He recibido, hace días, un e-mail personal de Barak Hussein Obama, ya saben, el presidente de los Estados Unidos. Dicho así suena un poco a pedantería, a fatuidad, a vanidad gratuita, ¿no es cierto? A mentira cochina. Y, sin embargo es verdad. Y, además, no es el primero sino el enésimo que recibo. Los principales jefazos de la Casa Blanca suelen enviarme frecuentemente correos electrónicos personalizados en los que me informan de sus continuas actuaciones, algunas de ellas muy importantes para el mundo (y para mi) y otras de interés exclusivo para ellos. Me escribe el primer mandatario, a mi atención personal y con su firma al pie; me manda otros correos la First Lady, Michelle Obama; se dirige a mi en ocasiones el vicepresidente Joe Biden; y me notifican cosas de gobierno la responsable de la Reforma Sanitaria de la Casa Blanca, Nancy-Ann DeParle; la directora para Energía y Cambio Climático, Carol Browner; los asesores presidenciales David Axelrod y Valerie Jarrett. Y más gente, pero no voy a llenar este artículo –tan egotista- de nombres y de cargos.
En fin, todos ellos me tienen al día de sus acciones de gobierno, de sus logros, de sus intentos por hacer de los Estados Unidos y del mundo un sitio más habitable, menos violento, más feliz, tarea tan ingenua y utópica como loable. A través de estos e-mail estoy al día de las decisiones que afronta la administración demócrata, desde el giro asombroso que dio a la sanidad pública, en beneficio de millones de personas humildes absolutamente desasistidas, hasta la decisión de dar por terminada la guerra que nunca debió estallar, pasando por la orden valiente de limitar el poder financiero para subordinarlo al poder político, y por otras apuestas progresistas -que le costarán mucho poder ganar-, en defensa de los inmigrantes “sin papeles”.
De lo que no me han informado, por cierto, ha sido del viaje de Michelle Obama a la Costa del Sol. Esperaba que me la recomendaran. Que me sugirieran que no la abrumáramos en exceso, que la dejáramos descansar. Pero allí son listos y sabían perfectamente a lo que se enfrentaba la primera dama. Ella quería saber qué era España. Y ya lo sabe. Se apañaron sin mi.
La pregunta, para quienes sientan alguna curiosidad, es ésta: ¿por qué me escriben el presidente Obama y su gente más allegada?, ¿es que soy alguien importante o alguien que les importe mucho? No, nada de eso. No soy ni una cosa ni la otra. No tienen ni idea de quien pueda ser yo ni siquiera de si existo, aunque debo informar a Mr. President que en mi último libro, publicado en soporte electrónico (eBook), me refiero a él como protagonista del cambio universal experimentado en el tratamiento de la noticia. “De Gutenberg a Obama” (Editorial Canales 7), se titula mi libro. Sólo por eso, pienso, ya debería singularizarme en el trato o, por lo menos, considerarme algo más especial que un simple dato estadístico de ordenador. Además, soy de los suyos, de los que siguió con emoción la noche electoral y de los que se alegró de su triunfo, porque su triunfo era el reconocimiento del fracaso espectacular del anterior presidente, aquel esperpento ruinoso, violento y maldito.
Los mensajes procedentes de The White House, que recibo encantado en la bandeja de entrada de mi gmail, y que me producen la grata y equívoca sensación de que allí cuentan conmigo, son recibidos también, simultáneamente, por no sé cuántos otros millones de ciudadanos, de Norteamérica y del mundo entero. Pero tal evidencia no me desmotiva. Sigo creyéndome merecedor del envío individualizado que recibo cada dos por tres y que me informa de primera mano de noticias que luego veo en los medios de comunicación. Un día se me ocurrió enviarle un mensaje a Obama felicitándole por haber sido elegido la nueva esperanza mundial. Desde entonces no dejan de escribirme ellos a mi. Es la nueva política de comunicación que impuso el joven periodista John Favreau, el que escribe los excelentes discursos del presidente, el autor de las grandes frases de campaña. Contacto directo con el ciudadano. Esa es la clave. Fuera intermediarios. Información de mano a mano. De correo a correo. Me he sentido francamente bien cuando Barak Obama me ha detallado en su último mensaje las órdenes emitidas a sus tropas para abandonar Irak, para poner fin a una guerra de siete años que ha costado decenas de millares de muertos, horrores, torturas, dolor, nuevos odios, más terrorismo, miles de millones de dólares. Todo por intereses bastardos. Gracias, Mr. President, por sus e-mail.
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(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 22 de agosto 2010)
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(En la foto, Obama con John Favreau, el mago de sus palabras.)
No creo que Obama tenga idea de que uno de sus plurales correos cae en manos de alguien como tú…, no lo creo, porque a él también le merecería el minuto de contestarte personalmente… ¡¡Es que no sabe lo que se pierde¡¡ Abrazos.
Obama es una persona tan normal… que parece europeo. Bonito detalle ese de los correos. Un abrazo