Personalmente, mantengo una cruzada intermitente sobre la necesidad de que nuestros políticos se den cuenta, de una vez, de que la sociedad va por un lado y ellos van por otro. Pero, embozados bajo las capas oscuras de los partidos, los dirigentes se empecinan en negar a los ciudadanos lo que los ciudadanos demandan cada vez con más fuerza: compromiso y participación. O, lo que es lo mismo, listas abiertas y democracia plena.
La desafección no es solo del pueblo en general, también lo es, de forma irritante, de la clase periodística. Políticos de todos los colores y signos desprecian el papel que la prensa debiera ejercer en el sistema. Invitan a los medios de comunicación a supuestas “ruedas de prensa” en las que no se admiten preguntas. No dejan que las cámaras de la tele reflejen el punto de vista informativo de los profesionales en los actos y mítines, sino que les envían la señal, confeccionada como se confecciona un traje a medida por los propios partidos. Una vergüenza. Se niega directamente el derecho a la información libremente expresada.
Son síntomas de que nuestra democracia está deteriorada o, al menos, oxidada. Un dato revelador en las encuestas de la actual campaña electoral es el ejemplo palpable del sentimiento del pueblo en relación con la gestión que se hace de los asuntos públicos. No hay ni un solo político que alcance la nota de simple aprobado en la valoración de la gente de la calle. Ganará un partido porque el otro lo haya podido hacer mal, pero sin que el cambio pueda garantizar que vayan a mejorar las cosas. Nadie, absolutamente nadie, sabe qué va a pasar en un futuro próximo ni cómo vamos a recuperar el estado del bienestar… si es que no lo hemos perdido para siempre.
Antes, sabíamos, más o menos, o podíamos llegar a intuir, cómo podrían ir las cosas, en función del propio desarrollo de los acontecimientos. Se iban ganando batallas sociales, se iban alcanzando logros, por más que aquella ilusión juvenil de antaño consistente en “labrarse un porvenir” llevaba ya demasiado tiempo olvidada por imposible, a pesar de la buena preparación de los jóvenes.
Sin embargo, ahora nadie adivina qué puede ocurrir en los próximos años. Los dueños del dinero se cargaron el sistema que ellos mismos habían diseñado. Y hundieron a todo el mundo, excepto, claro, a ellos mismos, que siguen diciéndole a los gobiernos de los países qué es lo que tienen que hacer. De forma y manera que si antes éramos sólo los ciudadanos los abnegados servidores de las políticas económicas internacionales –bien relacionadas entre ellas mismas-, hoy son los gobiernos los que nos arrastran a interpretar con ellos el ridículo y patético papel del silencio de los corderos. Siempre al servicio de los famosos “mercados”, del gran capital, de los bancos… Si ya vamos por casi cinco millones de parados y no hay indicios serios de mejora, da horror imaginar qué puede llegar a suceder, a sucedernos, si no agitamos la democracia, si no la activamos, si no participamos, si no nos comprometemos, si no les decimos a nuestros políticos que se pongan de una vez del lado de la realidad social, que abandonen la demagogia, la cerrazón, que dejen de vivir en su burbuja protegidos por normas obsoletas y que abran las listas para que la gente que merezca la pena pueda aparecer en ellas.
Estas reflexiones no son nuevas, en mi caso. En varios artículos he venido mostrando mi opinión sobre la brecha que existe entre la política de la política y la política de las cosas; entre quienes viven profesionalmente de la política, porque nunca han hecho otra cosa, o no saben hacerla, y quienes somos utilizados cada cuatro años para depositar en la urna nuestra papeleta sin más opciones que unas siglas.
Era lógico que el cansancio de las gentes estallara por algún sitio. Ha surgido una plataforma llamada “Democracia real ya”, que viene protagonizando manifestaciones por toda España y que se está haciendo notar en la calle, y, al mismo tiempo, el periodista Iñaki Gabilondo, movilizando toda la fuerza del grupo Prisa, ha iniciado unos “Encuentros” a gran escala para tratar de regenerar la vida participativa española en lo político, en lo social, en lo cultural. Son dos iniciativas coincidentes, al parecer, en un mismo propósito. Lo de Iñaki es una idea fantástica que esperemos haga reaccionar a la sociedad. Lo de “Democracia real” no sé exactamente qué es, pero sí sé que está moviendo a mucha gente. A lo mejor resulta que, detrás de todas estas idas y venidas, se está cociendo algo de más enjundia y trascendencia, que todavía no se ha perfilado con detalle. Todo es posible en un país que vive en una continua incertidumbre.
A mi no me resulta difícil creer que la gente está bastante harta de que la crisis nos haya llevado a la entrada de un túnel del que no tenemos ni idea hasta dónde nos puede llevar. Tampoco tengo dificultades en entender que los ciudadanos de un estado moderno, democrático, como es el estado español, tenemos todo el derecho del mundo a participar y a comprometernos en el diseño de nuestro propio futuro. Ya está bien de que nos lleven a su huerto los mercados, los capitales, los bancos… y ya está bien de que nosotros, los ciudadanos de a pie, no pintemos nada de nada, salvo a la hora de pagar impuestos.