El motivo no ha sido un gran descubrimiento científico español. Tampoco el mérito de un gran logro artístico. Ni siquiera un importante hallazgo en Atapuerca o la maldita crisis económica que nos está llevando a la ruina. No. Nada de eso, La noticia española que ha gozado del honor de la primera página en el prestigioso periódico norteamericano “The Wall Street Journal” ha sido el toro lucero ‘Ratón‘, de once años y 500 kilos de peso, responsable de la muerte de tres personas. Dice la reseña que leo en Internet que: “Es precisamente su sangriento historial lo que ha convertido a este animal en el más demandado de las fiestas municipales de la región levantina. Su caché llegó a subir hasta los 10.000 euros por hora que se pagaron el pasado mes de agosto en la localidad valenciana de Xátiva.”
Argumentos contundentes, pues, los que han llevado a “Ratón” a ser noticia de primera plana en un periódico de resonancia mundial. O sea, el salvajismo hispano, expuesto a la vista de todo el mundo. No por el pobre animal, verdugo a su pesar, sino por quienes no solo cultivan la tortura contra los animales a los que someten a dolores terribles, sino que hacen de esa sinrazón una razón de negocio y consiguiente divertimento. El pueblo que mantiene esas “tradiciones culturales” supongo que es consciente de que está alargando en el tiempo un atavismo impropio del grado de civilización que hemos alcanzado en los terrenos de la ciencia y de los grandes conocimientos. No me creo que, genéticamente, estemos sometidos por el destino de nuestro adn a seguir siendo cafres por los siglos de los siglos.
En Cataluña se ha dicho adiós a la fiesta de los toros, pero me temo mucho que no ha sido la victoria limpia de quienes hacen frente común contra el maltrato a los animales, sino que todo se debe a una cuestión puramente política, una “pose” anti española que ya se están encargando de desactivar los influyentes taurinos. Nadie está seguro de que los toros hayan desaparecido para siempre en Cataluña. Asistiremos a intentos denodados porque la Monumental vuelva a llenar su arena de sangre de toros y de toreros.
Los promotores del fin de las corridas se han reservado, si, y por ley, su derecho a disfrutar de los “correbous”, toros perseguidos y acosados para “diversión” del pueblo, en este caso del pueblo catalán. Igual que en Tordesillas mantienen a machamartillo su “derecho” a lancear a un toro indefenso hasta matarlo lentamente, convirtiendo la barrabasada en un espectáculo que, eso sí, ocultan celosamente a las cámaras de televisión.
No me cabe en la cabeza que, avanzando el siglo XXI, la sangre vertida en los cosos y en las calles tengan la misma vigencia que hace veinte o treinta siglos. Que haya multitudes entusiasmadas con el horror de las hemorragias internas y externas, los huesos rotos, el estrés, de los pobres animales. Que se entablen polémicas intelectuales sobre el arte, los valores, las esencias de los shows sanguinarios. Que argumenten la continuidad de la especie taurina. Que comparen ese sufrimiento con el que se produce en el apretujamiento y manipulación de las granjas avícolas, de los ganados…
Quienes defienden la abolición del maltrato y de las torturas a los animales lo hacen globalmente, incluyendo también el “deporte” de la caza, que consiste en matar por matar. No es una cruzada caprichosa contra la “fiesta” taurina. Es una llamada civilizada que nos compete a todos y que todos deberíamos compartir.
He sentido mucha vergüenza con la noticia en primera plana de “The Wall Street Journal”.
No es la primera vez que lo digo. Ni será la última. Reconozco que soy un converso porque hubo un tiempo en que me parecía que los toros eran parte de nuestra cultura. Hoy, estoy convencido de que los espectáculos sangrientos están a años luz de distancia de los valores culturales de cualquier civilización.