Mis relaciones con Telefónica vienen de muy lejos. De cuando ella era monopolio estatal. Yo crecí con ella, pero ella creció mucho más. Me sentí cómodo siendo usuario hasta que los políticos decidieron que un negocio tan rentable no era bueno para el país, sino para las empresas privadas. A partir de ahí, empecé a notar ciertos fallos, ciertas desatenciones, pero, en cualquier caso, como siempre ha funcionado mejor que sus competidores –tienen las infraestructuras esenciales después de tantos años de patrocinio oficial-, nunca tuve la tentación de desligarme de sus servicios, a pesar de que las nuevas compañías no dejan de llamarme y de darme el santísimo coñazo con ofertas de “ocasión” y supuestas mejoras espectaculares.
Algunos amigos que dejaron Telefónica por otras operadoras más baratas han tenido serios problemas y han llegado a estar más de un mes sin teléfono, razón poderosa para no aventurarse al riesgo de cien pájaros volando en lugar de un pájaro en mano.
Los servicios de Telefónica, no lo neguemos, son los más completos, aunque ya empiecen a ser casi tan fallones como los demás. Pero les queda ese sustrato de toda la vida que aún le mantienen como la compañía más experta.
Sin embargo, Telefónica se ha disparado como multinacional y ahora parece que atiende mejor, y con mejor tecnología, a los países hispanoamericanos donde ha invertido sumas impresionantes que a su propio país. Y ya no es aquella entrañable empresa española que ampliaba capital con acciones populares (las famosas “matildes”) que promocionaba en la tele el inolvidable José Luis López Vázquez. Aquello se acabó.
Telefónica ha pasado a ser una gigantesca empresa que necesita repartir muchos beneficios, muchos “bonus” millonarios entre sus ricachones dueños, y, aunque el negocio sigue siendo de lo más rentable (porque la gente no para de hablar y de comunicarse), no le resulta suficiente la cuenta de resultados y echan mano a los despidos masivos.
Anunciaron que iban a despedir al 20 por ciento de la plantilla. Pero se lo han pensado mejor y deciden echar al 25 por ciento. Total: 8,500 empleados a la calle. Al paro. Esta “operación” le costaría al Estado trescientos millones de euros, pero –menos mal- el Gobierno les va a obligar a que paguen ellos las prestaciones de tal desaguisado.
No se puede ser más antisocial que una empresa con grandes beneficios dejando a ocho mil quinientas familias huérfanas de un sueldo. Con la que está cayendo…
Entonces, me estoy replanteando mis relaciones con Telefónica. Y creo que mucha gente, como yo, también está pensando en darle boleta. Es lo menos que se merece una gente tan avariciosa, tan insolidaria, tan antipatriota. Pero, a estas alturas, ¿cómo nos va extrañar que ocurran injusticias sociales tan obscenas?
Mi conclusión final es que siento la urgencia de alejarme definitivamente de mi compañía de siempre. Me ha decepcionado. Me ha sido infiel. Nunca dejó de serlo Y no me ha querido jamás. En realidad, siempre ha ido a lo suyo y ha sido y es infiel a todos sus usuarios. Si ella no es solidaria con nuestra crisis, seamoslo nosotros.
Estoy totalmente de acuerdo contigo. Es vergonzoso y no se tenia ke permitir. A donde vamos a llegar….tenemos ke pagar la ambición de estos usureros?