los daños directos y colaterales de otro apagón verdaderamente vergonzante, que no tomamos en consideración pero que nos tiene sumidos en una crisis tan nociva como la económica; el apagón de las ideas, el apagón de los valores colectivos, de los principios. La TDT evidenciará una vez más la preponderancia del avance técnico sobre el progreso intelectual. En un tiempo como este de comunicación global y de potentes y versátiles tecnologías, seguimos careciendo de asideros o referentes nobles y elevados en los que basar unas inquietudes, unas aspiraciones, una vida. Qué difícil es salir de la asquerosa filosofía imperante del todo vale. Una de las leyes no escritas y comúnmente aceptadas es que si no quieres caer tendrás que renovarte, pero no es fácil, cuando estás perdido en la oscuridad, hallar el interruptor que encienda otras luces.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 24 enero 2010)

Un comentario to “El glorioso ascenso de la vulgaridad”

  1. Elena Moreno dice:

    Marcos, formatos, encuadres, la tecnología rectangular parece guardar las formas, se encuentra acorde con el devenir informático y asienta sus bases para asegurarse su transformación en un fúturo próximo. No es así, como bien dices Rafael, en cuanto a su disco duro, su contenido, la crisis de las ideas es una realidad augurada desde hace años, aunque, claro, nunca nos pareció tan tangible como ahora. Todas las luces que se encendieron en el siglo XVIII parecen haberse fundido en el siglo XXI. Ahora, habrá que ingeniárselas para volver a encender bombillas rotas, pero..¿ qué hacer si la sombra negra de la vulgaridad planea y se disfraza de políticos, presentadores, periodistas, jueces, médicos y abogados que copan a diestro y siniestro los principales soportes de comunicación intoxicando con su verborrea mundana, soez y comercial, fingiéndose semidioses? ¿ Cuál es la vacuna para no rendirse a los a GH, o a las Mañanas de, los Sálvames, las Norias o los corazones de verano? Desde luego, el antítodo, de momento, parece que les pertenece a estas grandes productoras fabricantes de chabacanería repartida a mansalva. Vale, de acuerdo, por ahora ganan, han secuestrado a la audiencia, al ansiado gran público ávido de circo; pero no durará mucho, llegará el día en que los receptores se den cuenta que sufren el síndrome de Estolcomo.

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