Escribir bien, o tener éxito editorial (que no van siempre de la mano), no garantiza la bondad personal del autor o autora. Escribir bien es simplemente la consecuencia de un talento especial, un arte, una habilidad, una destreza, un don o una predestinación. Nada más. O nada menos. Y esa facultad puede estar en posesión, indiscriminadamente, de quien ha mamado buena leche o mala leche. Ser buena o mala persona nada tiene que ver con la literatura ni con las artes y las ciencias ni con el deporte ni con la política. Con la política, menos. Se puede ser un escritor conocido y, al mismo tiempo, un sinvergüenza, un degenerado o un pervertido. Ese es el caso, según parece, de Fernando Sánchez Dragó, un guarro que acaba de contar en un libro cómo se acostó con dos niñas de trece años –un delito deleznable- en un viaje por Japón.
Y el otro caso criticable, de distinta naturaleza pero de llamativa insensibilidad, es el de Arturo Pérez Reverte, escritor de éxito, quien ha escandalizado a todas las personas que tenemos sentimientos lanzando unas despectivas frases contra Miguel Angel Moratinos, ex ministro de Asuntos Exteriores simplemente porque este hombre tuvo la “debilidad” de humedecer sus ojos cuando se despidió de su tarea política en un acto muy cordial.
Por lo leído, a Reverte no le gusta que los hombres lloren. Tal debilidad es exclusiva, habrá que deducir, de mujeres y niños. Sus héroes (Alatriste y compañía) son recios, duros, impermeables a las emociones. Por eso dijo en Twitter frases como éstas “Vi llorar a Moratinos. Ni para irse tuvo huevos”. O “Se es un mierda cuando uno demuestra públicamente que no sabe irse. De ministro o de lo que se sea, Moratinos adornó su retirada con un lagrimeo inapropiado. A la política y a los ministerios se va llorado de casa. Luego Moratinos, gimoteando en público, se fue como un perfecto mierda”. ¡Esta última frase era de justificación!
Son expresiones que me suenan, no sé porqué, a unos tiempos no deseados. No hubiera imaginado nunca que Pérez Reverte llegara a esos extremos. Leo habitualmente sus artículos y me parecen, en general, muy cercanos al sentir de la calle, defensores siempre, eso sí, de los valores que él considera más españoles: la valentía, la virilidad, la osadía, la rudeza, el heroísmo, especialmente el de los guerreros hispanos de gloriosas contiendas pasadas. Pero no esperaba que renegara de los sentimientos, de las emociones personales, de lo que hoy llamamos, bien llamada, la inteligencia emocional. No esperaba que fuera capaz de humillar alegremente a un hombre, a un ser humano, porque éste (sea ministro de Asuntos Exteriores o sea peón caminero) llore en un acto emotivo.
¿Cuál es mi reflexión, entonces?
Me resultaría imposible leer a mis clásicos, y a mis modernos, si antepusiera a la lectura su catadura o sus derivas políticas. Por ejemplo, de Gabriel García Márquez, que es, para mí, el Cervantes del Siglo XX, no me gusta nada su contumacia en la defensa del arcaico Fidel Castro. La revolución castrista fue necesaria, aplaudida y hasta pudo ser romántica, al margen de las brutalidades luego descubiertas, y de los encarcelamientos injustos e injustificados, pero, caído el comunismo de Moscú y sobrevenido el apego al poder de sus líderes, se quedó en caricatura, agravada la situación con el hurto que se hizo al pueblo de las libertades más esenciales. Parece mentira que Gabo siga defendiendo lo indefendible. Y, sin embargo, me gusta mucho cómo escribe. Igual me pasaría con el flamante Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, de quien detesto que diera un salto tan grande desde su antigua solidaridad con la revolución cubana a su actual exaltación de las políticas neoliberales. Y es también otro grandísimo autor cuyos libros maravillosos sigo leyendo con delectación.
Entre los clásicos y los de hoy, muchísimos escritores de vida privada reprobable nos regalan obras literarias excelsas. La lista es enorme, así es que, o lees únicamente hagiografías, algo que debe ser muy aburrido, o persistes en el placer de disfrutar de los grandes. Esa es la disyuntiva. Yo seguiré leyendo a los grandes, con una precisión: No considero grande a Sánchez Dragó, a quien nunca leí y a quien nunca leeré. Y con otra: A partir de ahora, tendré cuidado antes de meterle mano a algo que escriba Pérez Reverte. Lamento decir que alguien que desprecia las emociones y los sentimientos de las personas no es ya, para mi, de mucho fiar.
En mi opinión, los casos no son comparables. O tal vez yo los interpreto bajo el prisma del género.
El caso de Dragó ya no me sorprende (la defensa a ultranza de la tauromaquia está íntimamente ligada al machismo más arcaico y brutal). En cambio, el llanto de Moratinos (desde mis prisma de género) me parece muy comprensible.
Tal vez sea que, con los años, cada día me vuelvo más exigente y trato de leer los libros de aquellos artistas (por ejemplo, Saramago), cuya obra sea coherente con su vida.
De Dragó, ni queo… Jamás he leído nada suyo porque, personalmente, me cae mal. De Reverte, últimamente, me estoy llevando grandes desilusiones, pues en sus escritos abusa del uso injustificado de los insultos.
Se habrá vuelto comercial con el tiempo y ser miembro de la RAE le habrá quitado la humildad que le quedaba. Pero, a fin de cuentas, tanto Reverte como Dragó pretenden con estos comentarios ganar notoriedad, o sea, publicitarse gratuitamente y que la gente hable de ellos. Cosa… que estamos haciendo ahora mismo.
En fin, quería expresar mi opinión.
Por cierto, tu escrito me ha gustado mucho. Como siempre.
Saludos