Vuelva usted Mañana

Rumanos y gitanos

Del Norte nos vinieron los frios polares, los turistas y la socialdemocracia. Las divisas del turismo, aquel gran invento, apañaron la maltrecha economía de aislamiento que padecía el régimen franquista y, juntando ese dinero con el que mandaban los cuatro millones de emigrantes obligados que teníamos dispersados por Europa, fue posible pagar la factura del petróleo. Y se pudo pergeñar el incipiente entramado sobre el que se construiría la más formidable industria que pudiera soñarse y que tanta hambre iba a quitarnos durante los siguientes cuarenta años. Así es que demos las gracias a los nórdicos que, con sus excursiones a nuestro sol, hicieron posible nuestro primer milagro desarrollista. El segundo vino también de por ahí arriba. La socialdemocracia. Con ella salimos de Africa y dimos el salto a la normalidad. Y a partir de entonces, ya nos pasan las cosas normales que les pasan a los demás compinches occidentales, avatares de la crisis incluídos.

Ahora toca echar a los rumanos y a los gitanos. O sea, a los pobres. Esa es la moda que impone el país de la moda, el de las libertades, la Francia de la legalidad, la igualdad, la fraternidad. El presidente Sarkozy viene a recordarnos a Carlos III, quien promulgó su famosa y nefasta ordenanza real de 1768, por la que prohibía llevar la bandera española a “murcianos, gitanos y gentes de mal vivir”. (Comprendo perfectamente la de veces que los murcianos se habrán ciscado en la p m que parió al, por otra parte, ilustrado Borbón.)

Mucho me temo que esa oleada fascista ha pegado a nuestras puertas, a nuestras barriadas, y se ha convertido ya en una herramienta electoral para ser usada sin ningún pudor, sin ningún escrúpulo. Y de nuevo es el Norte el proveedor. Suecia ha sufrido la peor derrota de la socialdemocracia desde 1914 y ha alumbrado un nuevo germen de extrema derecha en su Parlamento. Horror de los horrores. Otro partido anti inmigración. La explicación política es la crisis. Siempre la crisis. Dice un crítico francés, Laurent Bouvet, que la socialdemocracia “aparece como una víctima de la situación económica cuando, en realidad, debería aparecer como un refugio o una esperanza después de años de exceso neoliberal”. Pero la demagogia es un lenguaje corrosivo que llega fácilmente a las gentes. Y el discurso, ahora, es que sobran los rumanos, los gitanos, los inmigrantes, porque nos quitan el trabajo y nos quitan el pan.

El empeño xenófobo de Sarkozy –parece mentira en un hombre con dos ascendencias familiares tan acusadas: emigración y raza judía- ha promovido una polémica continental que, lógicamente, ganan los franceses porque ellos tienen la llave de Europa. Los rumanos seguirán siendo expulsados del territorio galo porque no tienen ni un euro. No echarán a un solo rumano o gitano o moro (árabe, si tiene posibles) que tenga dinero.

Para quienes lo ven todo como meros observadores, sin implicarse siquiera con una escueta opinión, todo esto es solo cuestión de política: de derechas o de izquierdas. Pura semántica. Las palabras lo justifican todo. Pero yo creo que hay otras palabras para calificar actitudes. Decencia o indecencia. Humanidad o impiedad. Palabras que permanecen fuera de los léxicos políticos, fuera de los mítines, fuera de la ambición del poder.

Espero que el Norte se regenere y vuelva a enviarnos oxígeno reconfortante, ideas de convivencia y progreso y no odios e intransigencias, que, en suma, son signos de violencia y de sinrazón.

Que los frios polares no se conviertan en vientos acerados y cortantes contra los más desabrigados.

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