Están cómodamente apoltronados en sus despachos mesetarios, a mil kilómetros de los aromas de la vida, olores alimenticios de la sardina en espeto, y van y deciden que hay que acabar por decreto con un uso gastronómico popular asentado en las playas del Sur desde hace miles de años. ¿No es para mandarlos a hacer puñetas?
¿Cómo podemos permitir que estos cabezas de huevo desprecien olímpicamente la voluntad de las gentes? Y ¿cómo pueden permitirlo sus propios correligionarios provinciales, hartos como deben estar de que el fuego amigo les destroce, una tras otra, las últimas elecciones? El pueblo quiere que los chiringuitos sigan donde están y que los espetos de sardinas se hagan donde se han hecho siempre, desde el tiempo de los romanos, en zonas que no molestan a nadie ni a nada, pero ellos dictan, desde el centralismo seco e insensible, y a través de delegaciones obligadas a decir amen, las normas del litoral. Sin puñetera idea de lo que ordenan, ignoran que el espeto de sardinas no es un consumo de tres meses sino de todo el año. Ni siquiera saben que las sardinas son una de nuestras señas de identidad culinaria, un manjar exquisito poco valorado en euros por su abundancia pero que podría llegar a ser más caro que el caviar si menguara su reproducción, tal es la delicadeza de su sabor.
No tienen lo que tienen que tener para derribar de una vez, sin más dilaciones, el hotel Algarrobico, un salvaje atentado a la ecología en el bellísimo paraje almeriense de Cabo de Gata; no son capaces de echar abajo otros hoteles que se erigieron tiempo ha, ilegalmente, en la arena; no se enfrentan a problemas serios que afectan a la economía de los ciudadanos normales. Llevan años y años prometiendo que van a depurar las aguas de nuestras playas y pasan los veranos y no hay forma de acabar con la asquerosa nata de las orillas.
Dejan, en tiempos de crisis y austeridad, que las cajas o los bancos, subvencionados con el dinero de todos, presten cantidades obscenas de millones de euros para impúdicos escandalazos mundiales de fichajes futbolísticos, que tienen más que ver con la soberbia y el exhibicionismo personal de prepotentes empresarios que con el legítimo deseo de la competición, y en cambio se quedan de manos cruzadas ante la cerrazón de dichas entidades que niegan solicitudes de créditos más modestas a pequeños empresarios dispuestos a crear nuevos puestos de trabajo.
Originan innecesariamente un problema (los chiringuitos están muy bien donde están y las zonas de los espetos, también) y entablan una gran pelea en torno a ese problema. Declaraciones, descalificaciones, mesas de negociaciones, enfrentamientos de partidos, choques dentro del mismo partido, despropósitos. Que si este que si aquel. Todos contra todos, encantados de la vida con los puteos mutuos y recíprocos. Y mientras tanto, la gente flipando porque unos insensatos han determinado, sin tener en cuenta que se trata de auténticas instituciones populares, que hay que acabar con los merenderos o chiringuitos de playa y con sus zonas de espetos.
Y si con todo esto no hay ya bastante idiotez, van unos tontos y dicen que es una conspiración del norte para acabar con el turismo del sur. ¿Serán gilipollas? Lo único que hay, como se dice por aquí, es una majaroná, una estupidez, otra más, de quien, sentadito allí arriba, muy lejos de la realidad y sin mucho en qué pensar, abre la boca y sube el pan. Aquí vendría bien la bronca del Rey al lenguaraz venezolano: “¿Por qué no te callas?”
No creo en el uso de la grosería para criticar, me gustaría ser más elegante -de hecho procuro serlo habitualmente-, pero es que me tienen muy cabreado. A mi me gusta, como a tantas y tantas criaturas, autóctonas o turistas, tomar unas cervecitas con unos espetos en las terrazas de nuestros magníficos paseos marítimos. Y ahora resulta que quieren quitarnos ese pequeño y barato placer, uno de los pocos que nos quedan. Qué se habrá creído esta gente. ¡Anda y que les den!
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo, 14 junio 2009)
Alucino por las cosas que pasan. Por un lado es increible la poca sensibilidad del partido gobernante. Por otro lado aquellos que alzan la voz contra los insensibles, y de forma partidista, no tienen en cuenta las barrabasadas que algunos chiringitos comenten y quizás culpables de este intento de regularización. Nos nos engañemos, el chiringuito ha de seguir tal como está pero nadie está exento de culpa en cuanto a dejadez. El litoral mañagueño está dominado localmente por los ayuntamientos. Algunos han dejado, o mirado hacia otro lado, ciertos abusos que nos perjudican a todos. Estos ayuntamientos están dominados mayoritariamente por los que jalean a los insensibles. ¡Que triste! al final pagamos el pato los de siempre (los ciudadanos y trabajadores). Me parece que nuestros políticos manifiestamente crean los problemas al permitir (y en ciertos casos alentar) prácticas abusivas y sectarias. Ahoran vienen los salvadores del mundo a golpe de mazo. Y nosotros en medio
Estoy absolutamente de acuerdo en todo lo escribes. Lo peor es que seguro que más de uno ha disfrutado de lo lindo en cuanto han pisado nuestras playas. Son un atajo de hipócritas…