Vuelva usted Mañana

Querer o no querer, esa es la cuestión

En uno de sus prodigiosos versos cantados, Joaquín Sabina dice: “yo quería quererla querer…”, una expresión formidable de conjugaciones en torno a un verbo indispensable del idioma. Sabina afina muy bien al emplear seguidas tres formas del mismo verbo. Lo dice bonito, te hace pensar y acabas viéndolo muy claro. Saco la frase a colación porque voy a hablar de la palabra querer, en su acepción más relacionada con la voluntad.

Se puede conseguir algo sólo con el ferviente deseo de quererlo. Hablo de logros posibles, claro. Querer es poder, dicen. Con voluntad, trabajo, firmeza, persistencia, o sea, queriéndolo de verdad, es posible alcanzar los objetivos importantes de la vida. Es comprobable. Para los pequeños logros no haría falta tanto esfuerzo.

Pero cuando la gente, aún queriendo ser sincera, dice que no puede quitarse de fumar, lo que en realidad está diciendo es que no quiere hacerlo. En su fuero interno, los fumadores están convencidos de que no podrían vivir sin fumar, razón por la cual cuando muestran el deseo de dejar el tabaco, ese deseo es falso porque lo reprimen subconscientemente antes siquiera de pronunciarlo. No quieren en absoluto dejar el cigarrillo. Se engañan a ellos mismos, quizá inconscientemente. Por eso no pueden dejarlo. Se someten a tratamiento sicológico, de pastillas, de acupuntura, y algunas veces consiguen salir airosos en lugar de ahumados, pero eso sólo ocurre cuando se han convencido por sí mismos, más allá de cualquier terapia.

Por el contrario, quien realmente quiere dejar de fumar lo puede hacer en un instante, sin grandes alharacas, con algo de sacrificio pero sin ningún artificio. Es una simple cuestión de convicción. No planteo una teoría científica, sino una conclusión personal extraída de la mera observación y de mi propia experiencia. Llevo casi año y medio sin fumar, después de haber fumado desde que era adolescente. En ese tiempo hay dos paréntesis de interrupciones, una de dos años y medio y otra de seis meses. El hecho de tomar la decisión de dejarlo en tres ocasiones y de volver a fumar en otras dos, confirman mi teoría personal de que estamos ante una actitud voluntarista. Yo no padecí ningún síndrome. Mi voluntad resultó determinante y no hubo trauma. Y me apresuro a decir que no soy un ser excepcional ni que lo mío sea la fortaleza. Quizá todo lo contrario. La decisión que tomé en la primera ocasión en que volví no tuvo que ver con ninguna ansiedad ni con ningún “mono”. Fue porque engordé ocho kilos, al recuperar todas las percepciones de las papilas gustativas, anuladas por la nicotina, y aquello resultó, al mismo tiempo, un placer para el paladar y un desastre para mi débil estructura ósea y para mi movilidad. También he aprendido a combatir eso y a superarlo.

Antes, solíamos decir: en todos los trabajos se fuma, refiriéndonos a la necesidad de hacer un alto y encender un cigarrillo. Y además era cierto: en todos los trabajos se fumaba, aunque en unos más que en otros. Por ejemplo, en las redacciones de los medios de comunicación se disparaba el consumo de tabaco, en los periódicos sobre todo. No solo porque era moda social. También porque ayudaba mucho al trajín del oficio, siempre estresante, y porque, a fin de cuentas, se trata de un vicio adictivo que puede proporcionar placeres reconfortantes en determinados momentos (después de comer, después de…, tomando una copa, con un café), aunque no siempre, ya que la mayoría de los cigarrillos, que son los que producen más daño incluso a indefensos fumadores pasivos, se consumen compulsivamente, uno tras otro, sin apenas sentirlos, sin ser saboreados. Hoy se prohibe fumar en los trabajos y el uso social del tabaco es cada vez más rechazado por antiguo y por desagradable. Pero la gente sigue fumando y los jóvenes sumándose a la fiesta. En el futuro nos verán como imbéciles.

Querer es poder. Si quieres, puedes realizar tu proyecto soñado; si quieres, puedes llegar a ser la persona que siempre quisiste ser; si quieres, puedes cambiar tu vida; todo es posible queriendo. Si quieres, puedes dejar de fumar. Sólo tienes que quererlo. Cincuenta mil personas mueren al año por el tabaco. Muchas de ellas podrían salvarse si quisieran quererlo querer.

 

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, día 31 de mayo 2009)

 

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