Vuelva usted Mañana

Sicópatas del ruido

Cada vez que me doy una vuelta por el resto de Europa quedo fascinado por el silencio sobre el que se desenvuelve la vida social en sus calles, en sus lugares públicos, en sus restaurantes, en sus aeropuertos, justo lo contrario de lo que ocurre en nuestro país, donde los protagonistas de la insoportable cotidianeidad urbana son el griterío y los ruidos estrepitosos. En ese sentido siento envidia de tales comportamientos y lamento no vivir en Alemania, Francia, Bélgica, Holanda, incluso Inglaterra, por no hablar de los países nórdicos, dueños igualmente de una forma humana de entenderse socialmente sin fragores, nada que ver con el frío y la nieve, aunque, en estos casos, el rigor de la baja temperatura sería para mi, que siempre he sido del sol, mucho peor que la tortura de los decibelios. Pero hablemos de ruidos y no de frialdades. Y tampoco hablemos de europeos escandalosos como los griegos o los italianos del sur. Sólo aplaudo el civismo de quienes evitan tormentos innecesarios para el organismo, determinados por el aumento impúdico de los decibelios.

Estamos en el país más ruidoso del mundo. ¿Será posible?, ¿será posible que combatamos los ruidos con más ruidos?, ¿será posible que los policías de la calle miren al cielo cuando los salvajes de los escapes libres meten esos acelerones que te desquician y te despiertan instintos criminales? El martirio de cada día empieza antes de que termine la noche anterior. Te acuestas, oyes un poco la radio y cuando, ya de madrugada, te pesan los párpados y te invade la placentera sensación del sueño, estalla como un trueno interminable el volquete del camión de la basura. Y una vez jodido el descanso, te levantas hecho polvo y comienzas el nuevo día con más ruidos: el vecino o vecina de arriba, taconeando a las siete de la mañana, o el alboroto ininteligible de los odiosos tertulianos del amanecer.

Haces una reflexión sobre los peligros de vivir en una sociedad tan radicalizada como la nuestra, tan dada a resolver las cuestiones a grito pelado, y recuerdas haber leído que “entre los síntomas provocados por el ruido, se encuentran afecciones psicológicas como el estrés, la ansiedad o el insomnio, y también fisiológicas, como problemas cardiovasculares, debilitación del sistema inmunológico o problemas digestivos”. En documentos oficiales de organismos mundiales se dice que “el temor al ruido excesivo es similar al que se asocia con el miedo y la tensión”. Aumentan las pulsaciones, se modifican el ritmo respiratorio, la tensión muscular, la presión arterial, la resistencia de la piel, la agudeza de visión y la vasoconstricción periférica, y aunque son reacciones momentáneas, hay otras que permanecen, por ejemplo la pérdida de audición inducida por el ruido, que es irreversible por la incapacidad de regeneración de las células ciliares de la audición. “La sordera –dicen algunos informes- podría aparecer en casos de soportar niveles superiores a 90 decibelios y de forma continuada”. Pero hay más: “el ruido puede causar riesgo coronario, alteraciones hipofisiarias y aumento de la secreción de adrenalina, aumento de alteraciones mentales, tendencia a actitudes agresivas, dificultades de observación, concentración, rendimiento y hasta puede facilitar los accidentes”. ¿Qué les parece?

Aunque venimos quejándonos desde tiempo inmemorial –yo mismo he debido escribir decenas de artículos contra la contaminación acústica-, el caso es que nadie parece responsabilizarse de esta gravísima epidemia urbana. Justo todo lo contrario: ha aumentado el nivel de los ruidos. En la actualidad se calcula que nueve millones de españoles se ven obligados a soportar unos niveles superiores a los máximos permitidos, que son 65 decibelios. Estábamos después de Japón, pero ya superamos al ruido amarillo. Ahora no sólo somos campeones mundiales de fútbol, sino también campeones mundiales de contaminación acústica. Tan es así, se ama tanto la comunicación basada en romperle los tímpanos al prójimo, que hay especialistas en “componer música” con los únicos ingredientes del estruendo, el fragor y el estrépito, desechando armonía y escalas musicales, técnica adictiva que, evidentemente, reune a legiones de seguidores zombies. Este es nuestro sensibilizado país, estas son nuestras ciudades, nuestras calles, nuestros lugares públicos, nuestros bares y restaurantes, antros del tumulto, el alboroto, el vocerío. Ya sé que este no es un tema muy interesante, pero como también sé que hay gente como yo, sufriendo lo indecible, por eso escribo hoy contra el maldito y puto ruido. Perdonen.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 26 de septiembre 2010)

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