Vuelvo otra vez al dolor de Haití, la crónica ininterrumpida de un desastre que nos impresiona por las secuelas que genera y por la dureza de sus imágenes. Se sabe ya que el número de muertos asciende a ciento cincuenta mil. ¡Ciento cincuenta mil! Más muertos que los ocasionados por las criminales bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, pero en esta ocasión sin el pretexto de buenos contra malos; sin la intervención del hombre en el genocidio, sólo con los más desdichados como destinatarios del terror.
Pero la vida sigue. No hay más remedio. Los propios haitianos piden que no dejen de arribar grandes cruceros cargados de turistas que suelten allí sus dólares. Conocedores como nadie de su destino incierto, conscientes de que el gran terremoto no podrá olvidarse jamás, pero sí se olvidará poco a poco la solidaridad internacional, necesitan con urgencia recuperar el pulso de la normalidad, reiniciar la actividad, reconstruir sus vidas, por más que la desgracia continúe golpeándolos sin piedad. La dura realidad es tozuda, no obstante, y distingue muy bien entre privilegiados y desgraciados, entre los poderosos y la plebe, entre quienes son protegidos por casas bien construidas y quienes viven hacinados en casitas de papel con la vida pendiente de ciclones o de temblores.
Y cuando aún no ha cesado la epidemia de sufrimientos añadidos, con nuevas sacudidas, pillajes, hambre incontrolada, ruinas, violencia, que se ciernen sobre la golpeada Puerto Príncipe, otro zarpazo espantoso toma proporciones de noticia escalofriante: el robo de niños perdidos, el comercio inhumano del secuestro y la posterior venta de menores.
Unicef ha denunciado la proliferación de mafias especializadas en este repugnante tráfico, gente despiadada que aprovecha el caos en la capital para sacar del país a niños huérfanos o perdidos que vagan por las calles hambrientos y necesitados. Ya existían en Haití estas redes, pero se han activado ante la falta de control y de autoridad en el país. Testigos presenciales hablan de hombres blancos (sic) llevándose precipitadamente en coches a pequeños acogidos en campamentos de refugiados. ¿Habrá alguna manera de parar ese crimen?
Mientras tanto, miles y miles de mujeres y hombres de todo el mundo ansían adoptar para volcar cariño y ternura en criaturas que nacen en el desamparo, no sólo en Haití, también en Africa, en Suramérica, en la Europa del Este. Es posible que se esté acelerando la tramitación en casos como el del país caribeño. De hecho, ya hay varios críos haitianos en sus nuevos hogares españoles. Pero no es suficiente. Hay que hacer más, mucho más. Millones de niños viven en peligro de muerte por hambre y enfermedades. Deberían esforzarse a tope todos los gobiernos, porque es absolutamente injusto y cruel que sean los niños, siempre los niños pobres, los que paguen las consecuencias de los egoísmos de los mayores. En infinidad de hogares hay toneladas de amor aguardando la llegada de tantos inocentes. ¿Por qué no actúan con más diligencia, con más rapidez, las autoridades? Estamos hablando de salvar vidas humanas, incipientes, esperanzadoras vidas humanas…