El salafismo es un movimiento islámico extremista que sólo sigue las “revelaciones sagradas” del Corán, siguiendo el testimonio de los primeros musulmanes. La palabra salaf significa en árabe “predecesores” o “primeras generaciones”. Nunca me había interesado por estas ramificaciones extrañas, muchas de ellas perversas, que tanto proliferan por las religiones. Si ahora sé estas cosas es porque las acabo de ver en la red. Tenía interés en averiguar qué clase de ideas extremas, de sicopatía del terror, de locura y salvajismo, pueden haber llevado a un grupo de locos palestinos a asesinar con ensañamiento a un pacifista italiano que estaba a favor de su propia causa y que había llegado a Gaza con la flota solidaria, ametrallada, por cierto, con resultado de víctimas mortales, por el ejército israelí.
Resulta difícil entender que, en nombre de su dios, pueda un grupo de palestinos llegar al asesinato de sus propios aliados, incluso de quienes, como el italiano Vittorio Arrigoni, les muestra abiertamente, y jugándose el tipo, sus simpatías hacia ellos y su desprecio hacia Israel. por el terror que provoca a un pueblo sojuzgado en su propio territorio. Todo sucede en la angustiada Franja de Gaza, tan torturada ya por los bombardeos, el boicot de abastecimientos y el aislamiento casi carcelario de sus habitantes.
Flaco favor a la causa palestina el de estos descerebrados, a quienes condenan las autoridades de la franja, desde Hammas hasta la totalidad de los grupos políticos. Actos así favorecen la injusta situación actual y beneficia al agresor, pero el fanatismo parece ser una fuerza irreprimible que no cede ante nada, un veneno contra el que no hay antídoto. Decían que querían liberar a dos de sus compañeros presos, a cambio de la libertad del pacifista italiano, a quien tenían secuestrado, pero ni siquiera han agotado el plazo dado por ellos mismos. Han adelantado la ejecución y han conseguido que la causa palestina experimente otro retroceso. También han conseguido que la tristeza y el sufrimiento aumenten en Gaza.
Es lamentable que, en una época de grandes logros en que deberíamos ir todos en búsqueda de la ansiada paz, sean las religiones, en general, y no me detengo especialmente en ninguna, las que, en lugar de predicar con el ejemplo, pacificar, alentar la unión de los pueblos, eliminar las diferencias sociales, las guerras, los abusos, las tiranías, se dediquen a envenenar a almas débiles hasta convertirlas en demonios asesinos. Cegueras religiosas y fanatismos patrióticos son los dos filos del mismo cuchillo que más heridas producen a la gente de buena voluntad.
Una vez más, el pueblo palestino sufre el dolor añadido de verse incomprendido ante el mundo. Qué pena.