Vuelva usted Mañana

Sevy acaba de ganar su mejor trofeo

Severiano Ballesteros, uno de los más grandes deportistas españoles de la historia, acaba de ganar el trofeo más importante de todos los que ha disputado en su vida. Ha vencido a la muerte, que le había plantado cara con toda la saña en el momento dorado de su existencia cuando, tras tantas victorias, tanto éxito, pretendía descansar y entregarse a vivir. Ha ganado como corresponde a un auténtico campeón. Con fe absoluta en la victoria, con entrega total.

Merece la pena comentar este espectacular triunfo de alguien que nos ha proporcionado tantos dias de gloria en los campos de golf de todo el mundo.

Uno no anda por la vida en plan patriotero. Las patrias chicas y las patrias grandes, los localismos, los provincialismos, los nacionalismos, toda esa trampa política y sentimentaloide, se cura recorriendo el mundo, viajando, conociendo otras gentes, otras tierras, otras culturas. Un viejo periodista que terminó asentándose en Málaga, donde acabó sus días, y que era oriundo de una tierra norteña, solía decirme: la gente, como la oveja, es de donde pace, no de donde nace.

Quiero precisar bien mi artículo de hoy porque va orientado hacia la satisfacción que puede uno sentir cuando alguien de tu país consigue un éxito internacional. Da igual que sea un Open británico, un Premio Nobel, un Tour de Francia, un campeonato de Fórmula Uno, un Campeonato de Europa de Fútbol, un Wimbledon, una medalla de oro olímpica.

En estas celebraciones hay todo tipo de comportamientos, desde los sosegados hasta los ultra violentos. En los más exaltados anima la animalada, o sea el patriotismo mal entendido que es el patrioterismo, origen de tantos enfrentamientos deportivos que terminaron en derramamiento de sangre. Hubo hasta una guerra –la llamada “Guerra del Fútbol”- entre Honduras y El Salvador, en 1969, que empezó por un doble choque callejero entre las aficiones de dos países y terminó con batallas de ejércitos y aviones bombardeando ciudades. El inmortal Ryszard Kapuscinski, por entonces corresponsal de la Agencia Polaca en Hispanoamérica, que cubrió horrorizado aquella tragedia humana, llegó a escribir un libro donde explicaba que, detrás de la rivalidad futbolística, existía un problema enquistado de pobres colonos y ricos terratenientes con dos naciones pobres y fronterizas en cuya cultura el fútbol significaba el motor de la identidad nacional. El caso es que la pasión desorbitada degenera rápidamente en violencia incontenible y tiñe de rojo el sabor de una victoria o el pesar de una derrota.

Pero, afortunadamente, en la mayoría de los casos, cuando hay victorias personales o colectivas de los tuyos, sólo hay una gran satisfacción con cierto aroma tribal, sí, pero muy estimulante porque te hace sentir mejor cuando, a lo peor, en otro orden de la cotidianeidad, las cosas no funcionan como debieran.

En el caso de Severiano Ballesteros –Sevy, que es como le conocen en el mundo anglosajón- se dio siempre esa circunstancia tan especial que sólo se da en el golf y es que los aficionados reconocen el mérito personal e individual del deportista, con independencia de su nacionalidad. Tuve el privilegio de asistir personalmente a dos grandes triunfos mundiales de Sevy. Uno fue, en 1987, en Muirfield Village (Ohio, Estados Unidos.), en el campo del legendario Jack Nicklaus, el famosísimo “Oso Dorado”. Allí, formando parte del equipo europeo, Severiano, en una actuación memorable, inclinó la Ryder Cup para el viejo continente. Nicklaus, delante de mil quinientos periodistas de cien países, dijo que el golfista español era el mejor del mundo sin discusión. Un año después, en el campo de St. Annes (Blackpool, UK), no pude dejar de emocionarme cuando Severiano conquistó por segunda vez el glorioso Open British. El recorrido final hasta el hoyo 18 fue un clamor que no podré olvidar nunca. Decenas de miles de ingleses, puestos en pie, aplaudían a rabiar a un deportista. Y ese deportista ha vuelto estos dias a ganar su mejor torneo: el de la vida. Le aplaudo desde aquí como le aplaudí en aquellos dias lejanos de Inglaterra y de Norteamérica.

 

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