La primera vez que la visité, la ciudad más famosa del mundo nos recibió con dos sorpresas casi de trauma: El taxista vietnamita, loco de atar, que nos trasladó desde el aeropuerto J. F. K. al centro de Manhattan resultó ser un suicida feliz que puso su destartalado coche a tropecientos kilómetros por hora. Era como un conductor parisino pero con la sangre fría del país del Mekong. Nos transportó dando brincos, saltándose semáforos, a punto de que el equipaje saliera volando del portamaletero. El pánico nos impidió soltarle a aquel peligro amarillo una letanía de tacos typical spanish. Sólo salía de nuestros labios alguna protesta con la voz contenida, que el asiático fingía no escuchar mostrando un gesto estúpidamente sonriente. Cuando llegamos al hotel le dimos (oralmente) la del pulpo, pero a esas alturas, los vietnamitas ya sabían lo que era imponerse a los yanquis, que es lo que él creía que éramos nosotros, y sin perder su odiosa sonrisa, nos cobró lo que le dio la gana y salió otra vez pitando Quinta Avenida abajo.
No es la primera vez, probablemente, que me refiero a estas historias. Alguna vez las habré referido en algún trabajo, en algún libro, no sé, pero es que ahora me vienen que ni pintadas. La segunda sorpresa que nos dio la Gran Manzana se produjo inmediatamente. Tras dejar las maletas en el hotel, nos precipitamos a la vorágine y resultó que nos hallábamos en pleno Rockefeller Center, junto a su famosa pista de hielo y ante unos bonitos jardines en un plano inferior al de la calle. Nos llamó pronto la atención que los peatones se detuvieran para asomar la vista a aquellos jardines. ¿Qué es lo que miraban? Pues ni más ni menos que a una joven pareja británica que se había desnudado en un santiamén y que estaba ya haciendo el amor como posesos, exhibiéndose ante un público curioso y variopinto y gritando a todo trapo que ese era su hobby. En sus gritos post coito afirmaron, dirigiéndose a todos nosotros, que ya habían hecho sexo callejero en Londres, en Roma, en Berlín y que el próximo escenario sería Tokio… Nadie abrió la boca, todo eran ojos, excepto un negro vestido de ejecutivo de Wall Street que, acabado el show, reanudó su camino no sin antes hacer, con gesto despectivo, un comentario apropiado: “¡Me acabais de ahorrar ocho dólares de una película porno!” La pareja se vistió sin prisas y se largó de allí sin que ningún policía les molestara. A nosotros, primerizos en la capital de las capitales, nos dejó un poco perplejos (no voy a decir traumatizados porque no es verdad) la doble sorpresa con que fuimos recibidos.
¡New York, New York! Estados Unidos. El paraíso del liberalismo, pensamos, emocionados. Luego vimos que no, cuando pisamos otros estados en los que la intransigencia doblega a la tolerancia. Y ahora, unos cuantos años después, leo en la prensa de Málaga que se multará a quienes hagan sexo callejero, y aunque no se cita a prostitutas y prostitutos, todo indica que la normativa está destinada a ellos.
Me da la impresión de que estas medidas tienen algo, mucho, que ver con la proximidad de elecciones. El sentido de la moralidad no es un valor muy en boga. No veo muy preocupadas a las autoridades por mantener dignidad donde sólo hay excesos. No creo que les preocupe mucho las formas. Menos, el fondo. Porque, si lo pensamos un poco, estamos hablando del oficio más viejo del mundo y supongo que, en miles de años, tendría que haberse regulado a plena satisfacción de todos. Por otra parte, y para quienes como los de Nueva York, no son profesionales del amor sino simplemente gente amorosa, escandalosa y caprichosa, los manuales sociales debieran encargarse de aconsejarle aguantarse un poquito, no rascar el barniz de la convivencia, que nos hace menos salvajes, y practicar el arte del buen gusto. Aunque sepamos, a ciencia cierta, que en esta ancestral contienda la cosa nunca tendrá enmienda.
A mi personalmente me fastidia el exceso de puritanismo, celo, y el estado de alegalidad en el que en muchos casos se encuentran las prostitutas y prostitutos, cuando en el otro lado de la balanza se premia y se mira con buenos ojos el sexo a diestro y siniestro. Está mal que una prostituta ejerza su profesión, “es una puta”, dice todo el mundo con la boca llena. Sin embargo, niñas de 16 años que piensan en lo guapo que es Edward de Crepúsculo o cúal será el nuevo single del último cantante adolescente de turno, tienen plena disposición para abortar sin conocimiento de sus padres. Es decir, tienen libertad de estar haciéndolo como monos, porque está bien visto y si sigues siendo virgen a los 20 es que eres un bicho raro, mojigata, estrecha, monja… En Reino Unido se hacen condones para niños de 12 años… y así un largo etcétera.
El sexo se vanagloría en muchos sentidos, se mitifica como en el cine, pero después en los casos de la prostitución o el sexo callejero uno gira la cara con desprecio. Al final una se pregunta, ¿en qué quedamos?
Saludos
Es gracioso escuchar nuevas normativas que a priori serán casi imposible de aplicar. Como siempre, un parche que no arreglará nada de nada.
Vamos a ver. Si hay solo DOS coches patrullas de la Policía Local para todo el Polígono Gualdalhorce, aeropuerto y todo Churriana, ¿cómo piensa el Sr. Alcalde (y concejales) que van a poder controlar la aplicación de la normativa?
Actualmente es manifiestamente vergonzoso. Cuando llamamos a la Policía por ruidos o similar NUNCA vienen. ¿Será que el Sr. Concejal y el Sr. Alcalde de Málaga reforzarán ellos mismos a los pobre Policías? ¿Serán ellos los que ayuden a controlar el Polígono?, o ¿será que definitivamente el aeropuerto de Málaga, y Churriana, nos quedemos definitivamente sin Policías? Realmente no me explico….