Vuelva usted Mañana

Siempre me quedará Berlín

Berlin es una ciudad que enamora. Lo fue siempre. A mi, al menos, me subyugó la primera vez que pisé, en la primavera del 78, lo que quedó, tras el bombardeo, de la famosa iglesia del Kaiser Guillermo en la Avenida Ku´Damm (sabia abreviatura de un nombre largo e impronunciable), Volví aquel mismo año, en octubre, y en las dos ocasiones comprobé in situ la tragedia humana que generaba el Muro. Jamás podré olvidar la sensación de tristeza que percibimos, cerca de la Puerta de Brandenburgo, ante el despiadado muro, controlado desde las torretas de vigilancia por “vopos”, portando metralletas, que nos miraban con caras de mala leche. Alguna personas mayores subidas a un estrado de madera para superar la altura del Muro, intentaban, sin conseguirlo, ponerse en contacto visual con sus familiares del lado comunista. Otra visión espantosa fue la del museo en el que se exhibían los ingeniosos y raros artilugios utilizados por berlineses valientes que lograron escapar, o que perecieron en el intento, y donde, en un gran plano, se señalaban con cruces los lugares exactos en los que habían sido abatidos a tiros los que no consiguieron la huída. El museo estaba situado (no sé si continuará allí) junto a Checkpoint Charlie, el conocido puesto fronterizo americano en el que se filmaron tantas películas de espionaje y a través del cual accedí en varias ocasiones a Berlin oriental. La primera vez, en una tarde plomiza, nos sobrevino a mis compañeros y a mí la desesperanza cuando nos adentramos en un deprimente paisaje urbano de avenidas pobladas de enormes colmenas sociales y salpicadas de bellos edificios en ruinas, huellas testimoniales de los reiterados bombardeos de 1945. La impresión no podía ser más pésima si la comparábamos con la luz y el bullicio de libertad del lado occidental. La gente pasaba de prisa y agachaba la mirada asustadiza. Aquel aire de miedo y terror, que respiré en mis primeros paseos por Berlín Oriental debió parecerse mucho al que se respiraba en la España franquista de posguerra, mísera en derechos y libertades, cruel y sin compasión en la represión y plena de hambruna, un calco de lo que tenía ante mí.
También visité, en aquellos dos primeros viajes profesionales relacionados con mi periódico “Sol de España”, la sede central del poderoso grupo periodístico de Axel Springel, un millonario judío obsesionado con la reunificación, que hacía firmar a todos sus redactores un decálogo que comenzaba con la lucha por el objetivo de unir las dos Alemania. Magnate de la Prensa y de la industria editorial, y enemigo a muerte del comunismo, quiso decirles a sus enemigos “aquí estoy yo” y les plantó su rascacielos de acero y cristal a un metro y medio exactamente del Muro, justo donde éste cortaba en dos la antigua calle de los periódicos, en algunas de cuyas semidestruídas casas aún podían adivinarse, desvaídas en las paredes, las cabeceras de viejos diarios de los años treinta. Me impresionó el edificio, sus modernas instalaciones, la exquisita hospitalidad de los compañeros alemanes a los periodistas visitantes. Allí mantuvimos reuniones y negociaciones que podrían haber cambiado la historia de “Sol de España”. Recuerdo que jamás había visto en mi vida tantas rotativas juntas como las que ví en los sótanos del edificio Springel.
Luego, volvi a Berlin unas cuantas veces más y, en cada viaje, fui descubriendo motivos especiales que añadir a su catálogo de atractivos. Yo creo que Berlín tiene un algo especial que sólo poseen determinadas capitales y que, como casi todas las grandes urbes, también atesora una densa historia plagada de fechas claves y de hechos decisivos que afectaron a Europa.
No voy a referirme al impresionante bagage cultural berlinés, a su Isla de los Museos, a las exquisiteces gastronómicas de la última planta de los almacenes Kadewe, al encanto de arquitecturas interiores (años veinte) como la de la romántica y céntrica pensión Radloff – Rumland: techos altos, enormes habitaciones, fantásticos desayunos. Tampoco describiré, por obvio, la belleza de los cafés de principios de siglo; los cabarets supervivientes de los años treinta; los restaurantes con el mejor codillo y la mejor cerveza del mundo; el inesperado descubrimiento de miles y miles de yates en las riberas del río Spree, y tantos sitios y lugares inolvidables. Simplemente, quiero expresar un testimonio personal a propósito de una efeméride nefasta. Ayer era trece de agosto y la capital alemana rememoraba un horror perpetrado en idéntica fecha del año 1961: la construcción de un Muro que dejaría aislado del mundo al sector occidental de la ciudad. Jamás debió producirse aquel hecho fatídico que simbolizó el enfrentamiento entre Occidente y la Unión Soviética (la llamada “guerra fría”), o, para decirlo en lenguaje económico, el pulso desmedido entre dos sistemas antagónicos, imperfectos e irreconciliables: el capitalismo y el comunismo. No debió producirse, digo, aquel hecho brutal, pero se produjo.
La intransigencia de unos dirigentes teledirigidos desde Moscú y el temor a que la llamada República Democrática se despoblara, porque todos querían escapar a la República Federal, o sea a la Alemania próspera, hizo que, de la noche a la mañana, se levantara un kilométrico monumento a la barbarie que sería bautizado como el Muro de la Vergüenza. Las consecuencias habrían de ser terribles. La primera de ellas, que miles de familias fueran separadas drásticamente y condenadas a vivir a escasos metros unos de otros, padres, hijos, hermanos, sin ni siquiera poder comunicarse. Y lo peor: 136 berlineses muertos por querer salir a recuperar o a descubrir el aire de la libertad. Veintiocho años duró la ignominia, hasta que la siniestra pared fue derribada en 1989 por los propios ciudadanos que la habían padecido en sus carnes. La caída me pilló en pleno trabajo, dirigiendo el diario malagueño “El Sol del Mediterráneo”, en el Polígono del Guadalhorce. Devoré los teletipos, pero me quedé con las ganas de haber estado presente en medio de aquella emoción histórica. Cogí los trocitos auténticos arrancados de aquella pared, que aún conservo, y entonces me dije para mí que siempre me quedará Berlín.

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