Querían quemar “El Faro”, pobres liberticidas

Querían quemar “El Faro”, pobres liberticidas

Muy socorrido y de larga tradición es el uso del fuego para acabar con la opinión impresa. Dictadores de derecha o izquierda han usado todos la tea para purificar sus ideologías y desacreditar las demás, pero la cosa viene de más antiguo, de antes, incluso, de que Gutenberg inventara su artilugio revolucionario. Valiosos manuscritos que tardaron años en caligrafiarse fueron pastos de las llamas antes de Cristo. Y más reciente, nazis o pinochetistas hicieron hogueras de libros escritos por judíos o por rojos. Será por eso que, aunque me dio una rabia enorme, no me sorprendió mucho la noticia de que querían quemar el diario “El Faro” de mi querida Ceuta. A lo peor, el tipo que lo intentó es un pobre hombre enrabietado por un resentimiento menor. Quién sabe. O, quizá, se trata del sicario de alguien de más estatus y peor ralea, que vuelca sus odios en la falsa creencia de que el fuego silenciaría para siempre la libertad del periódico. Pobre ingenuo pirómano. Aún no se ha enterado de que en Ceuta la Prensa escrita es un instrumento social que va camino de los doscientos años ininterrumpidos de aliento informativo y de que nada de lo sucedido durante tiempos revueltos de coronas, República, guerra, posguerra o dictadura ha alterado su presencia contínua en la ciudad. Y tampoco parece saber que la vida de “El Faro”, en concreto, ha superado ya los tres cuartos de siglo en los que, seguro, ha sorteado situaciones más difíciles y ha tenido que vérselas con bellacos más dañinos.
Empecé mi profesión periodística en “El Faro”, en un tiempo en que los periodistas hacíamos multitarea. Y tengo el recuerdo de un intento nonato de quema del periódico, cuando un presidente futbolero enardeció con su palabra a una asamblea de socios, algunos de los cuales, muy exaltados, saltaron de su butaca al grito de “¡Vamos a quemar el periódico!”
Yo era redactor deportivo y, horrorizado, asistía, desde la última fila del Cine Cervantes, a la encendida soflama presidencial. Me eché a temblar cuando ví que la ira hecha carne se encaminaba pasillo afuera hacia la aniquilación. Mis crónicas sobre el equipo no gustaban a la directiva, y mis críticas a la gestión del presidente habían cabreado a aquel hombre de tal manera que quiso darme una lección de poderío. Y vaya si me la dio.
Cuando creía que arderían sin remedio mis recordados talleres y mi añorada Redacción de la Calle Solis, el “presi” frenó y dio marcha atrás con un tono de voz que retumbó en el gallinero. Las hordas se detuvieron al instante, mientras él rebajaba la temperatura ambiente y reclamaba el perdón para “esos atrevidos periodistas”. Una tranquilidad celestial me invadió al tiempo que el jefe supremo de aquel aquelarre me lanzaba una mirada inquietante para advertirme, que por esta vez paraba la guerra, pero que mucho ojo porque él podía más con su palabra que yo con mi Underwood, algo que tuve por cierto.
No recuerdo bien si fui muy duro en la crónica del día siguiente… Pero sí recuerdo que el primer paso para una nueva política de entendimiento lo dio el club. Desde entonces, ellos fueron menos dictadores y yo menos puntilloso. En cierta ocasión, desesperada para el club, mis crónicas de “El Faro” llenaron hasta la bandera el estadio “Alfonso Murube” y ayudaron a salvar con éxito una épica eliminatoria de descenso. El presi me dio un gran abrazo en los vestuarios.
Luego, mi destino me trajo al diario malagueño “Sol de España” en cuyo equipo fundacional me integré inicialmente como jefe de deportes. Un día que jugaban en “Francisco Norte” un torneo amistoso el Marbella y el equipo de mi tierra, aquel presidente me hizo una inesperada y solemne entrega de escudo de oro y pitillera de plata del Atlético de Ceuta, emoción que me llegó al alma. Debo decir que aquel presidente no fue nunca en realidad un incendiario y que su bravata en aquella asamblea fue un controlado pecado de soberbia, perdonable. Fuimos amigos. Y tengo que reconocerle el mérito, único en el fútbol español, de haber presidido tres clubs de tres ciudades distintas: el Atlético de Tetuán, el Club Deportivo Málaga (a los que ascendió a Primera) y el Atlético de Ceuta. Y no sé si también el C. D. Fuengirola. Se llamaba Don Julio Parres López. En fin, son recuerdos que me brotan súbitamente al saber que querían quemar a mi querido “El Faro” de Ceuta. Pobres pirómanos liberticidas.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 7 marzo 2010)

En la foto, Rafael Montero, presidente de "El Faro", observa los destrozos del incendio.

1 Comment

  1. Un amigo me lo ha enviado, hoy dia 2 de mayo del 2012. Precisamente hoy que se cumplen 19 años que nos dejó.

    Soy hijo suyo y la verdad es que se me han puesto los pelos de punta. Gracias por reconecer a quien tanto amaba el fútbol.

    Manuel Parres Pérez

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