Todo puede escribirse menos el guión de una vida. De ahí nuestra necesidad de que alguien nos cuente cómo pasó. Cómo pasaron las cosas de tu propia vida, previstas inicialmente de una forma y vividas posteriormente de otra bien distinta. En los proyectos, en las aspiraciones, en las esperanzas, en los deseos, el trayecto vital, eso que hemos dado en llamar el destino, hace piruetas imprevistas y te desvía hacia horizontes que jamás soñaste. Nada resulta ser como habías imaginado que sería. Afortunadamente, claro, porque si todo transcurriera según lo diseñas cuando empiezas a vivir, la existencia sería de una monotonía insoportable. Y, a estas alturas, puedo afirmar, y afirmo, que la vida puede ser todo menos la crónica de un recorrido anunciado. Lo dijo, con otras palabras, John Lennon: “La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes”.
Soy de una generación más o menos privilegiada que caminó obligatoriamente por los precipicios de la dictadura, por los peligros de la transición y por los espejismos de la democracia. En cada trayecto primero fue el anhelo y luego la experiencia, pero, ya se sabe, la experiencia es sólo un inservible salvoconducto al pasado, o, peor todavía, como afirmaba Oscar Wilde, “la experiencia no tiene valor ético alguno; es simplemente el nombre que damos a nuestros errores”. Si acaso, en cada etapa se dieron frustraciones largas y desmoralizantes, por un lado, y altas ocasiones históricas por otro, que nos proporcionaron años de desesperanza o minutos de intensa felicidad. El mismo Wilde lo habría dicho así: “A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante”.
Teníamos un ideal, el de ser europeos, el de alcanzar su bienestar, el de vivir en paz y libertad, como vivían de Pirineos para arriba. Y, andando el tiempo, se produjo el milagro, sí, pero fue porque nos trajeron Europa a España, no porque los españoles entráramos en Europa, a la que seguimos ignorando. Creíamos en el derecho de los pueblos, como el nuestro, a sacudirnos el yugo militar y a elegir el modo de gobernarnos, y también se consiguió ese privilegio democrático, pero perdimos, en el camino, el sentido solidario que le debíamos a un pueblo hermano, el sufrido y maltratado pueblo saharaui, al que dejamos abandonado a su suerte y al que no somos capaces de defender de la violenta invasión a su territorio, a sangre y fuego, que están haciendo los marroquíes. Los gobernantes de Rabat, como otros muchos gobernantes del mundo, ignoran que, como decía Mahatma Gandhi, “lo que se obtiene con violencia solamente se puede mantener con violencia”.
Por interposición, fuimos héroes del periodismo más libre y libertador: Los redactores del “Washington Post”, Carl Bernstein y Bob Woodward, dirigidos por Ben Bradlee, pusieron de patitas en la calle al presidente (Nixon) de la nación más poderosa de la tierra. Hoy, treinta y seis años después, el viejo Bradlee enseña a Woodward a usar, en la moderna redacción, la tableta del iPad, lo último en tecnología. Esa es mi generación. “Al final, lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”, sería la definición de esta historia por parte de otro presidente americano: Abraham Lincoln.
También gozamos, por azar generacional, de los mejores años de la historia de la música moderna, los sesenta, los setenta. Y temimos que The Beatles o Serrat, quedaran atrás en el tiempo, pero resultó que ellos, y todos sus compañeros de viaje, sigue vigentes, porque el paso de los años no solo no los borró del panorama musical sino que los hizo sublimes.
Cada generación es devorada por su propio presente y rara vez comulga con las que les siguen. Así es la nuestra, afortunada por vivir años únicos, pero empecinada en no evolucionar al ritmo de los más jóvenes y en no pensar en los que llegarán luego. Lo único que parece importarnos de nuestra vida es el presente. Decía el viejo Winston Churchill que “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.
Qué pasó con nuestras vidas… Que alguien nos lo cuente. Sabemos algo a ciencia cierta: que la vida es lo único que tenemos. Un celebérrimo personaje de García Márquez, coronel a quien nadie escribía, suspiraba sentencioso: “La vida es la cosa mejor que se ha inventado”.
—
(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, domingo 14 de noviembre 2010)
La vida es esa minúscula fracción de la Historia que nos toca más de cerca. Es fieramente verídica y ningún “negro” va a reescribírnosla. Se queda para los seres queridos, cercanos, a los que nadie va a engañar con medias verdades ni mentiras a medias. Lo que fué de nuestras vidas solidificó en ejemplos y parábolas que los demás escucharon de mejor o peor grado. Nuestras vidas se irán y quedarán, como las demás, y se evaporarán, apestando o perfumando este pobre planeta, con aromas más o menos duraderos, según los casos. Siempre me gustó tu colonia, Rafi.