El Blog de Rafael DE LOMA

Tantos años en Europa para esto

Unos tipos borrachos, gritones y desmesurados, ataviados con capas negras, salieron de un hotel e irrumpieron en la noche de Zagreb, rompiendo el silencio de las calles y el sueño de la gente. A su paso, el suelo iba quedando alfombrado de latas de cervezas, papeles y escupitajos. Era uno de los espectáculos más denigrantes que había presenciado en mi vida, con ración de vergüenza ajena incluída. ¡Quiénes podían ser aquellos ruidosos gamberros? La respuesta la emitían ellos mismos en uno de sus gritos más repetidos y acompasados: “¡Somos españoles, cazi ná!”

Cuando los periodistas, que girábamos visita a la antigua Yugoslavia, nos topamos con aquella tropa, tras un día de recorridos monumentales, no nos podíamos creer lo que veíamos. Desde algunos balcones, gentes de paz, con caras de ira y de escepticismo, se asomaban, para comprobar que no sufrían pesadillas. De esto hace más de treinta años.

En otra ocasión, en Amsterdam, también acompañado de periodistas, ví cómo la policía holandesa reprendía a unos peatones que tiraban papeles y colillas en las aceras, obligándoles a recoger con sus manos las inmundicias y a depositarlas en papeleras públicas, por cierto, situadas allí mismo. ¡También eran españoles! De esto otro hace más de veinte años.

Recuerdo casos similares en Berlín (antes de la reunificación, cuando era una de las ciudades más limpias y tranquilas del universo), en Bruselas y en alguna que otra capital nórdica, pero no los voy a contar. De estos últimos botones de muestra hace más de diez años.

Ese era el ejemplo que algunos españoles, patriotas de la mediocridad, daban por las calles de la Europa a la que sencillamente despreciaban. No es que hicieran aquellas exhibiciones por fastidiar, que sí, que fastidiaban. Lo hacían porque esa era su forma natural de convivencia: la marranada de los suelos y las paredes sucias, el desprecio por la higiene colectiva, la educación cero, arrastrada por la inercia de un régimen que, por espacio de casi cuarenta años, había pretendido caminar hacia no sé qué dios a través de no sé qué imperio. Ignoraban aquellos viajeros de la alegría y el desprecio, muchos de ellos enriquecidos con dinero fácil, que millones de compatriotas, asentados por necesidad en países más ricos y más fríos que el nuestro, habían aprendido a comportarse con decencia y con respeto hacia los demás y se sentían mejor por ello.

Han pasado años y ahora somos parte de aquella utopia que nos resultaba tan lejana y tan distinta, la vieja Europa, razón por la cual debería extrañarme, extrañarnos, que, a estas alturas, venciendo la primera década del siglo XXI, haya que aprobar una normativa municipal, como la que se aprueba ahora en Málaga, para que la gente no grite por las calles, para que nadie escupa en el suelo, para que seamos un poco más civilizados, pero, mire usted por donde, no sé por qué razón, resulta que no me extraña nada en absoluto.

Me he referido a ejemplos vividos como periodista y como viajero hace más de treinta, de veinte, de diez años, aunque sé que hubo un tiempo anterior aún más horrendo. En todo momento, en España, el silencio ha sido una afrenta. Parece molestarnos sobremanera. No lo resistimos. En los bares lo normal es la espiral interminable de decibelios, la lucha sin cuartel entre los que hablan dando voces y los que pretenden oír la tele, puesta a toda leche. En las calles, niñatos subidos en unos ruidos llamados motos pasan súbitamente ante nosotros dejándonos los tímpanos y los nervios destrozados. Otros alocados pasean sus coches con las ventanillas abiertas para que el estrépito de sus estertores musicales dañen nuestros sentidos. Y todos esos delitos de lesa convivencia, a los que se añaden la basura y los escupitajos en las calles, quedan impunes.

No es muy optimista esta reflexión, lo sé. Es vergonzosa. Pero es la pura realidad. Nos alegra que las autoridades locales reaccionen. Pero nos entristece la contumacia de quienes se comportan como herederos de aquella sociedad oscura y sucia que a algunos nos tocó sufrir.

 

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, día 24 de mayo 2009)

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