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Refutación del falso periodismo

Hasta ahora, sólo había una forma de hacer periodismo: la que se oficia en los periódicos, en la radio, en los telediarios, en la prensa on line… Una actividad profesional, más crítica o más dulzona, más brillante o más floja, con más mala leche o con menos, con diferentes aplicaciones técnicas según los soportes, pero con una sola manera mayoritaria (la profesional) de practicarlo en todos sus géneros: noticias, reportajes, crónicas, entrevistas, artículos. Da igual que los temas sean política, sociedad, deportes, sucesos; los periodistas comunican, critican, analizan y, como humanos, se escoran a un lado o a otro. Y hasta los hay, absolutamente independientes en sus críticas, aureola que no les libra de ser cuestionados. En la política, sobre todo, los mejores para los ciudadanos son los que les proporcionan cada día su dosis particular de alimento espiritual ideológico. Da igual que se pasen, que exageren, que inventen. Y, sin embargo, todo eso entra en el juego. El periodismo es un gran cajón de sastre, donde hay de todo, pero donde todo lo que hay es periodismo.
Sin embargo, la televisión, que tiene una extraordinaria capacidad para enmerdarlo todo, ha creado y desarrollado una nueva forma de espectáculo al que da una falsa apariencia periodística (el perfecto anti periodismo). Se trata, como todo el mundo sabe, de un show amasado por una pléyade de buitres carroñeros, diletantes y, en su propia definición, desharrapados cuya esencia de contenidos alterna el escándalo, la mentira, la calumnia, el enseñamiento contra las personas que lo pasan mal, el cultivo de odios africanos, y que como norma básica practica el desprecio al dato y el terror de los gritos.
Este nuevo esperpento (show televisivo es su nombre en el argot) se generó inicialmente en torno al submundo de la farándula, pero crece como la hidra, porque la demanda popular es impresionante, y va especializándose hasta cubrir toda la temática social. Ya no sólo tenemos shows seudo periodísticos de la bragueta (antes llamado corazón); ahora también lo “disfrutamos” en política, en sucesos, en sociedad. El monstruo de la pantalla tiene que zampar audiencia si quiere sobrevivir. Y cada vez más. Y son muchas bocas a alimentar. Y un solo pastel de audiencia para repartir. Por su parte, la audiencia es más voraz aún. Necesita cada día mas carnaza, más chisme, más víctimas. Hay que reponer constantemente el circo de gladiadores y leones. Por eso la espiral se amplía, llegando incluso al mundo de la información deportiva, del fútbol, tan peculiar y suyo desde siempre. Ya no se trata de que los medios de comunicación muestren algo más de preferencia por un club que por otro, por unos jugadores que por otros. Toda la vida fue así. La prensa deportiva barre para dentro, en las provincias, en las capitales. Pero siempre hubo un pudor, un reconocimiento mínimo de los hechos incuestionables, de las victorias o derrotas justas o justificadas; un respeto por los historiales. Hoy ya no. Hoy, la televisión ha creado su propio show periodístico deportivo (el perfecto anti periodismo, ya digo) protagonizado por “hooligans”, forofos, exaltadores demagógicos, creadores de crispaciones…, gente patética que se desgañita con desvergüenza mintiendo con descaro, y todo por el hecho de que tal equipo, con millonarias legiones de seguidores, “vende” y por el hecho de que tal jugador tiene que ser “vendido” para justificar su estratosférico contrato. Y nada de lo demás importa un pimiento, por cuanto hay que alimentar a la audiencia mayoritaria, sedienta, que babea gastando euros en SMS y viendo en pantalla a estos soliviantadores. Sólo hay un equipo, el de ellos, al que glorificar y hacer la ola, y otro, el enemigo, al que destrozar. El resto, no existe. No existen el Valencia, el Sevilla, el Atlético de Madrid, el Málaga, el Ath. Bilbao, el Zaragoza, el Español, el Betis, la Real, ni tantos otros de gran solera futbolística, no digamos ya los clubs más inferiores en categorías y presupuestos, a cuyas aficiones se ningunea y se desprecia de mala forma en retransmisiones o en tertulias centralistas.
Para los programadores, directores, responsables, lo importante es conjugar positivamente el verbo vender. Para eso cobran. Esto vende, todo va bien. Esto no vende, fuera. Pero lo grave es que algunos diarios –los antes llamados grandes del deporte- y algunos periodistas (que lo eran) han abrazado la nueva y bien retribuida fe del todo vale y han tirado a la basura el prestigio profesional y la credibilidad que alguna vez pudieron tener.
En el caso del fútbol, siempre he sabido que es una religión, de la que me confieso fervoroso creyente, que necesita de sus dioses, de sus templos, de sus símbolos. Pero sé también que esta religión sería más fuerte, más solidaria, menos dañina, si lograra desprenderse de estos vociferantes y falsos profetas.

Un comentario to “Refutación del falso periodismo”

  1. Miguel Ángel Reina dice:

    Tenemos más medios que nunca, pero cada vez hay menos gente que sepa hacer periodismo. Sale más barato copiar y pegar o esperar a que lo dé la agencia EFE.

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